LAS LAGUNAS

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Mosquero
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LAS LAGUNAS

Mensaje por Mosquero » Jue Sep 20, 2012 11:21 am

LAS LAGUNAS

Esa zona de Parques Nacionales tiene dos niveles; montañas y bosque de confieras, enormes lagos de aguas cristalinas, pasando los mil metros sobre el nivel del mar. Por debajo de esa altura había siete pequeñas lagunas cuyas inmediaciones no tenían la vegetación tupida ni árboles de tanto tamaño. No por ello dejaba de tener su hermosura paisajística.

En una lomada distante siete kilómetros de este paraíso, estaba la ciudad, designada como “Las Lagunas”; con sus ciento cincuenta mil habitantes, era el número de pobladores necesarios para ser ciudad y a su vez población, que permitía conocerse a la mayoría de sus habitantes permanentes. La belleza de su entorno la convertía en un centro turístico importante. Por capricho de los arquitectos de Parques Nacionales en su trazado escaseaban los ángulos rectos A su vez en la zona llana, hacia el este, estaba una de las cuencas petroleras mas importantes del país.

No había en cientos de kilómetros a la redonda otra localidad que compitiera en importancia y ajetreo. El asentamiento de las administraciones y los servicios petroleros, más toda la infraestructura turística, más sus centros de convenciones, hacían de Las Lagunas una ciudad cosmopolita, de gran poder económico, con una minoría de su población estable, y una mayoría de habitantes fluctuantes, entre turistas y petroleros.

Los moradores estables manipulaban la mayoría de las actividades rentables; era difícil integrarse a lo que se consideraba la clase social importante, considerando que la ciudad apenas cuenta con ciento cuarenta años desde su fundación, estamos en presencia de escasas cinco generaciones, la mayoría, en algún grado emparentadas.

Los Peña Wilson, una dinastía de abogados formaban parte de este grupo rector. Considerando que el Ministerio de Educación y Justicia del estado se hallaba en Las Lagunas, como así la cárcel principal y la administración carcelaria

Gregorio Federico Peña Wilson, era el hijo menor de una rama de esos apellidos, lo precedían tres hermanas, dos abogadas y una escribana; constituían el estudio jurídico mas importante de Las Lagunas. En esa ciudad cursó la escuela primaria y la secundaria, de allí marchó a estudiar abogacía a la universidad mas prestigiosa del país que se hallaba en el norte.

Goyo Peña, como lo llamaba todo el mundo era un joven amante de los deportes, jugaba rugby, pescaba, esquiaba y practicaba remo. Estas actividades hicieron que su físico de un metro y setenta y dos centímetros de altura, se notara atlético y proporcionado, de piel tostada por las tareas a la intemperie, de cabello castaño, rasgos regulares, ojos grandes marrón claro, boca mediana de dientes parejos y cuidados le daban a su aspecto cierta reciedumbre y singular belleza varonil; ya se le insinuaba una barba tupida.

Si a los apellidos le agregamos la posición social, la conducción de automóviles propios, su vocación por practicar el sexo, a cuyos fines usaba una cabaña instalada en el bosque en la parte alta del gran parque, propiedad de la familia. Sin duda era un privilegiado, razón por la que nunca había tomado seriamente ninguna relación, aunque le duraran algún tiempo.

Durante el periodo que estuvo estudiando, alrededor de siete años, su permanencia de vacaciones anuales en Las Lagunas, eran breves, de veinte días a un mes, periodo éste que no le permitía disfrutar ese entorno que tanto quería y conocía.

Cuando cursaba cuarto año de derecho como alumno destacado, conoció a Elda Estévez estudiante de medicina. La atracción fue mutua, un chispazo, se trataba de dos jóvenes con un gran porcentaje de madurez y experiencia. Luego de largas y sesudas charlas sobre temas generales, el ser humano fundamentalmente; Luego de unos meses de relación e intercambio de experiencias sexuales, llegaron a la conclusión que conformaban una compatibilidad carnal perfecta, que a su vez era una de las bases de la pareja estable. A ello sumaban la compatibilidad cultural, mas el amor y respeto que se habían prometido; ningún tema del calibre y tenor que fuese dejaría de ser planteado.

Elda Estévez era huérfana, sus padres fallecieron en un accidente de automóviles, fue criada por su tía Edith, única familia que tenia en este mundo. Ella le administraba cuatro propiedades heredadas que tenía en su provincia, cuya renta le permitía estudiar cómodamente. Se querían entrañablemente.

