EL PODER DE LA ORACIÓN

Religiones, espiritualidad, la vida después de la muerte, reencarnación, creencias, agnosticismo, filosofía, etc.
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Periespiritu
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EL PODER DE LA ORACIÓN

Mensaje por Periespiritu » Sab Abr 30, 2011 6:57 am

Y cuando oréis, no seréis como los hipócritas, que aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de
las plazas para ser vistos de los hombres: en verdad os digo recibieron su galardón. - Mas tú, cuando orares,
entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre en secreto, y tu Padre que ve en lo secreto, te
recompensará. - Y cuando orareis, no habléis mucho como los gentiles, pues piensan que por mucho hablar
serán oídos. - Pues no queráis asemejaros a ellos porque vuestro Padre sabe lo que habéis menester, antes
que se lo pidáis. (San Mateo, cap. VI, v. de 5 a 8).
2. Y cuando estuviéreis para orar, si tenéis alguna cosa contra alguno, perdonadle: para que vuestro Padre que
está en los cielos, os perdone también vuestros pecados. - Porque si vosotros no perdonárais, tampoco vuestro
Padre que está en los cielos os perdonará vuestros pecados. (San Marcos, capítulo XI, v. 25 y 26).
3. Y dijo también esta parábola a unos que fiaban en sí mismos, como si fuesen justos y despreciaban a los
otros. - Dos hombres subieron al templo a orar: el uno era fariseo y el otro publicano. - El fariseo, estando en
pie, oraba en su interior de esta manera: "Dios, gracias te doy porque no soy como los otros hombres,
robadores, injustos, adúlteros, así como este publicano. - Ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo
lo que poseo. -Mas el publicano, estando lejos, no osaba ni aún alzar los ojos al cielo; sino que hería su pecho,
diciendo: Dios, muéstrate propicio a mí, pecador. - Os digo que éste, y no aquél, descendió justiucado a su
casa: porque todo hombre que se ensalza, será humillado, y el que se humilla, será ensalzado. (San Lucas,
cap. XVIII, v. de 9 a 14).
4. Jesús definió las cualidades de la oración claramente, diciendo: Cuando roguéis, no os pongáis en
evidencia; rogad en secreto y no afectéis rogar mucho porque no será por la multitud de las palabras que seréis
oídos, sino por la sinceridad con que sean dichas; antes de orar, si tenéis alguna cosa contra alguien,
perdonádsela, porque la oración no podría ser agradable a Dios si no sale de un corazón purificado de todo
sentimiento contrario a la caridad; en fin, rogad con humildad, como el publicano, y no con orgullo, como el
fariseo: examinad vuestros defectos y no vuestras cualidades, y si os comparáis con otros, buscad lo que hay
de malo en vosotros. (Cap. X, números 7 y 8.)
Eficacia de la oración
5. Por tanto os digo, que todas las cosas que pidiéreis orando, creed que las recibiréis y os vendrán. (San
Marcos, capítulo XI, v. 24).
6. Hay gentes que niegan la eficacia de la oración fundándose en el principio de que, conociendo Dios nuestras
necesidades, es superfluo exponérselas. Aun añaden, que encadenándose todo el universo por leyes eternas,
nuestros votos no pueden cambiar los decretos de Dios.
Sin ninguna duda hay leyes naturales e inmutables que Dios no puede anular a capricho de cada uno; pero de
esto a creer que todas las circunstancias de la vida están sometidas a la fatalidad, es grande la distancia. Si así
fuese, el hombre sólo sería un instrumento pasivo, sin libre albedrío y sin iniciativa. En esta hipótesis no habría
más que doblar la cabeza al golpe de los acontecimientos, sin evitarlos, y por lo tanto, no se hubiera procurado
desviar el rayo. No ha dado Dios al hombre el juicio y la inteligencia para no servirse de ellos, ni la voluntad
para no querer, ni la actividad para estar en la inacción. Siendo libre el hombre para obrar en un sentido o en
otro, sus actos tienen para sí y para los otros consecuencias subordinadas a lo que hace o deja de hacer; hay
acontecimientos que por su iniciativa escapan forzosamente a la fatalidad sin que por esto se destruyan la
armonía de las leyes universales, como si se adelanta o retrasa la saeta de un reloj, tampoco se destruye la ley
del movimiento sobre la cual está establecido el mecanismo. Dios puede acceder a ciertas súplicas sin derogar
la inmutabilidad de las leyes que rigen el conjunto, quedando siempre su acción subordinada a su voluntad.
Seria ilógico deducir de esta máxima: "Todas las cosas que pidiéreis orando, creed que las recibiréis y os
vendrán", que basta pedir para obtener como sería injusto acusar a la Providencia si no accede a otro lo que se
le pide, puesto que sabe mejor que nosotros lo que nos conviene. Hace lo mismo que un padre prudente que
rehúsa a su hijo las cosas contrarias al interés de éste. Generalmente el hombre sólo ve el presente; mas si el
sufrimiento es útil para su futura felicidad, Dios le dejará que sufra, como el cirujano deja sufrir al enfermo en la
operación que debe conducirle a la curación.
Lo que Dios le concederá, si se dirige a El con confianza, es valor, paciencia y resignación. También le
concederá los medios para que él mismo salga del conflicto, con ayuda de las ideas que le sugiere por medio
de los buenos espíritus, dejándole de este modo todo el mérito; Dios asiste a los que se ayudan a si mismos,
según esta máxima: "Ayúdate y el cielo te ayudará", y no a aquellos que todo lo esperan de un socorro extraño,
sin hacer uso de sus propias facultades; pero casi siempre se preferiría el ser socorrido por un milagro sin que
nos costase ningún trabajo. (Capítulo XXV, números 1 y siguientes.)
Pongamos un ejemplo: Un hombre se ha perdido en el desierto y sufre una sed horrible; siéntese desfallecer
y se deja caer en el suelo; ruega a Dios que le asista, y espera; pero ningún ángel viene a traerle agua. Sin
embargo, un buen espíritu le ha "sugerido" el pensamiento de levantarse, seguir uno de los senderos que se
presentan ante él, y entonces por un movimiento maquinal, se reviste de ánimo, se levanta y marcha a la
ventura. Llega a una colina, descubre lejos un arroyuelo, y a esta vista, recobra ánimo. Si tiene fe, exclamará:
"Gracias, Dios mío, por el pensamiento que me habéis inspirado y por la fuerza que me habéis dado". Si no
tiene fe, dirá: "¡Qué buen pensamiento he tenido! ¡Qué suerte haber tomado el camino de la derecha más bien
que el de la izquierda! la casualidad, verdaderamente, nos sirve bien algunas veces. ¡Cuánto me felicito por mi
valor en no dejarme abatir!"
Pero dirán algunos: "¿por qué el buen espíritu no le dijo bien claro, sigue esta senda, y al extremo encontrarás
lo que te hace falta? ¿Por qué no se le ha manifestado, para guiarle y sostenerle en su abatimiento? De este
modo le hubiera convencido de la intervención de la Providencia". En primer lugar sucede así para enseñarle
que debe ayudarse a sí mismo y hacer uso de sus propias fuerzas, y luego, por tal incertidumbre, Dios pone a
prueba la confianza que en El se tiene, así como la sumisión a su voluntad.
Ese hombre estaba en la situación de un niño que cae, y si ve a alguno, grita y espera que le vayan a levantar;
si no ve a nadie, hace esfuerzos y se levanta solo.
Si el ángel que acompañó a Tobías le hubiese dicho: "Soy el enviado de Dios para guiarte en tu viaje y
preservarte de todo peligro", Tobías no hubiera tenido ningún mérito; confiando en su compañero, ni aun
hubiera tenido necesidad de pensar; por esto el ángel no se dio a conocer hasta el regreso.
Acción de la oración. Transmisión del pensamiento
La oración es una invocación; por ella nos ponemos con el pensamiento en relación con el ser a quien nos
dirigimos. Puede tener por objeto suplicar, dar gracias o glorificar. Se puede orar para sí mismo, para otro, para
los vivos y para los muertos. Las oraciones dirigidas a Dios son oídas por los espíritus encargados de la
ejecución de su voluntad, y las que se dirigen a los buenos espíritus son transmitidas a Dios. Cuando se ruega
a otros seres que a Dios, sólo es con el titulo de intermediarios, de intercesores, porque nada puede hacerse
sin la voluntad de Dios.
El Espiritismo hace comprender la acción de la oración, explicando el modo de transmitir el pensamiento,
ya sea que el ser a quien se ruega venga a nuestro llamamiento, o que nuestro pensamiento llegue a el. Para
formarse una idea de lo que sucede en esta circunstancia, es menester representar a todos los seres,
encarnados y desencarnados, sumergidos con un fluido universal que ocupa el espacio, como aquí lo estamos
en la atmósfera. Ese fluido recibe una impulsión de la voluntad; es el vehículo del pensamiento, como el aire lo
es del sonido, con la diferencia de que las vibraciones del aire están circunscritas, mientras que las del fluido
universal se extienden hasta el infinito. Luego, cuando el pensamiento se dirige hacia un ser cualquiera que
está en la tierra o en el espacio, del encarnado al desencarnado o del desencarnado al encarnado, se
establece una corriente fluidica entre los dos, la cual transmite el pensamiento como el aire transmite el sonido.
La energía de la corriente está en razón con la del pensamiento y de la voluntad.
Así es como la oración es oída por los espíritus en cualquier parte que se encuentren, como los espíritus se
comunican entre sí, como nos transmiten sus inspiraciones y como se establecen relaciones a distancia entre
los encarnados.
Esta explicación, es sobre todo, para aquellos que no comprenden la utilidad de la oración puramente mística;
no es con objeto de materializar la oración, sino con el fin de hacer comprensible su efecto, manifestando que
puede tener una acción directa y efectiva, sin que por esto deje de estar menos subordinada a la voluntad de
Dios, juez supremo de todas las cosas y el único que puede hacer eficaz su acción.
11. Por la oración el hombre llama el concurso de los buenos espíritus que vienen a sostenerle en sus buenas
resoluciones y a inspirarle buenos pensamientos, adquiriendo de este modo la fuerza moral necesaria para
vencer las dificultades y volver a entrar en el camino derecho si se ha desviado, así como también puede
desviar de sí los males que se atrae por sus propias faltas. Un hombre, por ejemplo, ve su salud deteriorada
por los excesos que ha cometido, arrastrando hasta el fin de sus días una vida de sufrimientos; ¿tiene acaso,
derecho a quejarse si no consigue la curación? No, porque en la oración hubiera podido encontrar la fuerza
necesaria para resistir las tentaciones.

