EL REY DESNUDO

Discusiones sobre la literatura antigua o moderna, best sellers, libros favoritos, etc. También aquí se pueden publicar textos de autores reconocidos y comentarlos.

Moderador: alegsa

Responder
Avatar de Usuario
David Gómez Salas
Super colaborador
Super colaborador
Mensajes: 654
Registrado: Mar Jul 08, 2008 11:23 am

EL REY DESNUDO

Mensaje por David Gómez Salas » Sab May 15, 2010 3:21 am

Deseo compartir este bello cuento, mundialmente famoso.

El traje nuevo del emperador
Autor Hans Christian Andersen

Hace muchos años vivió un emperador al que le gustaban tanto los trajes nuevos que gastaba todas sus riquezas en ropa; su única ambición era la de estar siempre bien vestido. Sus soldados no le importaban, y el teatro no lo entretenía; de hecho, lo único en lo que pensaba era en salir a la calle para mostrar sus nuevos atuendos. Tenía un abrigo para cada una de las horas del día; y así como se suele decirse que “el rey está en el Consejo” de él se podía decir: “El emperador está en su vestuario”.

Vivía en una ciudad alegre a la que todos los días llegaban extranjeros procedentes de todo el mundo. Un día llegaron dos estafadores. Hicieron creer a todos que eran tejedores y aseguraron poder diseñar las telas más elegantes que se puedan imaginar. Dijeron que sus colores y diseños no sólo eran los más hermosos sino que los vestidos confeccionados con sus telas tenían la cualidad mágica de ser invisibles a los ojos de las personas no aptas para sus cargos o imperdonablemente estúpidas.

“Esa ropa debe ser maravillosa”, pensó el emperador. “Si usara uno de esos trajes podría descubrir cuales de mis hombres son ineptos, y podría distinguir a los inteligentes de los tontos.” Y entregó a los estafadores una importante suma de dinero por adelantado, para que se pusieran a trabajar sin demora. Los falsos tejedores montaron dos telares y simularon trabajar con esmero, pero en los telares no había nada. Pidieron que se les diera seda de la más fina e hilos de oro de la mejor calidad. Todo lo escondieron, y continuaron trabajando hasta largas horas de la noche en los telares vacíos.

“Me gustaría saber cómo les está yendo con la confección de mi nuevo traje”, pensó el Emperador. Pero se sintió inquieto al recordar que los hombres no aptos para sus cargos eran incapaces de verlo. En lo personal, pensaba que no tenía nada que temer. Sin embargo, consideró oportuno enviar a otra persona antes, para controlar el trabajo. Todos en el pueblo conocían la característica particular del producto, y todos estaban ansiosos por descubrir cuan incapaces o tontos eran sus vecinos.

“Enviaré a mi viejo y honesto ministro al taller”, pensó el emperador. “No hay quien pueda juzgar mejor el trabajo, puesto que es inteligente, y nadie conoce sus funciones mejor que él”.

El buen ministro entró a la habitación donde encontró a los estafadores sentados frente a los telares vacíos. “¡Que el cielo nos ampare!”, pensó, y abrió grandes los ojos. “No veo nada en absoluto.” Pero no lo dijo. Los estafadores le pidieron que se acercara y le preguntaron, señalando los telares vacíos, si no le parecían admirables el diseño y los colores. El pobre ministro hizo su mayor esfuerzo, pero no pudo ver nada, puesto que no había nada que ver. “Dios mío”, pensó, “¿Acaso seré un estúpido? Jamás lo hubiera creído, pero nadie puede enterarse. ¿Será posible que sea inepto para mi cargo? No, no. No puedo decir que no he visto la tela.”

—¿No tiene nada para decir? —dijo uno de los estafadores, mientas simulaba tejer.

—¡Oh! Es muy hermoso, demasiado hermoso —respondió el viejo ministro mirando a través de sus anteojos—. Qué bello diseño. ¡Y qué colores brillantes! Le diré al emperador que el traje me gusto mucho.

—Nos complace oír eso —dijeron los tejedores. Describieron los colores y explicaron los diseños exóticos. El viejo ministro escuchó con atención, para poder relatar al emperador lo que le habían dicho. Y así lo hizo.

Los estafadores pidieron más dinero, seda e hilos de oro para trabajar en sus telares. Todo la guardaron para ellos y no usaron ni una hebra para tejer. Pero continuaron, como hasta entonces, trabajando en los telares vacíos.

Poco después, el Emperador envió a otro funcionario honesto de la corte para controlar el trabajo de los tejedores y asegurarse de que estuvieran terminando. Al igual que el viejo ministro, miró y miró, pero no pudo ver nada, ya que no había nada para ver.