Al año siguiente ella terminó su carrera de medicina, le faltaban dos años de especialización, eligió cirugía general. Por su parte Goyo finalizaba abogacía, como estaban viviendo en pareja decidió doctorarse en leyes ya que se dedicaría a la carrera judicial. Finalmente a los dos años ambos estaban recibidos. Decidieron trasladarse a Las Lagunas donde formalizarían la boda y se radicarían, Edith, su tía, formaría parte de la familia.

Arribados a Las Lagunas, la primer quincena transcurrió entre presentaciones y agasajos. Pasado el furor, un día viernes se casaron. Goyo y dos amigos de la infancia y aventuras, planearon la luna de miel, sería a campo traviesa viviendo en carpa, haciendo vida de campamento y trasladándose a caballo. La fascinación que le produjo el entorno del paisaje a su arribo aumentó al enterarse del proyecto, ella era una mujer deportista y arriesgada. En los preparativos le dieron una lista de compras en la que figuraba un bolso mediano e impermeable, todas las especies necesarias para cocinar, varias cajas de fósforos de cera, un costurero completo de campaña, dos cajas de balas de cincuenta tiros calibre treinta y ocho, dos pares de guantes de badana, un sombrero , una capa impermeable de montar y un par de botas cortas y cómodas para ella. El resto de los abastecimientos estaban previstos. Los Peña Wilson eran todos jinetes y tenían caballerizas propias, con animales para distintas faenas.

Dos días después de la boda, casi de madrugada, el matrimonio convertido en dos jinetes aperados para cualquier contingencia, con un caballo de tiro, encabrestado a la montura y dos cargueros mas, con sus respectivas cangallas transportando todos los elementos necesarios para aquellos días de nómadas, que pasarían a la luz del fuego bajo las estrellas. Entre los elementos transportados llevaban un bolso que contenía dos cinturones muy usados con sus respectivos revólveres cal. 38 largo, Smith Wesson; allí acomodaron las dos cajas de balas compradas por Elda.

La bella y romántica aventura duró un mes y una semana, al cabo de ese tiempo llegaron cerca de la media noche cansados y silenciosos a las caballerizas. Elda volvía convertida en una experta jineta, una excelente cocinera de campaña y buena tiradora de revolver.

Antes de la partida dejaron instalada una casona muy bien mantenida y amueblada en una de las avenidas de la ciudad, el inmueble fue el presente de bodas de los padres de Goyo. Hasta allí los acercaron desde las caballerizas en auto solo llevaban con ellos los efectos personales.

Goyo concursó, e ingresó como fiscal en la justicia criminal, Elda por su parte inició su labor directamente en el Hospital Regional; esto por las mañanas, por las tardes hacia medicina general en el consultorio instalado en su domicilio.

En los cinco años siguientes nacieron sus tres hijos, Elisa, que seguiría los pasos de su madre como médica. Eduardo que imitó la tradición de los varones Peña Wilson y Claudio que con respecto a la vocación tuvo sus problemas. La inestimable capacidad y el amor a la familia de la tía Edith, quien criara a los tres hermanos, permitió a Elda y a Goyo destacarse en sus profesiones. Ello, más ciertas herencias recibidas por Goyo los convirtieron en un matrimonio millonario.

Cuando el menor de los hijos, Claudio marchaba a la Universidad a estudiar antropología, falleció la tía Edith. Este seceso aumentó el cansancio y las tareas aunque fuesen de control para Elda, que para entonces era directora del hospital y tenia gran cantidad de pacientes en su consultorio, amaba su profesión. Goyo llevaba veinte años en la justicia, periódicamente además de su doctorado había hecho tres maestrías. Era uno de los jueces más brillantes y temido. Particularmente inflexible con los delitos contra la moral pública y la corrupción, sus mismos colegas sabían del concepto de la hombría que predicaba y ostentaba.

Goyo se mantenía en forma; en tanto Elda cuyos horarios le manejaban la vida, no disponía de tiempo para dedicarse a su persona e imagen, le bastaba con tener la vestimenta impecable y el cabello acomodado, sin tintura. Usaba un breve maquillaje como compromiso social. Prácticamente nada. Ese año ambos cumplían cincuenta y tres años.

Hacia tiempo que Goyo no conducía en horas de trabajo. Para estas razones disponía de movilidad y chofer. En su casa había dos autos y una pick-Up. Uno de los coches común, era el de Elda y el otro, de alta gama, era el suyo.

