Historias de epitafios

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David Gómez Salas
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Historias de epitafios

Mensaje por David Gómez Salas » Dom Jul 25, 2010 4:28 am

Malaque y Elba. Sobrevivientes
Chetumal Bay Anthology

Autor Luis Miguel Aguilar

Primera parte

Mi esposo, un libanés, se fue a la guerra,
Peleó y mató, murió (se perdió) en ella
A cuenta de la gloria de Alemania.

Mientras yo vi a mis hijos morir de hambre
Durante el sitio que tendieron los ingleses
—A cuenta de su gloria— sobre el Líbano
Una zona estratégica —se dijo
En el comercio de armas y alimento.

Yo seguí en pie. Sufrí. Tengo estos restos:
A los cuarenta días del sitio mi pueblo era un infierno
Habitado por locos y por muertos; ratas y perros
Acechantes, medradores, comestibles a su vez.

Los hombres se lanzaban a matar contra los árboles,
Hambrientos entre el sol y el más reciente bombardeo
En mediodías de fiebre y destrucción.
No alcancé a distinguir lo que sentía
—Desquiciada yo misma y alerta, más que nada
A la suerte brutal de mis cuatro hijos
— Mientras veía a esas gentes, enormemente buenas
Y sufridas desde hacía tantos años, sufriendo enormemente.

Fui enterrando a mis hijos uno a uno,
Cubriéndolos con piedras y desechos,
Porque los perros desenterraban a los muertos
Para comérselos en ese infierno inverso.

Cuando enterré al segundo de mis hijos,
El mayor de ellos dijo: Qué le hiciste.
Yo vi cómo encerrabas a mi hermano
Para que no se salga. Lo encerraste.
Ya no se va a salir. Tú lo tapaste.
Y éste se me murió al día siguiente
Quedándome nomás Dalhar, de brazos
Y sostenido apenas por mi pecho
Desgarrado y famélico como él.

No sé dónde quedó. Se me perdió al perderme,
Desmayada, después de un bombardeo.
El sitio terminó. Llegó comida. Entonces
Busqué el mar. Con las vías destruidas, caminé
—Y a falta de transporte— unos 200
Kilómetros hasta él, llegando a] fin
A un campamento neutral de la Cruz Roja.

Ahí me conectaron con el único pariente que tenía:
Era un hermano cura, y por su parte
Había intentado encontrarme. Tomé un barco
Y me reuní con él en Nueva York.

De ahí me fui al Caribe: una amiga
Me recibió en su casa de La Habana.
Ella me presentó con Majachian, un comerciante
Que iba de paso rumbo a Chetumal.
Fue mi segundo esposo. Tenía dos hijos grandes
Que luego fueron míos. Conforme pasó el tiempo, Chetumal

Comentaba que yo me había aniñado,
Prefiriendo e] refugio de la idiocia
Para entenderme a solas con mi historia
Y anestesiar la piel del sufrimiento.
Tal vez tenían razón; y ese fue el modo
En que libré el comercio con mis restos.

No obstante, obtuve un don: en el sopor de las siestas
Tenía sueños. “visiones” que les dijo Majachian,
Que a veces eran infinitamente dulces,
O tan sabios que una vez me permitieron
Predecir la llegada de Janet —aunque
Ya no viví para mirarlo—, o saber, antes
Que todo Chetumal, cuál sería el número
Premiado e imposible de la rifa
Que se jugaba en ferias de otros tiempos.

Segunda parte

No debía estar aquí, ni entre estos muertos.
Morí de muerte natural, a los noventa,
Después de un paso firme, salpicado
Por los problemas de siempre, los de todos,
Y en el que no se dieron saltos bruscos:
Engendrar y parir, llevar un rancho,
Ir mediando el petróleo de las lámparas,
Saber los modos del carbón y la cocoa,
Cocinar y vivir, atarse a un hombre
De los que ya no hay en Chetumal.

Pero no debía estar entre estos huesos;
Mi historia debió unirse a otro lugar.
Si vinieras por aquí, si preguntaras;
Si pasando de largo, mejor dicho,
Continuaras el viaje a Bacalar,
Tendrías que entrar a la iglesia de ese pueblo
Y ver lo que hay impreso en sus paredes:
Debí morir en esta iglesia —San Joaquín—
A los diez años, la misma tarde atroz del Viernes Santo
En que los indios mayas, bajo el mando
De Chan Vicencio Pec, su jefe, entraron
A la iglesia a matar a los mestizos
Y los blancos, después de haber sitiado Bacalar
Una de tantas veces: perder, rendir,
Ganar de nuevo el fuerte, defendido
Hasta donde era posible, por soldados.

En San Joaquín, los mayas
Mataron sin piedad a los creyentes,
A rifle y a machete. Muchos quisieron
Escapar por las ventanas, y cayeron
Como arañas ineptas, tiroteados,
Resbalando por los muros y dejando
Sobre ellos el rastro de la sangre.
Esta sangre persiste en San Joaquín;
Si vienes por aquí, verás las huellas
De lo que el tiempo llamó “guerra de castas”.

Mi sangre debió estar junto a la sangre
Que quedó impresa en San Joaquín de Bacalar:
Cuando los mayas empezaron la matanza
Mi madre me escondió tras la madera
De un confesionario lateral; entre los gritos
De muerte, entre las balas y el pavor de los machetes
Cebándose en la carne, tratamos de escurrirnos
Sin ser vistas; pero no pudo ser: el indio maya
Que guardaba la puerta de la entrada
Nos vio y mató a mi madre; cuando caí sobre ella
Y le grité, o grité no sé a quién, sin tiempo al llanto.
El indio dijo en maya, y a señas, que corriera;
Como no reaccioné, empuñó el machete
Y me golpeó con el canto —lo vi luego
Apenas con la fuerza necesaria y calculada
Para no hacerme daño, y obligarme
A correr como pude rumbo al fuerte.

Esa sería mi historia; San Joaquín
Me salvó; Bacalar mató a mi madre, unió su historia
A la muerte que cuentan sus paredes.
Sería también el cuento de mi sangre; mis huesos
Habrían hablado al lado de otros huesos.
No soy de Chetumal ni de sus muertos.

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