Si los males de la vida se dividen en dos partes, una compuesta de aquellos que el hombre no puede evitar
y la otra de las tribulaciones cuya primera causa es él mismo por su incuria y sus excesos (capítulo V, número
4), se verá que ésta sobrepuja de mucho en número a la primera. Es, pues, evidente, que el hombre es el autor
de la mayor parte de sus aflicciones, y que se las ahorraría si obrase siempre con moderación y prudencia.
No es menos cierto que estas miserias son resultado de nuestras infracciones a las leyes de Dios, y que si las
observásemos puntualmente seríamos felices. Si no traspasáramos el límite de lo necesario en la satisfacción
de nuestras necesidades, no tendríamos las enfermedades que son consecuencia de los excesos y las
vicisitudes que conducen a ellos; si pusiéramos límite a nuestra ambición, no temeríamos la ruina; si no
quisiéramos subir más alto de lo que podemos, no temeríamos caer; si fuésemos humildes, no sufriríamos los
desengaños del orgullo rebajado; si practicáramos la ley de caridad, no maldeciríamos ni seríamos envidiosos,
ni celosos, y evitaríamos las querellas y las disensiones; si no hiciéramos mal a nadie, no temeríamos las
venganzas, etc., etc.
Admitamos que el hombre no pueda nada sobre los otros males y que todas las oraciones sean superfluas
para preservarse de ellos; ¿no sería ya bastante el que pudiera evitar todo lo que proviene de sus propios
hechos? Pues aquí la acción de la oración se concibe perfectamente, porque tiene por objeto solicitar la
inspiración saludable de los buenos espíritus, pidiéndoles fuerza para resistir a los malos pensamientos, cuya
ejecución puede sernos funesta. En este caso "no desvían el mal, sino que nos desvían a nosotros mismos del
pensamiento que puede causarlo; en nada embarazan los decretos de Dios ni suspenden el curso de las leyes
de la naturaleza; "sólo nos impiden infringir estas leyes dirigiendo nuestro libre albedrío"; pero lo hacen sin
saberlo nosotros y de una manera oculta, para no encadenar nuestra voluntad. El hombre se encuentra
entonces en la posición de aquél que solicita buenos consejos y los pone en práctica, pero siempre es libre de
seguirlos o dejarlos de seguir; Dios quiere que así suceda para que tenga la responsabilidad de sus actos
dejándole el mérito de la elección entre el bien y el mal.
Esto es lo que el hombre siempre está seguro de obtener si lo pide con fervor, y a lo que sobre todo pueden
aplicarse estas palabras: "Pedid y se os dará".
La eficacia de la oración, aun reducida a esta proporción, ¿no tendría, acaso, un resultado inmenso? Estaba
reservado al Espiritismo el probarnos su acción por la revelación de las relaciones que existen entre el mundo
invisible y el mundo visible. Pero no se limitan únicamente a éstos sus efectos.
La oración está recomendada por todos los espíritus; renunciar a la oración es desconocer la bondad de Dios;
es renunciar para sí mismo a su asistencia y para los otros al bien que puede hacérseles.
Dios, accediendo a la súplica que se le dirige, tiene la mira de recompensar la intención, la sinceridad y la
fe del que ruega; por este motivo la oración del hombre de bien tiene más mérito a los hijos de Dios y siempre
más eficacia que la del hombre vicioso y malo, porque éste no puede rogar con el fervor y la confianza que sólo
se adquiere por el sentimiento de la verdadera piedad. Del corazón del egoísta, de aquél que ruega sólo con la
articulación de la palabra, no pueden salir los impulsos de caridad que dan a la oración todo su poder. De tal
modo así se comprende, que, por un movimiento instintivo, nos recomendamos con preferencia a las oraciones
de aquellos cuya conducta se cree ser agradable a Dios, porque son más escuchados.
Si la oración ejerce una especie de acción magnética, podría creerse que su efecto está subordinado al
poder fluidico; pero no sucede así: puesto que los espíritus ejercen esta acción sobre los hombres, suplen
cuando es necesario la insuficiencia del que ora, ya obrando directamente "en su nombre", ya dándole
momentáneamente una fuerza excepcional, cuando se le juzga digno de este favor o cuando la cosa puede ser
útil.
El hombre que no se cree bastante bueno para ejercer una influencia saludable, no por esto debe abstenerse
de rogar por otro, con el pensamiento de que no es digno de ser escuchado. La conciencia de su inferioridad es
una prueba de humildad siempre agradable a Dios, que toma en cuenta la intención caritativa que le anima su
fervor y su confianza en Dios, son el primer paso de la vuelta al bien, y los buenos espíritus se felicitan de
poderle alentar. La oración que no se escucha es la del "orgulloso que sólo tiene fe en su poder y en sus
méritos, creyendo poder substituirse a la voluntad del Eterno".
El poder de la "oración" está en el pensamiento; no se concreta a las palabras, ni al lugar, ni al momento
que se hace. Se puede, pues, rogar en todas partes y a todas horas, estando solo o acompañado. La influencia
del lugar o del tiempo está en relación de las circunstancias que pueden favorecer el recogimiento. "La oración
en común tiene una acción más poderosa cuando todos aquellos que oran se asocian de corazón a un mismo
pensamiento y tienen un mismo objeto", porque es como si muchos levantasen la voz juntos y unísonos; pero
¡qué importaría estar unidos en gran número, si cada uno obrase aisladamente y por su propia cuenta
personal! Cien personas reunidas pueden orar como egoístas, mientras que dos o tres, unidas en una común
aspiración, rogarán como verdaderos hermanos en Dios, y su oración tendrá más poder que la de los otros