Personalmente Goyo había resignado en el camino alguno de las promesas de caballero fiel, que hiciera en sus principios con Elda. Que se plantearían francamente en forma recíproca, en caso de ocurrir un hecho de adulterio. Goyo ignoró su promesa. Guardaba celosamente sus fraudes. La actividad sexual de la pareja era casi nula; Elda consiente de los riesgos, antepuso la paz hogareña a las posibles reyertas. Goyo en La Lagunas jamás se relacionó con ninguna prostituta. Sobraban mujeres sin compromiso e infieles.

Esa noche Elda estaba operando en el hospital, por la tarde y por las dudas, Goyo llamo a la cabaña del bosque alto y le ordenó al cuidador que encendiera las dos estufas a leña, una estaba en el comedor y la otra en el dormitorio; se movilizaba en un Ferrari deportivo, se acordó que estaba sin tabaco, ese día desde la mañana la ciudad estuvo envuelta en una espesa niebla. Estacionó frente a la tabaquería cuya vereda media diez metros, como en toda la avenida. Recostado sobre el asiento estaba acomodando en la gaveta los paquetes de cigarrillos rubios que comprara, cuando una mano enguantada en fina badana negra golpeo suavemente el vidrio, miró y vio un rostro precioso enmarcado en el cuello alto de un abrigo de zorro gris claro que le hablaba, accionó una tecla y abrió la puerta contraria a la del conductor.

La mujer envuelta en un largo abrigo de piel, le preguntó:-“Me puedo sentar?”- “Siéntese, pero lamento defraudarla, jamás hago negocios con las chicas de la avenida.”.-“No importa yo no soy ninguna de las chicas de la avenida, solo quiero hablar”. La niebla los mantenía encapsulados en un tono gris espeso que los hacia invisibles. Goyo encendió la luz interna y percibió un leve escozor en el pecho cuando vio aquel rostro. Apagó la luz y encendió el motor.-“ Donde la llevo?”- “Adonde quiera solo necesito habar”. La distancia al refugio era de quince minutos, quizás veinte con ese tiempo; en el trayecto Goyo supo que la pasajera estaba en Las Lagunas desde esa mañana. Que pasara la tarde durmiendo pues la noche anterior la había consumido entre llantos y diálogos que la consolaban, que se despertó cerca de las seis e la tarde y cuando finalizó de arreglarse ya era de noche; ya maquillada se puso a leer, estaba en el hotel contiguo a la tabaquería.-“Cuando salí a la vereda vi su coche y me acerqué, no tengo otra explicación.”- Entrando al patio de la cabaña Goyo preguntó:-“¿Qué está leyendo?.-“Unos cuentos de Guy de Maupassant”.

En la cabaña olía a limpio a desodorante perfumado. Goyo sirvió dos copas hasta la mitad de whisky importado, antes de invitarla le ayudó a quitarse el abrigo. Era una persona que con tacos pasaba el metro setenta, de piernas perfectas y caderas armoniosas, de pechos medianos y turgentes. Su rostro era simplemente distinto, de alta frente, cejas casi enteras, largas y tupidas pestañas, sus ojos violetas contrastaban con su cutis blanco mate, casi sin arreglo, de nariz pequeña y respingada. Su boca carnosa y de dientes pequeños bajo la cual su mentón aparecía diminuto, el conjunto sumaba una belleza extrema. Vestía minifalda azul y camisa con cuello gris claro, con un chaleco de fina lana al tono.-.”Mi nombre es Goyo, supongo que además de penas tendrá nombre?”.-:”Si, Maria José, pero me llaman Flora. Tengo veintiséis años, soy psicóloga, eso no significa nada.”.-:” Yo soy doctorado en leyes y juez del Superior Tribunal, rayo los cincuenta y cuatro.¿Viste nevar alguna vez?”. Diciendo esto se levantó de su sillón y le acercó la mano para mirar por la ventana, los copos grandes y blancos iban tiñendo el suelo con aquella pintura que mandaba el cielo. Goyo la tomo de la cintura y sintió su espalda en el pecho, así permanecieron intercambiando el calor de sus cuerpos en actitud de adictos, se sentaron juntos; Goyo sin dudas llamó a su casa y aviso que estaría en la cabaña en una partida de poker, era viernes. Cuando se jugaba nadie de la familia se acercaba. Se sentaron en el mismo sillón mirando el fuego.

