Cuando tenía 11 años había fallecido un sacerdote de la parroquia a la que yo asistía y era muy amigo mío. Cuando me acerqué al cajón donde él estaba, me sentí tan mal que le pedí en voz baja que, si estaba bien, me diera una señal.
Al llegar a mi casa estaba muy nervioso y hasta había olvidado lo que le había pedido. Me puse a ver televisión y vi que la persiana se bajaba. Me levanté para subirla y, al darme vuelta, observé que los canales cambiaban solos y luego el televisor se apagó. En ese momento no entendí qué pasaba, pero después recordé el pedido que le había hecho.
Respuesta
Como seres humanos, nos cuesta aceptar la muerte como un final absoluto, y por eso solemos buscar señales. Sin embargo, cambios de canal, apagados repentinos o movimientos de una persiana pueden tener explicaciones muy comunes: una corriente de aire, una falla eléctrica o la interferencia de otro control remoto cercano.
Eso no quita valor emocional a lo que viviste. A veces, más que una señal objetiva, estas coincidencias nos ayudan a procesar una despedida. Pero desde una mirada racional, no hay razones sólidas para pensar que haya sido el sacerdote quien produjo esos efectos.