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Mensaje por Tit08 » Sab Abr 30, 2011 8:50 am

Es que Jesùs invita a sus seguidores a que oren para sì y que no eleven plegarias en vano que rezumben en los oìdos de los demàs. Me parece ademàs una forma genuina para acercarse al Dios interior, velar y consultar con èl a solas. Yo lo entiendo como una forma de meditaciòn real, y no una ficticia pensando en un ser barbudo postrado en una silla de oro y con miles de àngeles a su alrededor sonando las trompetas del juicio.

Gran post Perisespìritu. Saludos.
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Mensaje por Periespiritu » Dom May 01, 2011 1:16 pm

Tit08 escribió:Es que Jesùs invita a sus seguidores a que oren para sì y que no eleven plegarias en vano que rezumben en los oìdos de los demàs. Me parece ademàs una forma genuina para acercarse al Dios interior, velar y consultar con èl a solas. Yo lo entiendo como una forma de meditaciòn real, y no una ficticia pensando en un ser barbudo postrado en una silla de oro y con miles de àngeles a su alrededor sonando las trompetas del juicio.

Gran post Perisespìritu. Saludos.

Hola Tit08: Jesús, enseñaba a elevar el pensamiento hacia El Creador por amor y con las obras, por eso hablaba así, amigo las iglesias han cambiado contenido pero las personas que de verdad razonan la moral cristiana se dan cuenta de esto.


Un Saludo:

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Mensaje por Periespiritu » Lun May 02, 2011 4:56 am

Oraciones inteligibles
Pues si yo no entendiere el valor de la voz, seré bárbaro para aquél a quien hablo: y el que habla, lo será
para mí. "Porque si orare en una lengua que no entienda, mi espíritu ora, mas mi mente queda sin fruto". - Mas
si alabares a Dios con el espíritu, el que ocupa lugar del simple pueblo, ¿cómo dirán "Amén"

sobre tu bendición, "puesto que no entiende lo que tú dices?" - Verdad es que tú das bien las gracias, "mas el
otro no es edificado". (San Pablo, Epístola 1ª a los Corint., capítulo XIV, v. 11, 14, 16 y 17).
La oración sólo tiene valor por el pensamiento que se une a ella, y es imposible unir el pensamiento a lo
que no se comprende, por qué lo que no se comprende no puede conmover al corazón. Para la inmensa
mayoría, las oraciones en un lenguaje incomprensible sólo son un conjunto de palabras que nada dicen al
espíritu. Para que la oración conmueva, es preciso que cada palabra despierte una idea, y si no se comprende
no puede despertar ninguna. Se repite como una simple fórmula, suponiéndole más o menos virtud según el
número de veces que se repite; muchos oran por el deber y otros por conformarse con los usos; por esto creen
haber cumplido su deber cuando han dicho una oración número de veces determinado, siguiendo tal o cual
orden. Dios lee en el fondo del corazón y ve el pensamiento y la sinceridad; sería rebajarle creerle más
sensible a la forma que al fondo. (Cap. XXVIII, número 2).
De la oración por los muertos y por los espíritus que sufren
La oración es solicitada por los espíritus que sufren; les es útil, porque viendo que uno se acuerda de ellos,
se sienten menos abandonados y son menos desgraciados. Pero la oración tiene sobre ellos una acción más
directa; aumenta su ánimo, les excita el deseo de elevarse por el arrepentimiento y la reparación y puede
desviarles del pensamiento del mal; en este sentido es como puede aligerarse y aun abreviarse sus
sufrimientos. (Véase Cielo e Infierno, 2da. parte: Ejemplos).
Ciertas personas no admiten la oración por los muertos, porque en su creencia sólo hay para el alma dos
alternativas: ser salvada o condenada a las penas eternas, y en uno y otro caso la oración sería inútil. Sin
discutir el valor de esta creencia, admitamos por un instante la realidad de las penas eternas e irremisibles, y
que nuestras oraciones sean impotentes para ponerlas un término. Nosotros preguntamos si, en esta hipótesis,
es lógico, caritativo y cristiano desechar la oración por los réprobos. Estas oraciones, por impotentes que sean
para salvarle, ¿no son para ellos una señal de piedad que puede aliviar sus sufrimientos?; en la Tierra, cuando
un hombre está condenado para siempre, aun cuando no tenga ninguna esperanza de obtener gracia, ¿se
prohíbe a una persona caritativa que vaya a sostener sus cadenas para aligerarle de su peso? Cuando alguno
es atacado por un mal incurable, porque no ofrece ninguna esperanza de curación, ¿ha de abandonársele sin
ningún consuelo? Pensad que entre los réprobos puede encontrarse una persona a quien habéis amado, un
amigo, quizá un padre, una madre o un hijo, y porque, según vosotros, no podría esperar gracia, ¿rehusaríais
darle un vaso de agua para calmar su sed, un bálsamo para curar sus llagas? ¿No haréis por él lo que haríais
por un presidiario? No; esto no sería cristiano. Una creencia que seca el corazón no puede aliarse con la de un
Dios que coloca en el primer lugar de los deberes el amor al prójimo.
La no eternidad de las penas no implica la negación de una penalidad temporal, porque Dios, en su justicia, no
puede confundir el bien con el mal; así, pues, negar en este caso la eficacia de la oración, sería negar la
eficacia del consuelo, de la reanimación y de los buenos consejos; seria negar la fuerza que logramos de la
asistencia moral de los que nos quieren bien.
Otros se fundan en una razón más espaciosa, en la inmutabilidad de los decretos divinos, y dicen: Dios no
puede cambiar sus decisiones por la demanda de sus criaturas pues sin esto nada habría estable en el mundo.
El hombre, pues, nada tiene que pedir a Dios; sólo tiene que someterse y adorarle.
En esta idea hay una falsa aplicación de la inmutabilidad de la ley divina, o más bien ignorancia de la ley en lo
que concierne a la penalidad futura. Esta ley la han revelado los espíritus del Señor, hoy que el hombre está en
disposición de comprender lo que tocante a la fe es conforme o contrario a los atributos divinos.
Según el dogma de la eternidad absoluta de las penas, no se le toman en cuenta al culpable ni sus pesares, ni
su arrepentimiento; para él todo deseo de mejorarse es superfluo, puesto que está condenado al mal
perpetuamente. Si está condenado por un tiempo de-terminado, la pena cesará cuando el tiempo haya
expirado; pero ¿quién dice que, a ejemplo de muchos de los condenados de la tierra, a su salida de la cárcel
no será tan malo como antes? En el primer caso, sería tener en el dolor del castigo a un hombre que se
volviera bueno; en el segundo, agraciar al que continuase culpable. La ley de Dios es más previsora que esto;
siempre justa, equitativa y misericordiosa, no fija duración en la pena, cualquiera que sea; se resume de este
modo:
"El hombre sufre siempre la consecuencia de sus faltas; no hay una sola infracción a la ley de Dios que no
tenga su castigo.
"La severidad del castigo es proporcionada a la gravedad de la falta.
"La duración del castigo por cualquier falta que sea, es indeterminada; está subordinada al arrepentimiento del
culpable y a su vuelta al bien"; la pena dura tanto como la obstinación en el mal; sería perpetua si la
obstinación fuera perpetua; es de corta duración si el arrepentimiento es pronto.
"Desde el momento en que el culpable pide misericordia, Dios lo oye y le envía la esperanza. Pero el simple
remordimiento de haber hecho mal no basta; falta la reparación; por esto el culpable está sometido a nuevas
pruebas, en las cuales puede, siempre por su voluntad, hacer el bien y reparar el mal que ha hecho.
"El hombre, de este modo, es constantemente árbitro de su propia suerte; puede abreviar su suplicio o
prolongarlo indefinidamente; su felicidad o su desgracia dependen de su voluntad en hacer bien".
Tal es la ley; ley "inmutable" y conforme a la bondad y a la justicia de Dios.