—¿No es una tela hermosa? —preguntaron los estafadores, señalando y explicando cada uno de los dibujos que no existían.

“No soy estúpido”, pensó el hombre. “Y no pienso renunciar a mi empleo por más que no esté capacitado. Esto es muy raro, pero no puedo dejar que nadie lo sepa”. Y admiró la tela que no veía, y expresó su alegría ante los bellos colores y los diseños delicados.

Dijo al emperador que el trabajo era excelente.

Tanto se hablaba en el pueblo del valor de esta tela que, finalmente, el emperador quiso verla él mismo, antes de que la sacaran del telar. Se presentó ante los estafadores acompañado de una comitiva, entre los que estaban los dos funcionarios que ya había enviado. Los tejedores trabajaban con el mayor de los esmeros, pero sin usar ni una sola hebra de hilo.

—¿No es acaso magnífica? —preguntaron los dos funcionarios que habían estado allí antes—. Con seguridad, Su Majestad admira el diseño y los colores—. Y señalaron los telares vacíos, pues imaginaban que los demás podían ver la tela.

“¿Qué significa esto?, pensó el Emperador. “No veo nada. ¡Es terrible! ¿Acaso soy estúpido? ¿Soy incapaz como emperador? Esa sería lo más terrible que podría ocurrirme”.

—Su tela —dijo volteándose hacia los tejedores— tiene nuestra más sincera aprobación. Y asintiendo satisfecho miró hacia el telar vacío, puesto que no estaba dispuesto a admitir que no veía nada. Quienes lo acompañaban miraron una y otra vez y, a pesar de que tampoco veían nada, declararon, al igual que el emperador, que la tela era hermosa. Y todos le recomendaron usar su magnífico traje nuevo en una gran procesión que habría en poco tiempo.

—¡Es magnífica, hermosa, excelente! —decían. Todos parecían maravillados y el emperador nombró a los dos estafadores “Tejedores Imperiales”.

La noche previa al día de la procesión, los estafadores consumieron más de dieciséis velas simulando trabajar. Todos creían que estaban abocados a terminar el nuevo traje del emperador. Simularon sacar la tela del telar, cortaron el aire con tijeras enormes y cosieron con agujas sin hilo.

—El nuevo traje del emperador ya está listo —anunciaron finalmente.

El emperador y sus barones se dirigieron a la sala, donde los estafadores mantenían sus brazos en alto, como si estuvieran sosteniendo algo en sus manos.

—¡Estos son los pantalones! ¡Esta es la chaqueta! ¡Y aquí está el manto! —y así con cada una de las prendas—. Son todas tan ligeras como una pluma. Va a sentir que no tiene nada puesto, pero ese es justamente el encanto de este traje.

—¡Sin duda! —respondieron todos los miembros de la corte, a pesar de no ver nada, puesto que no había nada para ver.

—¿Sería Su Majestad tan amable de desvestirse —preguntaron los estafadores— y permitir que lo ayudemos a probarse el nuevo traje frente a este gran espejo?

El Emperador se desvistió, y los estafadores simularon vestirlo, pieza por pieza. Se miró al espejo desde todos los ángulos.

—¡Se ve hermoso! ¡Qué bien le sienta! —dijeron todos—. ¡Qué hermosa tela! ¡Qué magníficos colores! ¡Es un traje realmente majestoso!

El maestro de ceremonias anunció que el palio que se usaría en la procesión, ya estaba listo.

—­­Yo también estoy listo —anunció el emperador—. ¿No me queda magnífico este traje? —y se miró una vez más al espejo de tal manera que todos habrían jurado que estaba admirado de su aspecto.

Los ayudas de cámara, que debían llevar la cola, acercaron las manos al suelo como si estuvieran levantándola, y simularon llevar algo en las manos. No querían que nadie se diera cuenta de que no veían nada.

El emperador avanzó con la procesión bajo el hermoso palio, y todos lo que lo vieron desde la calle y las ventanas gritaron admirados.

—¡El nuevo traje del emperador es realmente inigualable! ¡Qué larga es la cola! ¡Qué bien le queda! —nadie quería que el resto supiera que no veían nada, puesto que los habrían considerado inútiles o demasiado tontos. Nunca fue tan admirado un traje del emperador.

—¡Pero si está desnudo! —se burló un niño.

—¡Por Dios! Oigan las palabras de un niño inocente —dijo su padre, y uno susurró al oído de otro lo que aquel había dicho.

—¡El emperador está desnudo! —gritaron todos por fin.

Los gritos causaron una gran impresión al emperador, puesto que le parecía que tenían razón. Pero pensó: “Ahora tengo que aguantar hasta el final”. Y los ayudantes de cámara siguieron caminando con más arrogancia, llevando una cola que no existía.

Responder

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 3 invitados