Flora estaba meditabunda, dijo:-“Por tu profesión y experiencia en el trabajo, sos la única persona con la que puedo hablar, te pido paciencia y que no te excites. No voy a hablar de mi aspecto, voy a hablar de mí ser. La vida nos depara sorpresas a diario. La persona que lloro, falleció de cáncer al pulmón después de sufrir cuatro meses. Era de tu edad; sabio culto, sereno, cariñoso, generoso; nos casamos y heredé una pequeña fortuna, el dinero no es mi problema. Él, me definió con paciencia y cariño; yo debía ser mujer. Mi psiquis y mi cuerpo así lo ordenan,, no voy a operarme, pero nací varón. Me implante los pechos y con un tratamiento eliminé totalmente el bello de mi cuerpo. Me has tratado muy bien, más este gesto de escucharme sin interrumpir, gracias.” Flora lloraba en silencio; la respiración de Goyo se entremezclaba con el crepitar suave del fuego. Goyo le paso un brazo por el cuello y le dio un beso en la mejilla, quería verla; lentamente fue quitando sus prendas, la cabaña estaba tibia, quedó en dos piezas interiores celestes. Ella lo besó brevemente y volvió a decir gracias. Goyo la levantó en brazos y la llevó a la habitación matrimonial. Con sus manos de porcelana Flora le quitó los calcetines y le acaricio suavemente ambos pies. Estaban en ropa interior, persistía el misterio, ella dulcemente y con su vos suave y pastosa tomo la iniciativa, se quitó el corpiño y lo besó apasionadamente. Goyo estaba desnudo, mantenía el físico en un notable estado atlético, Flora se acostó junto a él que percibía esa piel de porcelana, se confundieron en un apasionado beso, jadeaban, la experta boca de flora recorriendo todo su cuerpo enloqueció a Goyo que se abandonó, sus hábiles manos fueron a su sexo, sintió su boca tibia, sus manos recorrían lo íntimo de sus glúteos, no lo pudo soportar mas y llego la vehemencia final, emitía sonidos como un animal herido, no sabe lo que duro, en forma decreciente ella siguió acariciándolo suavemente, cuando se normalizó, ella jugaba con los pelos de su pecho.

Flora se encargó de encender dos cigarrillos y de servir los medios vasos de whisky, fue al baño y al regresar trajo un pote de crema para la piel que dejó en la mesita. Ella estaba en silencio y Goyo recorría la historia, Grecia, Roma, los genios del renacimiento, mil casos, recordó los tratados sobre la conducta humana, todo concluyo en un buen sorbo y un delicado beso. Flora se quitó el slip, estaba semi excitada. Al cabo de media hora la suavidad y el susurro de la voz de Flora comenzaron a activar a Goyo, ella le tomó la mano insinuando que aceptaba su caricia en el sexo, estaba mojada, tenia un pene mas que mediano, él no fue egoísta y la acarició de verdad:-“Dejame besarte la espalda Goyo”.-:” Trátame bien”. La sentía reptar por su cuerpo, lo acariciaba con sus pechos tibios, percibía su miembro. Todo con una suavidad de espuma en un momento un dedo con crema penetraba suavemente su cuerpo, era una caricia que conocía y le gustaba. No fue dolor, solo cierta resistencia del organismo a la penetración. Fue breve percibió el final, Flora era apasionada. No era real, pero lo consoló y lo mimó por diez minutos, Goyo se sentía seducido y prolongaba la escena, ella suavemente lo fue reactivando y se le entregó de todas las maneras posibles. Finalizaron a las cuatro de la mañana a ambos le gustaba el mate. Hablaron con seriedad dos o tres horas mientras terminaban la botella de whisky, fumaban y tomaban mate. Goyo le dio un celular privado. Una de las últimas frases que dijo Goyo fue:” La capacidad de curiosidad y demanda del ser humano es infinita”. Acordaron que aquello continuaría en secreto. La dejó en el mismo lugar que subió, nevaba muy suavemente.

Elda y Goyo coincidieron en ese almuerzo en un clima de paz; en un servilletero había una carta de Claudio el hijo menor, se la enviara a su madre al hospital, desde que partiera, paso de un año de antropología a dos años en el seminario Jesuita y en los últimos dos períodos había terminado dos profesorados que le permitían vivir como docente. Pero la noticia de fondo era su homosexualidad y que estaba en pareja con un compañero de trabajo. Que por esa razón no había venido a visitarlos los últimos cuatro años, que para la Apertura de la Pesca de ese año les gustaría visitarlos. Goyo leyó la carta y palideció un tanto; inmediatamente se recompuso; yo también tengo ganas de verlo, decile que venga y que yo no me entere del otro asunto

Para la fiesta llegó Claudio y su pareja, se trataba de dos tipos completamente normales, atléticos y de cabello corto.
FIN

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