El espíritu culpable y desgraciado puede, de este modo, salvarse a sí mismo; la ley de Dios le dice con qué
condición puede hacerlo. Lo que más a menudo le falta es voluntad, fuerza y valor; si con nuestras oraciones le
inspiramos, si le sostenemos y le animamos, y si con nuestros consejos le damos las luces que le faltan, "en
lugar de solicitar a Dios que derogue su ley, venimos a ser los instrumentos para la ejecución de su ley de amor
y de caridad", de la cual participamos nosotros mismos, dando una prueba de caridad. (Véase Cielo e Infierno,
lª parte, Cap. IV, VII y VIII).
INSTRUCCIONES DE LOS ESPÍRITUS
Modo de orar
El primer deber de toda criatura humana, el, primer acto que debe señalar para ella la vuelta a la vida activa
de cada día, es la oración. Casi todos vosotros rezáis, pero ¡cuán pocos saben orar! ¡Qué importan al Señor las
frases que juntáis maquinalmente, porque tenéis esta costumbre, que es un deber que llenáis y que, como todo
deber, os molesta!
La oración del cristiano, del espiritista, de cualquier culto que sea, debe ser hecha desde que el espíritu ha
vuelto a tomar el yugo de la carne; debe elevarse a los pies de la majestad divina, con humildad, con
profundidad, alentada por el reconocimiento de todos los bienes recibidos hasta el día, y por la noche que se
ha pasado, durante la cual os ha sido permitido, aunque sin saberlo vosotros, volver al lado de vuestros
amigos, de vuestros guías, para que con su contacto os den más fuerza y perseverancia. Debe elevarse
humilde a los pies del Señor, para recomendarle vuestra debilidad, pedirle su apoyo, su indulgencia y su
misericordia. Debe ser profunda, porque vuestra alma es la que debe elevarse hacia el Criador, la que debe
transfigurarse como Jesús en el monte Tabor, y volverse blanca y radiante de esperanza y de amor.
Vuestra oración debe encerrar la súplica de las gracias que os sean necesarias, pero de una necesidad real.
Es, pues, inútil pedir al Señor que abrevie vuestras pruebas y que os dé los goces y las riquezas; pedirle que
os conceda los bienes más preciosos de la paciencia, de la resignación y de la fe. No digáis lo que muchos de
entre vosotros: "No vale la pena de orar, porque Dios no me escucha". La mayor parte del tiempo ¿qué es lo
que pedís a Dios? ¿Habéis pensado muchas veces en pedirle vuestro mejoramiento moral? ¡Oh! no, muy
pocas; más bien pensáis en pedirle el buen éxito de vuestras empresas terrestres, y habéis exclamado: "Dios
no se ocupa de nosotros; si se ocupara no habría tantas injusticias". ¡Insensatos! ¡Ingratos! Si descendiéseis al
fondo de vuestra conciencia, casi siempre encontraríais en vosotros mismos el origen de los males de que os
quejáis; pedid, pues, ante todo, vuestro mejoramiento y veréis qué torrente de gracias y consuelos se esparcirá
entre vosotros. (Capítulo V, número 4).
Debéis rogar sin cesar, sin que por esto os retiréis a vuestro oratorio o que os pongáis de rodillas en las plazas
públicas. La oración del día es el cumplimiento de vuestros deberes sin excepción, cualquiera que sea su
naturaleza. ¿No es un acto de amor hacia el Señor el que asistáis a vuestros hermanos en cualquier necesidad
moral o física? ¿No es hacer un acto de reconocimiento elevar vuestra alma hacía El cuando sois felices,
cuando se evita un percance, cuando una contrariedad pasa rozando con vosotros, si decís con el
pensamiento: "¡Bendito seais, Padre mío!". ¿No es un acto de contrición el humillaros ante el Juez Supremo
cuando sentís que habéis fallado, aunque sólo sea de pensamiento, al decirle: "¡Perdonadme, Dios mío, porque
he pecado (por orgullo, por egoísmo o por falta de caridad); dadme fuerza para que no falte más y el valor
necesario para reparar la falta!".
Esto es independiente de las oraciones regulares de la mañana y de la noche, y de los días que a ella
consagréis; pero, como veis, la oración puede hacerse siempre sin interrumpir en lo más mínimo vuestros
trabajos; decid, por el contrario, que los santifica.
Y creed bien que uno solo de estos pensamientos, saliendo del corazón, es más escuchado de vuestro padre
celestial que largas oraciones dichas por costumbre, a menudo sin causa determinada, y "a las cuales conduce
maquinalmente la hora convenida". (V. Monod. Burdeos, 1868).
Felicidad de la oración
Venid los que queréis creer: los espíritus celestes corren y vienen a deciros cosas grandes; Dios, hijos
míos, abre su ancho pecho para daros sus bienes. ¡Hombres incrédulos! ¡Si supiéseis de qué modo la fe hace
bien al corazón y conduce el alma al arrepentimiento, a la oración! La oración, ¡ah! ¡cuán tiernas son las
palabras que salen de la boca en el momento de orar! La oración es el rocío divino que destruye, el excesivo
calor de las pasiones; hija primogénita de la fe, nos lleva al sendero que conduce a Dios. En el recogimiento y
la soledad, estáis con Dios; para vosotros no hay ya misterio, él se os descubre. Apóstoles del pensamiento,
para vosotros es la vida; vuestra alma se desprende de la materia y recorre esos mundos infinitos y etéreos
que los pobres humanos desconocen.
Marchad, marchad por el sendero de la oración, y oiréis las voces de los ángeles.
¡Qué armonía! Estas no son el murmullo confuso de los acentos chillones de la tierra; son las liras de los
arcángeles; son las voces dulces y suaves de los serafines, más ligeras que las brisas de la mañana, cuando
juguetean en el follaje de vuestros grandes bosques.

