¡CÓMO CAMBIAN LOS TIEMPOS!

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David Gómez Salas
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¡CÓMO CAMBIAN LOS TIEMPOS!

Mensaje por David Gómez Salas » Dom Sep 05, 2010 2:21 am

¡CÓMO CAMBIAN LOS TIEMPOS!
Autor: Vital Aza

Cuando de niño empecé
a darme a la poesía,
tan en serio lo tomé,
que sólo en serio escribía.

Romántico exagerado,
era lo triste mi fuerte.
¡Válgame Dios!, ¡le he soltado
cada soneto, A la muerte!

La fatalidad, el sino,
el hado, la parca fiera,
el arroyo cristalino
y la tórtola parlera...

Todo junto le servía
a mi necia inspiración
para hacer una elegía
que partía el corazón.

No hubo desgracia ni duelo
que en verso no describiera...
¡Si estaba pidiendo al cielo
que la gente se muriera!

¿Qué airado el mar se tragaba
la barca de un pescador?
Pues yo en mi lira lanzaba
los lamentos del dolor.

¿Que un amigo se moría,
viejo, joven, listo o zafio?
Pues, ¡zas!, al siguiente día
publicaba su epitafio.

¿Que una madre acongojada
gemía en llanto deshecha?
¿Que por una granizada
se perdía la cosecha?

Pues yo enjugaba aquel llanto
en versos de arte mayor,
y maldecía en un Canto
al Granizo destructor.

Escéptico y pesimista,
¡me hacía unas reflexiones!...
Sirva de ejemplo esta lista
de varias composiciones:

Ludibrio, Dios iracundo,
Profanación y adulterio.
Los desengaños del mundo,
El ciprés del cementerio.

Pues, ¿y una composición
en que imitando a otros vates,
con la mejor intención
decía estos disparates?

«¡Ay! El mundo en su falsía
aumentará mi delito,
vertiendo en el alma mía
la duda de lo infinito.»

«Triste, errante y moribundo,
sigo el ignoto sendero,
sin encontrar en el mundo
un amigo verdadero.»

«¡Todo es falsedad, mentira!
¡En vano busco la calma!
¡Son las cuerdas de mi lira
sensibles fibras del alma!»

«¡El mundo, en su loco anhelo
me empuja hacia el hondo abismo!
¡Dudo de Dios y del cielo,
y hasta dudo de mí mismo!»

«¡Esta existencia me hastía!
¡Nada en el mundo es verdad!»
...................................................
¡Y todo esto lo decía
a los quince años de edad!

Francamente, yo no sé
cómo algún lector sensato
no me pegó un puntapié
por necio y por mentecato.

Por fortuna, ya no siento
aquellas melancolías,
ni doy a nadie tormento
con vanas filosofías.

Ya no me meto en honduras,
ni hablo de llantos y penas,
ni canto mis amarguras
ni las desdichas ajenas.

He cambiado de tal modo,
que soy otro diferente;
pues hoy me río de todo,
¡y me va perfectamente!

Vital Aza Álvarez-Buylla.
Escritor, comediógrafo y humorista español
Pola de Lena, Asturias
28 de abril de 1851 - 13 de diciembre de 1912

Todas las obras originales de Vital Aza se encuentran en dominio público. Aplicable en aquellos países en donde el lapso de copyright se extiende 70 años o menos contados a partir del fallecimiento del autor

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David Gómez Salas
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PLAN CURATIVO

Mensaje por David Gómez Salas » Dom Sep 05, 2010 2:40 am

PLAN CURATIVO
Autor Vital Aza

–¡Niña!
–¡Mamá!
–¿Qué te pasa?
¿No vienes a la novena
–¡Ay, mamá, si no estoy buena!
–¿Que no? Pues quédate en casa.
–¿Y vas sola?
–Claro está.
–¡Yo lo siento!
–No te apures.
Es preciso que te cures.
Acuéstate.
–¡No, mamá!...
–¿A ver, qué sientes?
–¡Calor!
–¡Es aprensión, criatura!
¡Si no tienes calentura!
–¿Qué no tengo?
–No, señor.
–Pues siento un frío en los pies
y en la cabeza un mareo...
–Anda y damos un paseo,
antes de ir a San Ginés.
–¡Me canso!
–Iremos en coche.
Lo tomaremos por horas.
¡Verás cómo te mejoras
con el fresco de la noche!
–¡Tengo tos!
–¡Quita, por Dios!,
–¡Me duele aquí cuando toso!
–¡Bobadas! ¡Eso es nervioso!
¡No vale nada esa tos!
–Pues no te canses, mamá;
hoy no salgo, lo repito.
Voy a acostarme un poquito
encima de este sofá.
–¡Jesús! ¡Eres más cobarde!...
–Quizá me alivie con eso.
–¡Aprensión! Pues dame un beso.
¡Las ocho y media! ¡Qué tarde!
Y hoy es el último día...
Así... Abrígate los pies.
¡Otro beso! Hasta después.
Que te alivies, hija mía.

-----------

(Sale la mamá de casa,
queda la criada alerta,
se oye rechinar la puerta
y una voz que dice:¡Pasa!)

