Derqui y los fantasmas

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zumm
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Derqui y los fantasmas

Mensaje por zumm » Vie Mar 07, 2008 6:17 am

Derqui y los fantasmas

El sol estaba bajando Al mediodía estaba blanco, ese blanco que te ciega, luego derivó al amarillo y dentro de un rato se pondría rojo. Cuando el horizonte se tiñó de arrebol empecé a caminar hacia el pueblo fantasma. Tenía puesto un viejo gabán con los bolsillos llenos de libros de diferentes autores. Si la leyenda era verdad, regresaría a
mi casa con muchos de ellos autografiados.
Tomé por el viejo camino vecinal, ahora casi intransitable, donde las piedras y las ramas caídas de los árboles eran un tormento para mis pies. Tendría que haberme puesto las botas. Salí del camino hacia la izquierda. Seguí caminando, imaginando a la frágil Rocío haciendo el mismo camino un tiempo atrás.
La caída de la noche me sorprendió bajo los árboles. Nubes de mosquitos comenzaron a molestarme.
A través de las nubes la luna proyectaba un hilillo de luz. Había caído la noche cuando descubrí a lo lejos unas extrañas luces en el pueblo deshabitado. Era el pueblo fantasma, donde nadie osaba acercarse ni de día ni de noche. Caminé lentamente y con precaución hacia las luces que parpadeaban como diciéndome que me alejara. Que no me acercara más a ese lugar prohibido para los mortales.
Deseché mi temor y continué avanzando, esforzando la vista para tratar de ver algo. Al acercarme a unos cien metros pude ver que lo que antes fue la calle principal ahora era solo un montón de casas derruídas.
Sentí una congoja terrible, como si una mano espectral apretara con fuerza mi corazón. Me armé de valor y entré en la calle iluminada apenas por unas cuantas lámparas desnudas .Había gente en sus veredas. Paseaban los hombres fumando la mayoría y algunos hablando y moviendo sus brazos con gestos ampulosos. También habían damas que paseaban cogidas del brazo y riendo suavemente. No había niños, solo gente adulta. Parecía más bien una calle del lejano oeste, que hemos visto tantas veces en los films. Veredas entablonadas de crujientes y añejas maderas y en la calle propiamente dicha, tierra y pedruscos y algún matorral suelto llevado por la brisa.
En la primera esquina había más luz. Era, por lo que su desteñido letrero anunciaba, el Café Tortoni .
Se escuchaban cantos y risas y podía verse en su interior lo que se ve en todo Pub irlandés. Gente acodada en el inmenso mostrador, bebiendo jarros de espumosa cerveza, otros con copas de licores, todos charlando animadamente. Algunas de las pequeñas mesas estaban ocupadas. Era todo un espectáculo observar a ese bestiario humano en pleno tren de fiesta. Pensé que algo celebraba esa gente. Detrás del mostrador, había un largo espejo, manchado por la humedad de siglos, donde habían colocado un letrero que decía “Bienvenidos personajes de J.L.B.” Entré sin que nadie me mirara más de dos segundos y me senté en una mesa un tanto apartada del centro.
Se acercó un mozo rubicundo y me preguntó que quería tomar. Le pedí que me trajera una pinta de cerveza.

—Usted es argentino. Me dí cuenta por el acento y porque hoy tenemos mayoría de clientes argentinos. ¿Me podría decir de cuál cuento es?

Se me hizo la luz. Estos clientes argentinos y el cartel de bienvenida en el espejo se referían sin duda a los personajes de los cuentos de Jorge Luis Borges. Por suerte soy un fervoroso lector de Borges y algo me acuerdo de sus obras.

—Yo soy Juan Dahlmann —le contesté muy suelto de cuerpo.

Se hizo un silencio sepulcral en la taberna. Solo se escuchaban las respiraciones agitadas de los parroquianos que me miraban con asombro.

—¡Juan Dahlmann! El que compró un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil y luego se enfermó...—dijo uno

—¡No se enfermó! Se rompió la cabeza con una ventana abierta —aseguró otro.

—¡Y después fue a su estancia a recuperarse! —recordó un hombre alto, de ojos afilados y barba gris a quien reconocí enseguida. Era Stephen Albert del cuento “El jardín de senderos que se bifurcan”.

—Pero no alcanzó a llegar, porque se metió en el almacén de ramos generales a comer —continuó una mujer que no podría ser otra que Beatriz Viterbo (Todavía recuerdo la frase —Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz querida. Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges)

Se me acercaron todos y me saludaron con calor a pesar que yo sentía el frío de la muerte en sus manos. Decidí seguir con mi papel. Conocía el cuento “El Sur” como la palma de mi mano, pues una vez hice para unos amiguitos el guión de dicho cuento, para ser representado en el colegio. Demás está decir que fue un éxito.
Todos me hablaban a la vez. Todos recordaban partes del cuento, pero lo que absolutamente todos querían saber, aunque ahora ya lo sospechaban era el verdadero final del cuento. Borges hizo un final abierto. Que cualquiera podría imaginar a su manera, pero que siempre quedaría con la duda de si ese final elegido era el real. El que había imaginado Borges.
Ahora tenían ante ellos a Juan Dahlmann y no mostraba ninguna lesión.
Para dar más credulidad a esa idea, me quité el gabán que llevaba puesto y lo dejé sobre el respaldo de una silla.
Se fueron tranquilizando y aunque conversaban animadamente me dí cuenta que mi respuesta los había dejado satisfechos. Cuando quedé solo en mi mesa, me dispuse a beber mi pinta de cerveza. Estaba eufórico. Me había hecho pasar por un personaje de Borges y todo había resultado bien. Pagué mi cuenta y salí a la calle. Quería caminar por las pocas calles de pie todavía en ese pueblo fantasma. Al llegar a una esquina se me acercó un hombre tambaleándose. Era un compadrito de cara achinada. Me injurió con mil palabras, a los gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su borrachera. Sacó su largo facón y me invitó a pelear, diciéndome que ya me había matado una vez y ahora lo repetiría. Objeté con trémula voz que estaba desarmado. En ese punto algo imprevisible pasó. Desde la vereda del frente, casi arrastrando los pies, se acercó un viejo gaucho que me tiró una daga desnuda que vino a caer a mi lado.
Me incliné a recoger la daga y sentí dos cosas. La primera que ese acto casi instintivo me comprometía a pelear. La segunda, que el arma en mi mano torpe, no serviría para defenderme, sino para justificar que me mataran.
¿Sería este el final ideado por Borges, o acaso ahora desde el universo de los grandes escritores había decidido cambiarlo?
Me enrollé el gabán en mi brazo izquierdo y decidí averiguarlo.

Derqui, Abril de 2006


Derqui está a 50Km de Buenos Aires, en el partido de Pilar. Es fácil llegar por ferrocarril, aunque no recomiendo llegar de noche pues ningún taxi lo llevará al pueblo fantasma , después que cae el sol.

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