¡Entre cuántas delicias no marcharéis! ¡Vuestra lengua no podrá definir esta felicidad; cuánto más entre por
todos los poros, tanto más vivo y refrescante es el manantial de donde se bebe! ¡Dulces voces, embriagadores
perfumes que el alma siente y saborea, cuando se lanza a esas esferas desconocidas y habitadas por la
oración! Sin mezcla de carnales deseos, todas las inspiraciones son divinas. También vosotros orad, como
Cristo, llevando su cruz desde el Gólgota al Calvario; llevad vuestra cruz, y sentiréis las dulces emociones que
pasaban por su alma, aunque cargada con un leño infamante; iba a morir, pero para vivir de la vida celeste en
la morada de su padre. (S. Agustín. París, 1861).

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Mensaje por Periespiritu » Mar May 03, 2011 5:33 am

Colección de oraciones espiritistas
PREAMBULO
1. Los espíritus han dicho siempre: "La forma no es nada; el pensamiento lo es todo". Rogad cada uno según
vuestras convicciones y del modo que más os conmueva, pues un buen pensamiento vale más que numerosas
palabras; sin ellas ninguna parte toma el corazón.
Los espíritus no prescriben ninguna fórmula absoluta de oraciones; cuando las dan es con el fin de fijar las
ideas, y, sobre todo, para llamar la atención sobre ciertos principios de la doctrina espiritista. También lo han
hecho para ayudar a las personas que se ven con dificultad para transmitir las ideas, porque las hay que no
creerían haber rezado en realidad si sus pensamientos no hubiesen sido formulados.
La colección de oraciones continuadas en este capítulo es una elección entre las que han sido dictadas por los
espíritus en diferentes circunstancias; hubieran podido dictar otras, y en otros términos apropiadas a ciertas
ideas o a ciertos casos especiales; pero poco importa la forma si el pensamiento fundamental es el mismo. El
objeto de la oración es elevar nuestra alma a Dios; la diversidad de las fórmulas no debe establecer ninguna
diferencia entre los que creen en El, y aun menos entre los adeptos del Espiritismo, porque Dios las acepta
todas cuando son sinceras.
No debe considerarse esta colección como un formulario absoluto, sino como una variedad entre las
instrucciones que dan los espíritus. Es una aplicación de los principios de la moral evangélica, desarrollados en
este "libro", y un complemento a sus dictados sobre los deberes para con Dios y al prójimo, en donde se
recuerdan todos los principios de la doctrina.
El Espiritismo reconoce como buenas las oraciones de todos los cultos, cuando se dicen con el corazón y no
con la boca; no impone ni vitupera ninguna; Dios es demasiado grande, según el, para rechazar la voz que le
implora o que canta sus alabanzas, porque lo hace de un modo antes que de otro. "El que anatematizase las
oraciones que no están en este formulario, probaría que desconoce la grandeza de Dios". Creer que Dios
escucha sólo una fórmula, es atribuirle la pequeñez y las pasiones de la humanidad.
La condición esencial de la oración, según San Pablo (cap. XXVII, número 16), es que sea inteligible, a fin de
que pueda hablar a nuestro espíritu; para conseguirlo no basta que se diga en un lenguaje que lo comprenda el
que ruega, pues. hay oraciones en lenguaje vulgar que no dicen mucho más al pensamiento que si estuviesen
en lengua extraña, y por lo mismo no se dirigen al corazón; las raras ideas que encierran son, con frecuencia,
sofocadas por la superabundancia de palabras y por el misticismo del lenguaje.
La principal cualidad de la oración es el ser clara, sencilla y concisa, sin frases inútiles, ni lujo de epítetos
pomposos; cada palabra debe tener su objeto, despertar una idea, conmover una fibra, en una palabra, "debe
hacer reflexionar"; con esta sola condición la oración puede alcanzar su objeto; no siendo así, "sólo es un
murmullo".
Ved con qué aire de distracción y con qué volubilidad se dicen la mayor parte de las veces; se ven mover los
labios, pero en la expresión de la fisonomía y aun en el metal de la voz, se reconoce un acto maquinal,
puramente exterior, indiferente para el alma.
Las oraciones reunidas en esta colección se han dividido en cinco categorías: 1ª Oraciones generales; 2ª
Oraciones para sí mismo; 3ª Oraciones por los vivos; 4ª Oraciones por los muertos; 5ª Oraciones especiales
por los enfermos y obsesados.
Con el objeto de llamar más particularmente la atención sobre el objeto de cada oración y hacer comprender
mejor la idea, van precedidas de una instrucción preliminar, especie de exposición de los motivos, con el titulo
de "Prefacio".
1. - ORACIONES GENERALES
Oración dominical
2. Prefacio. Los espíritus nos han recomendado que colocáramos la "oración dominical" al principio de esta
colección, no sólo como oración, sino como símbolo de todas las oraciones, es la que colocan en primer lugar,
sea porque viene del mismo Jesús (San Mateo, cap. VI, v. de 9 a 13), sea porque pueda suplirlas a todas,
según el pensamiento que se une a ellas. Es el más perfecto modelo de concisión, verdadera obra maestra de
sublimidad es su sencillez.