-----------

–¡Alfredo!
–¡Amalia querida!
–¿Te habrán visto?
–No. Ten calma.
¿Me quieres?
–¡Con vida y alma!
¿Y tú a mí?
–¡Con alma y vida!

-----------

(Es muy corta la novena,
corren breves los instantes,
y en gracia a los dos amantes,
paso por alto la escena.
Se oyen pasos... ¡La mamá!
Huye el joven con premura,
y la niña se apresura
a acostarse en el sofá.)

-----------

–Hija mía, ¿estás durmiendo?
¡Temí haberte despertado!
Por volver pronto a tu lado
recé de prisa y corriendo.
¿Cómo te encuentras?
–¡Mejor!
–¿A ver? ¡Dios mío! ¿Qué tienes?
¡Si están ardiendo tus sienes!
Voy a llamar al doctor.
–No, mamá.
–Sí, vida mía.
–Ya estoy bien; no es de cuidado.
Tienes el pulso agitado.
–Los nervios...
–¡Qué tontería!
Corro al punto. Tú estás mala.
¡Qué te receten cuanto antes!

-----------

(Y al cabo de unos instantes
entra el médico en la sala.
Pulsa a la niña intranquila;
la encuentra un poco nerviosa,
y por mandar cualquier cosa,
le manda que tome tila.)
–Hoy por hoy no es de cuidado.
Conozco bien su dolor.
(Hay que advertir que el doctor
vive en el cuarto de al lado.)
–¿Conque no es grave, verdad?
(Dice la madre.)
–Señora...
Aquí entre los dos, ahora,
el mal es de gravedad,
–¡Dios mío!
–¡Yo soy muy viejo
y práctico!
–¡Ya lo sé!
–Y como la aprecio a usted,
me permito este consejo:
¡Abra usted mucho los ojos!
La niña –a mi plan me aferro–
necesita, mucho hierro,
–¿En píldoras?
–No. ¡¡En cerrojos!!

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LA TERTULIA CURSI

Mensaje por David Gómez Salas » Dom Sep 05, 2010 2:46 am

LA TERTULIA CURSI
Autor Vital Aza

En la coronada villa,
calle del Humilladero,
número ochenta, tercero,
con honores de guardilla,

vive doña Blasa Ortiz,
señora muy campechana,
muy gorda, muy charlatana,
muy pobre y muy infeliz;

viuda de un tal don Silverio
Trigueras, que fue empleado
en no sé qué negociado
de no sé qué Ministerio.

Lo cierto y seguro es
que, por ir sin capa un día,
se murió de pulmonía
el año sesenta y tres,

dejando el pobre Trigueras
–como recuerdo, sin duda–
varias deudas, una viuda
y tres niñas casaderas.

Tres que, si fueran bonitas,
hallaran colocación;
pero, por desgracia, son
muy feas las pobrecitas.

Y en vano para casarlas
doña Blasa corre y suda;
no encuentra la pobre viuda
el modo de colocarlas.

–¡Esto ha de ser eterno!
(dijo la madre hace días);
es necesario, hijas mías,
pensar en que entra el invierno;

que si aquí solas estamos
cosiendo a todo coser,
ninguno puede saber
lo que todas deseamos.

Por consiguiente, decido
hacer lo que Cachupín,
a ver si al cabo y al fin
se presenta algún partido.

Y aunque nos cueste un derroche,
de este invierno no pasa;
nos quedaremos en casa
los domingos por la noche.

Hicieron la invitación,
llegó el día señalado,
y ni uno solo ha faltado
a tan grata reunión.

Nadie, por lo atenta, vale
lo que esta pobre mamá,
que anda de acá para allá,
y habla, y corre, y entra, y sale.

------

Componen el mobiliario
de la diminuta sala:
un reloj que no señala,
una cómoda, un armario,

dos marquesitas tronadas
(que así las puso el abuso);
cuatro sillas en buen uso
y siete perniquebradas;

un sofá (¡que Dios sabrá
los muelles que tiene dentro!)
un velador en el centro
(del salón, no del sofá).

Hay en una rinconera
un acerico muy mono,
un busto de Pío Nono
y varias frutas de cera.

La cuestión del alumbrado
está a cargo de un quinqué,
con un tubo que no sé
si es que está roto o manchado.

Y tiene, en fin, doña Blasa
en la sala en que se engríe,
una estera que se ríe
de la dueña de la casa.

------

La gente, a decir verdad,
por lo que yo he conocido,
es de lo más distinguido
de toda la vecindad.

Una señora muy flaca
con una niña muy seca,
y otra como una manteca,
que va en busca de casaca.

Dos jóvenes delineantes
que buscan colocación;
un músico de afición
y cinco o seis estudiantes.

Una señora muy fina
que dicen que tiene estanco;
un sastre del sotabanco;
dos horteras de la esquina;

un señor que es oficial
cuarto o quinto de Fomento,
y un cura de regimiento
que vive en el principal.

------

Nada olvidó doña Blasa
–que ella no falta a la moda–
y para obsequiar a toda
la gente que honra su casa,

ha dispuesto con primor
–dándose a sí propio brillo–
en el oscuro pasillo
el buffet que es de rigor.

