Sandra y Jéssica (final)

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zumm
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Sandra y Jéssica (final)

Mensaje por zumm » Lun Mar 31, 2008 3:56 am



Jéssica y Sandra (final)

Ahí estaba yo, vestido con mi robe de chambre de seda, mis pantuflas de conejito, con Carlitos peinado y perfumado, tratando de despertar a Jéssica que se había quedado dormida. Le saqué la pollerita y la blusa que tenía como cien botones. Confieso que me temblaban las manos de la exitación que me causaba el desnudarla tan suavemente como podía. Ya dije alguna vez que Jessi no usa corpiño, así que al sacarle la blusa toda su belleza quedó al descubierto. Sólo estaba vestida con una minúscula tanguita de color verde agua, que resaltaba en su maravilloso cuerpo dorado. Me decidí a sacarla la tanga y se la fui bajando de a poquito y entonces la descubrí. En la cómoda que hay frente a la cama, tengo una foto de mi hermana, de niña, enmarcada con un vidrio. Ahí vi reflejada la cara de Jessi, que entreabrió un ojo. ¡Se estaba haciendo la dormida! Entonces, para comprobarlo, le terminé de sacar la tanguita a los tirones, pero, ¡oh, sorpresa! No despertó.
También yo tuve una sorpresa. No tenía ni un vello. En ninguna parte. Me imaginé que se había depilado para mí. Mentalmente le dí las gracias.
Ella tenía las piernas apretadas, y comencé a besar su cuello y seguí bajando a sus preciosos pechos, que estaban con sus pezones duros, que besé largamente. A pesar de lo excitado que me sentía, me controlaba, pues sabía que ella quería gozar y se hacía la dormida por no demostrar sus emociones. La fui corriendo hasta que logré observar su cara por el improvisado espejo. Entonces seguí bajando por su liso abdomen, besándola suavemente y dándole pequeños mordisquitos a su piel. En su monte de Venus me detuve un largo rato y adivinaba su impaciencia por su agitada respiración. La miré por el cuadro y tenía la boca entreabierta para respirar mejor. Seguí besándola un poquito más abajo y me pareció que sutilmente había separado un poquito sus muslos que hace un rato estaban apretados y tensos. Yo estaba en una posición muy forzada y me bajé de la cama y la corrí hasta dejarla con las piernas semi colgando y me arrodillé frente a ella. Siempre con una suavidad extremada, le besé los muslos por su lado interno, lo que la obligó a separar un poco más sus piernas y me acerqué a su virginal entrada. Su respiración se hizo mucho más agitada y grandes suspiros se le escapaban de su pecho. Con los pulgares de mis manos entreabrí la entrada a su mística gruta y a sabiendas de la sensación y placer que le iba a causar, le apliqué con fuerza la lengua en su endurecido clítoris, con una recorrida de abajo hacia arriba, lo que le arrancó un verdadero aullido de placer y tomándome del cabello trataba de alejarme de ella, mientras que al mismo tiempo el resto de su cuerpo empujaba a su pubis contra mi boca golosa. Lo repetí varias veces y la hice levantar las piernas para que su sexo quedara más expuesto. Ella curiosamente, con sus manos me empujaba la cabeza hacia atrás, tratando de separarme y con su cuerpo se apretaba contra mi boca, con fuerza. De pronto, mientras se retorcía gimiendo de gusto y diciéndome palabras de amor, sus piernas que tenía levantadas comenzaron a temblar. Comprendí que había llegado el momento de poseerla totalmente y levantándome, de pié junto a la cama le apoyé mi miembro, que estaba ebrio de lujuria. Ella comenzó a acompañarme en mis movimientos, tanto que traté de detenerme un poco para no penetrarla con dolor para ella y de repente lanzó un grito que anunciaba su orgasmo y tomándola de las nalgas la levanté un poquito y juro que fue ella la que se clavó en mí. La penetré hasta la raíz y ella se movió con fuertes movimientos pelvianos, mientras gritaba su placer. No me pude contener y
eyaculé dentro de ella como si hubiera sido la última vez de mi vida. Quedamos exhaustos y jadeantes y nos sonreímos ambos con agradecimiento. Ella tenía un pequeño hilo de sangre y mi miembro estaba apenas ensangrentado. Ella corrió al baño y yo me quedé preocupado, pensando que todo había sido magnífico, pero me descuidé y no usé una protección. Me pareció feo, ponerme un preservativo delante de ella, que sabe poco o nada de esas cosas. Había decidido eyacular afuera de ella, pero ¿quién puede hacerlo cuando está en una situación así. Esperemos que tengamos suerte y no pase nada. Ahí viene del baño, desnuda y radiante como una diosa. Me dice con total naturalidad
—¡Otra vez, Edy de mi corazón!
No hay nada que hacer. Cuando se me dá una, se me dan todas. No tengo término medio.



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