En efecto, a pesar de su brevedad, resume todos los deberes del hombre para con Dios, para consigo mismo y
para con el prójimo: encierra una profesión de fe, un acto de adoración y de sumisión, la petición de las cosas
necesarias a la vida, y el principio de caridad.
Decirla a la intención de alguno, es pedir para él lo que pediríamos para nosotros mismos.
Sin embargo, en razón mismo de su brevedad, el sentido profundo encerrado en algunas palabras de las que
se compone, pasa desapercibido para la mayor parte; generalmente se dice sin dirigir el pensamiento sobre las
aplicaciones de cada una de sus partes; se dice como una fórmula cuya eficacia es proporcionada al número
de veces que se repite; así es que casi siempre es el número cabalístico de "tres, siete, o nueve", sacados de
la antigua creencia supersticiosa que atribuía una virtud a los números, y que se usaba en las operaciones de
la magia.
Para suplir el vacío que la concisión de esta oración deja en el pensamiento, según el consejo y con la
asistencia de los buenos espíritus, se ha añadido a cada proposición un comentario que desarrolla su sentido y
enseña sus aplicaciones. Según las circunstancias y el tiempo disponible, se puede decir la oración dominical
"sencillamente o comentariada".
Oración. - I. "¡Padre nuestro que estás en los cielos santificado sea el tu nombre!".
Creemos en vos, Señor, porque todo revela vuestro poder y vuestra bondad. La armonía del Universo atestigua
una sabiduría, una prudencia y una previsión tales, que sobrepujan a todas las facultades humanas, el nombre
de un ser soberanamente grande y sabio está inscripto en todas las obras de la creación, desde la hebra de la
más pequeña planta y desde el más pequeño insecto, hasta los astros que se mueven en el espacio; en todas
partes vemos la prueba de una solicitud paternal, por eso es ciego el que no os reconoce en vuestras obras,
orgulloso el que no os glorifica, e ingrato el que no os da las gracias.
II. "¡Venga a nos el tu reino!"
Señor, habéis dado a los hombres leyes llenas de sabiduría, que producirían su felicidad si las observasen; con
esas leyes harían reinar entre ellos la paz y la justicia, se ayudarían mutuamente en vez de perjudicarse como
lo hacen, el fuerte sostendría al débil y no lo abatiría, evitando los males que engendran los abusos y los
excesos de todas clases. Todas las miserias de la tierra tienen su origen en la violación de vuestras leyes,
porque no hay una sola infracción que no tenga fatales consecuencias.
Habéis dado al bruto el instinto que le traza el límite de lo necesario, y maquinalmente se conforma a él; pero al
hombre además de su instinto, le habéis dado la inteligencia y la razón; le habéis dado también la libertad de
observar o de infringir aquellas de vuestras leyes que le conciernen personalmente, esto es, de elegir entre el
bien y el mal, a fin de que tenga el mérito y la responsabilidad de sus acciones.
Nadie puede alegar que ignora vuestras leyes, porque en vuestro cariño habéis querido que estuviesen
grabadas en la conciencia de cada uno, sin distinción de cultos ni de naciones; los que las violan es porque os
desconocen.
Vendrá un día, según vuestra promesa, en que todos las practicarán; entonces la incredulidad habrá
desaparecido; todos os reconocerán como el Soberano Señor de todas las cosas, y el reino de vuestras leyes
será vuestro reino en la Tierra.
Dignáos, Señor, activar su advenimiento dando a los hombres la luz necesaria para que se conduzcan por el
camino de la verdad.
III. "¡Hágase tu voluntad así en la Tierra como en el Cielo!".
Si la sumisión es un deber del hijo para con su padre y del inferior para con su superior ¡cuánto más grande
debe ser la de la criatura para con su Criador! Hacer vuestra voluntad, Señor, es observar vuestras leyes y
someterse sin murmurar a vuestros divinos decretos; el hombre se someterá a ellos, cuando comprenda que
sois origen de toda sabiduría, y que sin vos nada puede; entonces realizará vuestra voluntad en la Tierra, como
los elegidos en el Cielo.
IV. "El pan nuestro de cada día, dádnosle hoy".
Dadnos el alimento para conservar las fuerzas del cuerpo; dadnos también el alimento espiritual para el
desarrollo de nuestro espíritu.
El bruto encuentra su alimento; pero el hombre lo debe a su propia actividad y a los recursos de su inteligencia
porque vos le habéis creado libre.
Vos le habéis dicho: "Extraerás tu alimento de la tierra con el sudor de tu frente"; por eso habéis hecho una
obligación del trabajo a fin de que ejercitara su inteligencia buscando los medios de proveer a su necesidad y a
su bienestar; los unos por el trabajo material, y los otros por el trabajo intelectual; sin trabajo quedaría
estacionado y no podría aspirar a la felicidad de los espíritus superiores.
Vos secundáis al hombre de buena voluntad que confía en vos para lo necesario, pero no al hombre que se
complace en la ociosidad, que todo quisiera obtenerlo sin pena, ni al que busca lo superfluo. (Cap. XXV).
¡Cuántos hay que sucumben por su propia falta, por su injuria, por su imprevisión o por su ambición, y por no
haber querido contentarse con lo que les habéis dado! Esos son los artífices de su propio infortunio, y no tienen
derecho de quejarse, porque son castigados por donde han pecado. Pero ni aún a esos abandonáis porque
sois infinitamente misericordioso, sino que les tendéis una mano caritativa desde el momento en que, como el
hijo pródigo, vuelve sinceramente a vos. (Cap. V, núm. 4).
Antes de quejamos de nuestra suerte, preguntémonos si es producto de nuestras propias acciones: a cada
desgracia que nos sucede, preguntémonos si hubiese dependido de nosotros el evitarla: pero digamos también
que Dios nos ha dado la inteligencia para salir del atolladero, y que de nosotros depende el hacer uso de ella.
Puesto que la ley del trabajo es la condición del hombre en la tierra, dadnos ánimo y fuerza para cumplirla;
dadnos también prudencia, previsión y moderación, con el fin de no perder el fruto de este trabajo.
Dadnos, pues, Señor, nuestro pan de cada día, es decir, los medios de adquirir con el trabajo las cosas
necesarias a la vida, porque nadie tiene derecho de reclamar lo superfluo.
Si nos es imposible trabajar, confiamos en vuestra Divina Providencia.
Si entra en vuestros designios el probarnos por las más duras privaciones, a pesar de nuestros esfuerzos, las
aceptamos como justa expiación de las faltas que hayamos podido cometer en esta vida o en una vida
precedente, porque vos sois justo; sabemos que no hay penas inmerecidas, y que jamás castigáis sin causa.
Preservadnos, Dios mío, de concebir la envidia contra los que poseen lo que nosotros no tenemos, ni contra
aquellos que tienen lo superfluo cuando a nosotros nos hace falta lo necesario. Perdonadles si olvidan la ley de
caridad y de amor al prójimo que les habéis enseñado. (Cap. XVI, núm. 8).
Separad también de nuestro espíritu el pensamiento de negar vuestra justicia, viendo prosperar al malo, y al
hombre de bien sumergido algunas veces en la desgracia.
Gracias a las nuevas luces que habéis tenido a bien darnos, sabemos ahora que vuestra justicia se cumple
siempre y no hace falta a nadie; que la prosperidad material del malo es efímera, como su existencia corporal,
y que sufrirá terribles contratiempos, mientras que la alegría reservada al que sufre con resignación será
eterna. (Cap. V, núms. 7, 9, 12 y 18).
V. "Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. - Perdónanos nuestras
ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido".
Cada una de nuestras infracciones a vuestras leyes, Señor, es una ofensa hacia vos, y una deuda contraída
que tarde o temprano tendrá que pagarse. Solicitamos la remisión de ellas de vuestra infinita misericordia, y os
prometemos hacer los debidos esfuerzos para no contraer nuevas deudas.
Vos habéis hecho una ley expresa de la caridad; pero la caridad no consiste sólo en asistir a su semejante en
la necesidad: consiste también en el olvido y en el perdón de las ofensas. ¿Con qué derecho reclamaríamos
vuestra indulgencia, si nosotros mismos faltásemos a ella con respecto a aquellos contra quienes tenemos
motivos de quejas?
¡Dadnos! ¡Dios mío! la fuerza para ahogar en nuestra alma todo sentimiento, todo odio y rencor; "haced que la
muerte no nos sorprenda con un deseo de venganza en el corazón". Si hoy mismo os place el quitarnos la vida,
haced que podamos presentarnos a vos puros de toda animosidad, a ejemplo de Cristo, cuyas últimas palabras
fueron de clemencia para sus verdugos. (Cap. X).
Las persecuciones que nos hacen sufrir los malos, son parte de nuestras pruebas y debemos aceptarlas sin
murmurar, como todas las otras pruebas, y no maldecir a aquellos que con sus maldades nos facilitan la senda
de la felicidad eterna, pues vos nos habéis dicho por boca de Jesús: "¡Felices los que sufren por la justicia!".
Bendigamos, pues, la mano que nos hiere y nos humilla, porque las heridas del cuerpo nos fortifican nuestra
alma y seremos levantados de nuestra humildad. (Cap. XII, núm. 4).
Bendito sea vuestro nombre, Señor, por habernos enseñado que nuestra suerte no está irrevocablemente
fijada después de la muerte, y que encontraremos en otras existencias los medios de rescatar y de reparar
nuestras faltas pasadas, cumpliendo en una nueva lo que no podemos hacer en ésta para nuestro
adelantamiento. (Cap. IV y V, núm. 5).
Con esto se explican, en fin, todas las anomalías aparentes de la vida, pues es la luz derramada sobre nuestro
pasado y nuestro porvenir, la señal resplandeciente de vuestra soberana justicia y de vuestra bondad infinita.
VI. "No nos dejes caer en la tentación, más líbranos de todo mal'' 9
Dadnos, Señor, fuerza para resistir a las sugestiones de los malos espíritus que intentasen desviarnos del
camino del bien, inspirándonos malos pensamientos.
Pero nosotros mismos somos espíritus imperfectos encarnados en la tierra para expiar y mejorarnos. La causa
primera del mal reside en nosotros, y los malos espíritus no hacen más que aprovecharse de nuestras
inclinaciones viciosas, en las cuales nos mantienen para tentarnos.
Cada imperfección es una puerta abierta a su influencia, mientras que son impotentes y renuncian a toda
tentativa contra los seres perfectos. Todo lo que nosotros podamos hacer para separarlos, es inútil, si no les
oponemos una voluntad inquebrantable en el bien, renunciando absolutamente al mal. Es, pues, necesario,
dirigir nuestros esfuerzos contra nosotros mismos, y entonces los malos espíritus se alejarán naturalmente,
porque el mal es el que los atrae, mientras que el bien los rechaza. (Véase Oraciones para los obsesados).
Señor, sostenednos en nuestra debilidad, inspirándonos por la voz de nuestros ángeles custodios y los buenos
espíritus, la voluntad de corregimos de nuestras imperfecciones, con el fin de cerrar a los espíritus impuros el
acceso de nuestra alma. (Véase núm. 11).
El mal no es obra vuestra, Señor, porque el origen de todo bien nada malo puede engendrar; nosotros mismos
somos los que lo creamos infringiendo vuestras leyes por el mal uso que hacemos de la libertad que nos
9 Algunas traducciones dicen: "No nos induzcáis en la tentación" (et ne nos inducas in tentationem); esta expresión daría a
entender que la tentación viene de Dios, que él induce voluntariamente a los hombres al mal; pensamiento blasfematorio
que asimilaría Dios a Satanás, y no puede haber sino el de Jesús. Por lo demás, está conforme con la doctrina vulgar sobre
la misión atribuida a los demonios. (Véase "Cielo e Infierno", cap. X: Los demonios).

