LA BAJADA DEL NEGRITO MUERTO

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Alejandra Correas Vázquez
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LA BAJADA DEL NEGRITO MUERTO

Mensaje por Alejandra Correas Vázquez » Jue Jul 02, 2020 11:00 am

Bajada del Negrito Muerto
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por Alejandra Correas Vázquez

¡Mítica y misteriosa barranca!... donde la historia como tal, habíase detenido. Era un extenso barrancón de greda roja, lleno de casillas blancas, donde sus habitantes celebraban el “Velorio del Angelito”. Un niño muerto era adornado sentado en una silla . Se lo adoraba como a un santo. Fue un folklore argentino.

Frente a ella en la otra margen del río Suquía, la ciudad universitaria de Córdoba (Argentina) extendíase y se elevaba. Cruzaba a través del Puente Centenario ese páramo perdido, e intentaba no reparar en ella.

La árida barranca convivía entonces al límite del medio siglo, con las casas de dos plantas, de una clase media alta, que comenzaban a emerger en aquel escenario agreste, exhibiendo sus fachadas señoriales. Este barrio residencial céntrico "Cofico", cuyo crecimiento rápido en aquellas décadas, produjo la exclusión de sus habitantes folclóricos.

En esos años 1940 la visión del Río Suquía era todavía ostentosa. La sierra decoraba el gran telón expandido y a la noche, al iluminarse el centro de la ciudad desde la otra orilla, sobre una superficie más baja, el paisaje parecía ofrecer una continuidad entre las estrellas celestes y las estrellas terrestres...Y sobrevive el mito. Allí, en el momento mismo cuando se encuentran ambas sociedades, la universitaria y la barranquera. Cuando es edificado el Puente Centenario que unirá a ambas comunidades humanas, sin poder relacionarlas nunca.

Los rituales paganos y mágicos sobrevivían aún allí, al pie de la ciudad universitaria y erudita (apodada “La Docta”) y a espaldas de ella. La urbe crecerá en su derredor y nunca querrá mirar, ni admirar o sorprenderse con ellos. Los barranqueros. La Bajada del Negrito Muerto pervivirá dentro de estos rituales, sobre una barranca mágica cuyos habitantes vernáculos no tendrán nunca ningún diálogo posible con el citadino intelectual. Ni la ciudad Docta universitaria, intentará aproximarse jamás a ella.

Ajenas una a la otra, en sus dos orillas del Río Suquía, coexistiendo en una muda indiferencia, vivirá cada una su destino. Así como nació la Bajada mítica sin que se supiera cómo, sobrevivirá sin lograr saberse de qué forma. Inmutable al devenir o al progreso. Pero subsistirá mientras subsista la greda, la creciente del río y su fetichismo.

Fuera de todo plan de vida, al pie de una ciudad que por el contrario, nació y progresó por un plan prefijado desde el tiempo colonial. Cuando la Compañía de Jesús creó allí la primera universidad sudamericana (Universitas Cordubensis Tucumanae). Esta Bajada del Negrito Muerto poblada al azar (no hay registros de ella en tiempos coloniales) junto a una ciudad universitaria cuyos pobladores en cambio, llegaron ab initio, con un programa especialmente detallado y con un plano ciudadano diseñado por un ingeniero en la oficina del rey.

Será la Bajada del Negrito Muerto un mito en sí misma. Sin comunicación con el exterior. Un mundo mágico conocido sólo por sus actores. La Córdoba del siglo veinte por contraparte, se irá en pos del progreso para hallar un lugar dentro del mundo moderno. Mientras que la Bajada del Negrito Muerto congelará el tiempo, evitando ser tocada por él. Mientras el reloj más se detenga, más largo será su tiempo de vida. Su prolongación existencial.

Por aquellos años aún se veían en las crestas de la barranca extrañas procesiones nocturnas, que avanzaban en fila de a una, portando luminosas antorchas. Producían un efecto alucinante. Como fuegos fatuos de un mundo imaginario, tornado realidad en el barranco mítico. El camino zigzagueante por el cual circulaban entre sinuosos gredales, volvíase diurno en medio de la noche estrellada. La Bajada con sus formas esculturales de greda recortábase en el firmamento como un gran cuadro mágico.

Lucía totalmente iluminada con aquellas procesiones paganas a las que ningún extraño a ella se aproximaba. Ni tan siquiera la policía.. Los niños de la clase media alta que vivían en el Barrio Cofico, en el borde de la misma, dentro de sus casas nuevas y señoriales de dos plantas con perfumados jardines, , asomábanse inquietos a los resquicios de sus ventanas para ver aquel espectáculo con curiosidad y sorpresa.

Contemplaban atónitos ese desfile brillante de antorchas (a pesar de la prohibición familiar) y con perspectiva de que la sugestión de aquel espectáculo, no los dejase dormir en toda la noche. Contemplaban asombrados las figuras portadoras de antorchas, cuyos ropajes veíanse en penumbra, mientras los rostros sobresalían luminosos por los reflejos del fuego. Era una imagen abismal. Muda. Cautivante. Eran dos mundos de herencias irreconciliables que se observaban a distancia, desde lejos, y que nunca podrían incorporarse. Sería el uno o el otro.

Los niños de las ventanas iban a llevar para siempre en su retina, perviviente en su memoria, aquella mágica escenografía nocturna y fantasmal, que agigantaba a las figuras barrancales. Recrearíanla con los años, en el pensamiento del adulto, como una parte nostálgica de su infancia, una vez que el progreso avanzara sobre el rojo barrancón, eliminándolo, definitivamente.

Cuando el Río Suquía cedió su caudal a la sed de los citadinos, la greda convirtióse en asfalto y el progreso concluyó por borrar finalmente a toda esa mistérica... Bajada del Negrito Muerto.

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Ars Longa Vita Brevis

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