El cruce

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Julian
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Registrado: Mié Jun 18, 2008 4:12 pm
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El cruce

Mensaje por Julian » Mié Jun 18, 2008 4:29 pm

El hombre era uno de esos seres comunes que vivía acostumbrado a la vida cotidiana del pueblo. Levantarse de madrugada, asear el gallinero, recoger la carga de cambures amarillentos que se daban los viernes y que algunas veces tenía que retirarlos antes, cuando aún estaban verdes, por el tremendo peso de los ejemplares, de tal modo que doblaban la mata 45 grados. Salir a comprar algunas cositas que faltaban en la casa para el desayuno, queso, leche (los huevos los tenía al alcance) que a la ves usaba para mantenerse activo, un buen físico de atleta. Trotaba con regularidad cuando emprendía la marcha de sus labores, el agua salada que salía por sus poros le indicaba que estaba obteniendo muy buenos resultados.
Conocía como nadie más, los distintos caminitos del pueblo, los caminos marrones de tierra, los rústicos de piedra y los verdosos de monte. No tenía necesidad de pronunciar ninguna palabra, al llegar a las bodegas aquellas de amplios ventanales antiguos, puertas gigantes y marrones y luz artificial creada por el destello de amplías botellas improvisadas con kerosén: los dueños buscan inmediatamente y como un acto mecánico los artículos que el hombre llevaba todos los días.
Vivía con su amada esposa, princesa a la que le brindaba todo el apoyo que un hombre puede brindarle a una mujer. Ella de hermoso rostro, dientes perfectos y una larga e impactante cabellera rubia, realizaba las obligaciones de su hogar sin ninguna queja. Cocinaba exquisito, la comida preferida, ese especial pabellón, que la rubia preparaba con secretos heredados de sus antepasados; hacía que el hombre al terminar las deliciosas y negritas caraotas humeantes, el blanco arroz suelto uno de otro, y las tajadas doraditas; se chupara los dedos sin ningún tipo de complejo.
El hombre era capaz de realizar trabajos de carpintería; la madera eficazmente pulía, fabricaba todo tipo de piezas en miniatura. Se desempeñaba excelente en la agricultura, siembra, cosecha. Su mujer estaba orgullosa de él, que era la envidia del pueblo, pues a ninguno le eran ocultas sus impresionantes cualidades.
Lo que el hombre nunca puedo hacer lo tenía muy guardado de todos; el despiadado cruce de la peligrosa avenida. Desde niño sintió el deseo de cruzar esa feroz vía. Y aún de grande se paraba a mirar, en ocasiones, moviendo la cara de un lado a otro, embobado por los autos que pasaban soberbios y veloces.
Las apuestas eran parte de la cotidianidad del pueblo, el mayor trozo de las veces el hombre las ganaba, parecía que siempre sabía cual era la opción indicada. Una de las mañanas serenas y llenas de luz, un hombre que pasaba por un camino de matorrales que quito a punta de palos, descubrió al envidiado hombre sentado junto a una piedra, hipnotizado en frente de la avenida. Y se le acerco cauteloso para decirle:
- ¿Epa compadre que le pasa’.
El hombre reacciono rápido y le miro un poco sorprendido.
- nada
- ¿cómo que quiere pasar al otro lado y no puede?
- jajaja, sabes que yo lo puedo todo.
- Bueno entonces apostemos.
- Que quieres apostar ¿Cuánto en dinero?
- No tengo nada. Pero te apuesto algo; apuesto tu fama.
- ¿Mi fama?
- Sí, tu fama. Si no eres capaz de pasar esta vía, entonces serás un pobre charlatán y el pueblo olvidará todo lo que haz hecho…
El hombre medito un rato tocándose la barbilla
- y si no lo hago.
- No tienes opción. Se sabrá que eres un miedoso, cobarde y que no estas capacitado para realizar los mejores trabajos del pueblo. Vuelvo y repito, tú reputación y prestigio, están en juego. Tienes que demostrar que eres un verdadero macho.
El hombre volvió a quedarse pensando algunos minutos y dijo:
- Está bien te lo demostrare. Pero debes darme hasta mañana quiero prepararme, y que esto no lo sepa nadie por favor.
- Trato hecho.
Los hombres se extendieron las manos en señal de acuerdo y se retiraron por rumbos distintos. Al caminar el hombre parecía dudar, sudaba grande dotas de miedo y pensó dejar esa barbaridad así. Llegó a su casa con el rostro distinto. Que tienes, pregunto su mujer. Nada estoy un poco cansado, dijo, no quería comentarle nada a su esposa. Se acostó en el duro colchón con toda esa pesadez encima, ni siquiera un bañito de agua fría pudo espantarle aquello tan tenebroso que sentía desde las entrañas, en los riñones, en los hígados y en la cabeza que quiso estallarle.
Su sueño fue de pesadillas y despertó exaltado. Se paro de la cama descalzo, el frió subía por sus pies, y fue a coger agua, que trago con apuro. No haré nada, hablare con el compadre, pensó. Pero a los minutos escuchaba de lejos, una cantidad de gente gritando su nombre que repetían una y otra vez.
Se asomó a las afuera de su casa… y es que era el pueblo casi en su totalidad, el pueblo con los niños, las mujeres, los hombres, los ancianos, y aún los animales. Qué significa esto, dijo su esposa mirándole a los ojos y agarrándole la camisa con fuerza. El hombre no dijo nada, su silencio era perturbable, le perturbaba a ella que sufría sin saber que era lo que vendría. Con entusiasmo y ánimo la multitud cargo al hombre y su mujer, como campeones, y fueron llevados justo al frente de la vía.
¿Tienes que cruzar?, le pregunto su esposa con lágrimas en la puerta de los ojos. El hombre sólo movió la cabeza para decir sí, sin quitar la mirada de lo que debía hacer. Se deshizo de la camisa y dejo al descubierto su formado cuerpo brillante por el sol. El hombre espero su oportunidad, los carros pasaban y pasaban y pasaban, sin saber que allí justo allí, estaba un hombre tratando de complacer a una multitud insaciable. Pidió a Dios que le ayudara a hacer aquello, y en un momento puedo observar que en ninguna de la dos dirección venía algún objeto rodante; y fue cuando el hombre con gran arranque corrió y corrió la ancha vía, la ancha vía, pero a la mitad del camino como entendiendo que estaba lo suficientemente cerca para cruzar se detuvo, volteo a la multitud y les dijo: lo sabía siempre puedo hacer todo sólo…
Y de repente escuchó un fuerte pitazo de gandola que se aproximaba, giro el rostro y lo miro cerca, muy cerca sin poder hacer nada. El cuerpo voló lejos suspendido por el impacto del golpe. En instantes todos estaban encimados alrededor del hombre que estaba completamente aporreado, herido, maltratado y miraban asombrados como la fama, reputación y prestigió de los que tanto hablaban, se escurría rápidamente y sin detenerse, en un macabro, espeluznante y espeso liquido rojo, que fluía a borbotones por su boca y nariz.
Julian Carreño

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