habéis dado. Cuando los hombres observen vuestras leyes, el mal desaparecerá de la tierra como ha
desaparecido de los mundos más avanzados.
El mal no es una necesidad fatal para nadie, y sólo parece irresistible a aquellos que se abandonan a él con
complacencia. Si tenemos la voluntad de hacerlo, podemos también tener la de hacer el bien; por eso, Dios
mío, pedimos vuestra asistencia y la de los buenos espíritus para resistir a la tentación.
VII. "Amén".
¡Haced, Señor, que nuestros deseos se cumplan! Pero nos inclinamos ante vuestra sabiduría infinita. Sobre
todas las cosas que no nos es dado comprender, que se haga vuestra santa voluntad, y no la nuestra, porque
Vos sólo queréis nuestro bien y sabéis mejor que nosotros lo que nos conviene.
Os dirigimos esta plegaria, ¡oh, Dios mío!, por nosotros mismos, por todas las almas que sufren, encarnadas o
desencarnadas, por nuestros amigos y enemigos, que por todos aquellos que pidan nuestra asistencia, y en
particular por N...
Solicitamos, sobre todo, vuestra misericordia y vuestra bendición.
Nota. - Aquí se pueden formular las gracias a Dios por lo que nos haya concedido, y lo que cada uno quiera
pedir para sí o para otro. (Véanse más adelante las oraciones números 26 y 27.)
Reuniones espiritistas
Porque donde están dos o tres congregados en mí nombre, allí estoy en medio de ellos. (San Mateo, cap.
XVIII, v. 20).
Prefacio. Estar reunidos en nombre de Jesús, no quiere decir que basta estar reunidos materialmente, sino
espiritualmente por la comunión e intención de pensamientos para el bien; entonces Jesús se encuentra en la
reunión, o uno de los espíritus puros que le representan. El Espiritismo nos enseña de qué modo los espíritus
pueden estar entre nosotros. Se presentan con su cuerpo fluidico espiritual y con la apariencia que nos los
haría reconocer si se hicieran visibles. Cuanto más elevada su jerarquía, tanto más grande es su poder y
radiación; así es que poseen el don de ubicuidad, y por lo mismo, pueden encontrarse en diferentes puntos

simultáneamente: basta para ello un destello de su pensamiento.
Por aquellas palabras Jesús quiso manifestar el efecto de la unión y de la fraternidad: no es el mayor o menor
número lo que le atrae, puesto que, en vez de dos o tres personas, hubiera podido decir diez o veinte sino el
sentimiento de caridad que anima a los unos y a los otros; pues para esto, basta que haya dos. Pero si estas
dos personas ruegan cada una por su lado, aun cuando se dirijan a Jesús, no hay entre ellas comunión de
pensamientos, sobre todo si no están movidas por un sentimiento de benevolencia mutua, si se miran también
con prevención, con odio, envidia o celos, las corrientes fluidicas de sus pensamientos se rechazan en lugar de
unirse con mucha simpatía, y entonces "no están unidas en nombre de Jesús"; Jesús sólo es el pretexto de la
reunión y no el verdadero móvil. (Capítulo XXVII, núm. 9).
Si El dijo: "Vendré por cualquiera que me llamare", eso no implica el que sea sordo a la voz de una sola
persona; es que exige, ante todo, el amor al prójimo, del que se pueden dar más pruebas cuando son muchos
que estando en el aislamiento, porque entonces todo sentimiento personal lo aleja; de todo esto se desprende,
que si en una reunión numerosa, dos o tres personas solamente se unen de corazón por el sentimiento de una
verdadera caridad, mientras que los otros se aíslan y se concentran en sus pensamientos egoístas y
mundanos, él estará con los primeros y no con los otros. No es, pues, la simultaneidad de palabras, de cantos,
o de actos exteriores lo que constituye la reunión en nombre de Jesús, sino la comunión de pensamientos
conformes al espíritu de caridad personificado en Jesús. (Cap. X, núms. 7 y 8. - Cap. XXVII, números 2, 3 y 4).
Tal debe ser el carácter de las reuniones espiritistas formales, en las que se espera sinceramente el concurso
de los buenos espíritus.