Buffet de que dan señales
una bandeja muy vieja,
y encima de la bandeja
cuatro copas desiguales.

Y a falta de buen champaña
encuentra la reunión
agua pura a discreción
en un botijo de Ocaña.

------

–Pero, señores, ¿qué es esto?
(dice doña Blasa): ¿estamos
en misa? ¡Qué! ¿no bailamos?
–¿Usted también?
–¡Por supuesto!

–Vamos, pollos, ¿qué les pasa?
Niñas, quitad esa mesa.
¡Jesús, y cuánto me pesa
no tener piano en la casa!

Pero, no importa, ¡qué diablo!,
¡se tararea, y en paz!
¡Vamos!, ¡si yo soy capaz!...
¡Sepárese usted, don Pablo!
–¡Señora!
–¡No quiero riñas!
¿Sabe usted lo que le digo?
–¿Qué?
–Que cante usted conmigo,
para que bailen las niñas.
–¡Si no se puede, mamá!
–¿Qué no se puede? ¿Por qué?
–¡Pues no le está viendo usted!
Esto es muy pequeño.
–¡Ya!
Pues entonces jugaremos
a juegos de prendas. ¡Sí!
¡Déjenme ustedes a mí
que proponga! A ver... ¡Pensemos!
¡Mi memoria es tan infiel!...
¡Por Dios!, no arrimen ustedes
las sillas a las paredes,
que se estropea el papel.
Conque, ¿qué hacemos al fin?
¡Jesús! ¡Ahora que reparo!
¡Pues si está aquí don Jenaro!
¡Toque usted el violín!
-No lo he traído.
–¿Qué escucho?
¡Vaya usted por él ahora!
–¡Vivo muy lejos, señora!
–¡Caramba! ¡Lo siento mucho!
¡De veras que lo lamento!
¿Quién con música se aburre?
Pero, hombre, ¿a quién se le ocurre
venir sin el instrumento?
¡Pensemos en otra cosa!
¡No hemos de estarnos así!
¡Pues si no fuera por mí!
¡Ay!, ¡qué juventud tan sosa!
¡No inventan nada! ¡Es chocante!
¿Qué es eso? ¿Han llamado? ¡Voy!...
Al punto de vuelta estoy.
¡Si es don Frasquito! ¡Adelante!

------

(El don Frasquito presente
es un señor malagueño,
muy rechoncho, muy pequeño,
muy feo y muy ocurrente).

------

–¡Pase usted! ¡En qué ocasión
tan oportuna ha llegado!
¡Es el hombre más salado!
¡Ya tenemos diversión!

Aquí, tome usted asiento.
¡Niñas, señores, chitito!
¡Vamos, señor don Frasquito,
cuéntenos usted un cuento!
–Señora, ¡si yo no sé!...
–¡El que usted quiera!
–¡Si yo!...
–No me diga usted que no,
porque me incomodaré;
ocupe usted esa silla,
¡Mucho silencio un momento!
–Pué señó, contaré er cuento
de un sordao de Sevilla.
–¡Ese mismo, sí señor!
¡Venga el cuento del soldado!
Estando este hombre a mi lado
no comprendo el mal humor.
–Pué señó, ¡vamos allá!
Er sordao de mi cuento...
–¡Aguarde usted un momento!,
usted me dispensará.
Luego seguirá contando,
¡Niña!
–Mamá, mande usted.
–Quítale luz al quinqué,
que ese tubo se está ahumando.
Prosiga usted, don Frasquito.
–Pué señó, que ocurrió un día
que mi sordao tenía...
–¡Espere usted un poquito!
Se me ha figurado oler
que se quema el estofado.
¡La chica se habrá olvidado!...
Con permiso, voy a ver...
¡Estoy de vuelta al momento!
¡Aguarde usted, don Frasquito!

------

¡Lo que me olía era el frito!
Vamos, siga usted el cuento.
-Pué señó, que er caso fue
que mi sordao...
-¿Han llamado?
Sí, sí, no me he equivocado.
¿Quién será? ¡Perdone usted!
¡Si son las de Zaragata!
¡Vengan ustedes acá!
¿Cómo queda la mamá?
¿Por qué no viene la ingrata?
¿Sigue peor del flemón?
¿Se ha quedado en casa sola?
¿Qué tal, Rita? ¿Qué tal, Lola?
¿Qué tal, Luis? ¿Qué tal, Ramón?
¿En dónde está el otro hermano?
¿Se ha sabido de Mercedes?
¿Por qué no han venido ustedes
un poquito más temprano?

------

(Sigue la buena señora
con mil preguntas como estas
y en preguntas y respuestas
se pasa más de una hora).

------

-¡Oigamos con interés
al andaluz más salado!
¡Siga el cuento del soldado!
-¡Pué señó, que er caso es
que mi general...
-¡Frasquito!
¡O ese es otro o no lo entiendo!
¿No ha empezado usted diciendo
que era un soldado?
-¡Er mesmito!
¡Era un sordao, sí tal!,
pero dende que he empesao
este cuento, ¡mi sordao
ha ascendío a general!

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