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Mensaje por Periespiritu » Jue May 05, 2011 5:24 am

Oración. - (Al empezar la reunión). - Rogamos al señor Dios omnipotente que nos envíe buenos espíritus
para asistirnos, aleje a los que pudieren inducirnos en error, y que nos dé la luz necesaria para distinguir la
verdad de la impostura.
Separad también a los espíritus malévolos, encarnados o desencarnados, que intentaran poner la discordia
entre nosotros y desviarnos de la caridad y amor al prójimo. Si alguno pretendiere introducirse aquí, haced que
no encuentre acceso en ninguno de nosotros.
Espíritus buenos que os dignáis venir a instruirnos, hacednos dóciles a vuestros consejos, y desviad de
nosotros el egoísmo, el orgullo, la envidia y los celos; inspiradnos indulgencia y benevolencia para nuestros
semejantes presentes y ausentes, amigos y enemigos; haced, en fin, que en los sentimientos de caridad,
humildad y abnegación de que nos sintamos animados, reconozcamos vuestra saludable influencia.
A los médiums a quienes encarguéis de transmitir-nos vuestras enseñanzas, dadles la conciencia de la
santidad del mandato que les ha sido confiado y de la gravedad del acto que van a cumplir, con el fin de que
tengan el fervor y el recogimiento necesarios.
Si en esta reunión se encontrasen personas que fuesen atraídas por otro sentimiento que no sea el del bien,
abridles los ojos a la luz, y que Dios les perdone si vienen con malas intenciones.
Rogamos muy parcialmente al espíritu de N... nuestro guía espiritual, que nos asista y vele sobre nosotros.
7. (Al fin de la reunión). - Damos gracias a los buenos espíritus que han querido venir a comunicarse con
nosotros; les rogamos que nos ayuden a poner en práctica las instrucciones que nos han dado, y que hagan
que al salir de aquí, cada uno de nosotros se sienta fortificado en la práctica del bien y del amor del prójimo.
120
Deseamos igualmente que estas instrucciones sean provechosas a los espíritus que sufren, ignorantes o
viciosos que hayan asistido a esta reunión, y sobre las cuales imploramos la misericordia de Dios.
Para los Médiums
8. Y acontecerá en los postreros días, dice el Señor, que yo derramaré mi espíritu sobre toda carne; y
profetizarán vuestros hijos, y vuestras hijas, y vuestros mancebos verán visiones, y vuestros ancianos sonarán
sueños. Y ciertamente en aquellos días derramaré de mi espíritu sobre mis siervos y sobre mis siervas, y
profetizarán. (Hechos de los Apóstoles, capítulo II, v. 17 y 18.)
9. Prefacio. El Señor ha querido que la luz se hiciera para todos los hombres, y que penetrase en todas partes
por la voz de los espíritus, con el fin de que cada uno pudiera adquirir la prueba de la inmortalidad; con este
objeto los espíritus se manifiestan hoy en todos los puntos de la tierra, y la mediumnidad que se revela en las
personas de todas edades y condiciones, en los hombres y en las mujeres, en los niños y en los ancianos, es
una de las señales del complemento de los tiempos predichos.
Para conocer las cosas del mundo visible y descubrir los secretos de la naturaleza material, Dios ha dado al
hombre la vista del cuerpo, los sentidos y los instrumentos especiales; con el telescopio penetran sus miradas
en las profundidades del espacio, y con el microscopio ha descubierto el mundo de lo infinitamente pequeño.
Para penetrar en el mundo invisible, le ha dado la mediumnidad.
Los médiums son los intérpretes encargados de transmitir a los hombres las enseñanzas de los espíritus, o
mejor dicho, "son los órganos materiales por los cuales se expresan los espíritus para hacerse inteligibles a los
hombres". Su misión es santa, porque tiene por objeto abrir los horizontes de la vida eterna.
Los espíritus vienen a instruir al hombre sobre sus destinos futuros, a fin de conducirle por el camino del bien, y
no para ahorrarle el trabajo material que debe tomarse en la tierra para su adelantamiento, ni para favorecer su
ambición y su codicia.
De esto deben penetrarse bien los médiums para no hacer mal uso de sus facultades. EL que comprende la
gravedad del mandato de que está revestido, lo cumple religiosamente; si convirtiera en diversión o distracción
para él o para los otros una facultad dada con un fin tan formal y que le pone en relación con los seres de
ultratumba, su conciencia se lo echaría en cara como un acto sacrílego.
Los médiums como intérpretes de la enseñanza de los espíritus, deben hacer un papel importante en la
transformación moral que se opera; los servicios que puedan prestar están en razón de la buena dirección que
den a sus facultades, porque los que siguen una mala senda, son más perniciosos que útiles a la causa del
Espiritismo; por las malas impresiones que producen, retardan más de una conversión. Por eso se les pedirá
cuenta del mal uso que han hecho de una facultad que les fue dada para el bien de sus semejantes.
El medium que quiera conservar la asistencia de los buenos espíritus, debe trabajar en su propio mejoramiento;
el que quiera ver aumentar y desarrollar su facultad, debe progresar moralmente, y abstenerse de todo lo que
pudiese desviarle de su objeto providencial.
Si los buenos espíritus se sirven algunas veces de instrumentos imperfectos, es para dar buenos consejos y
procurar conducirles al bien; pero si encuentran corazones endurecidos, y si sus avisos no son escuchados,
entonces se retiran y los malos tienen el campo libre. (Cap. XXIV, núms. 11 y 12.)
La experiencia prueba que los médiums que no se aprovechan de los consejos que reciben de los espíritus
buenos, las comunicaciones, después de haber dado un buen resultado durante cierto tiempo, degeneran poco
a poco, y concluyen por caer en el error, en palabrería o en el ridículo, señal incontestable del alejamiento de
los buenos espíritus.
Obtener la asistencia de los buenos espíritus, separar a los espíritus ligeros y mentirosos: tal debe ser el objeto
de los constantes esfuerzos de todos los médiums formales; sin esto la mediumnidad es una facultad estéril
que puede redundar en perjuicio del que la posee, porque puede degenerar en obsesión peligrosa.
El medium que comprende su deber, en lugar de enorgullecerse por una facultad que no le pertenece puesto
que puede serle retirada, atribuye a Dios las cosas buenas que obtiene; si sus comunicaciones merecen
elogios, no se envanece, porque sabe que son independientes de su mérito personal, y da gracias a Dios por
haber permitido que los buenos espíritus vengan a manifestársele. Si dan lugar a critica, no se ofende por ello,
porque no son obra de su propio espíritu; dice que ha sido un mal instrumento, y que no posee todas las
cualidades necesarias para oponerse a la intervención de los malos espíritus; por eso procura adquirir estas
facultades, y solicita por medio de la oración, la fuerza que le falta.
10. Oración. Dios Todopoderoso, permitid a los buenos espíritus que me asistan en la comunicación que
solicito. Preservadme de la presunción de creerme al abrigo de los malos espíritus, del orgullo que pudiera
ofuscarme sobre el valor de lo que obtenga, y de todo sentimiento contrario a la caridad con respecto a los
otros médiums. Si soy inducido en error, inspirad a alguno el pensamiento de que me lo advierta, y a mí la
humildad que me hará aceptar la critica con reconocimiento, tomando para mí mismo, y no para los otros, los
consejos que se servirán darme los buenos espíritus.
Si por cualquier concepto intentase abusar o envanecerme de la facultad que habéis tenido a bien concederme,
os ruego que me la retiréis antes de permitir que la desvíe de su objeto providencial, que es el bien de todos y
mi propio adelantamiento moral.

Periespiritu
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Mensaje por Periespiritu » Lun Abr 23, 2012 1:09 pm

Hola Mary 14: Jo, dices si estoy seguro de lo que tengo en mi corazón pues si, me baso en la bona nueva, cuando dice Jesús, que por sus obras los conoceréis. “Un buen árbol no puede dar mal fruto” “lo mismo que un mal árbol puede darlo bueno” así es que ya sabes sigue tu también estos consejos.

Dices bien, cuando dices que Dios, el Creador de todas las cosas es Luz, es Amor si lo es, y la oscuridad eso que tus llamas Satanás no es más que la ignorancia del hombre que lo hace retrogrado en su evolución hacia las leyes naturales que le acercan al conocimiento de su Creador.

Saludos:

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