Y EL ESFINGE HABLÓ... (Parte 2)

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Alejandra Correas Vázquez
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Y EL ESFINGE HABLÓ... (Parte 2)

Mensaje por Alejandra Correas Vázquez » Vie Jun 13, 2014 2:31 pm

5 - La Faraona Morocha

Nunca fue reina del Nilo mientras vivía su marido. Pero convirtióse en la reina de Egipto con muchísima trascendencia política, en cuanto coronaron a su hijo Tuthmosis IV, como faraón. Ella fue la Reina Tihi, quien tenía sobre él una influencia decisiva.

Tihi era sin duda una pieza clave en el rompecabezas heliopolitano. Uno de los elementos vitales con que contó Heliópolis en aquella oportunidad, para decidir la política a seguir. No era la esposa oficial de Amenofis II, sino una esposa secundaria y por lo tanto, no se hallaba al lado del padre de su hijo en las ceremonias faraónicas. No fue retratada en aquel tiempo, pero lo sería en abundancia más adelante, y aún junto a su hijo sentados ambos en el trono, como si lo compartieran.

Tihi no iba a separarse más de aquel sitio de aquí en adelante. Tanto por el papel destacado que tocóle a su hijo, como por el prestigio que alcanzaría su futuro nieto, a quien todos iban a recordar como Amenofis III “El Magnífico”.

Ella, que era una princesa menfita desplazada en el norte y casi olvidada, tuvo más tarde su momento de oro, su tiempo de esplendor. Todo hace pensar que se lo había ganado con talento propio. Que tenía una gran presencia social bien merecida. Lució su belleza que aún admiramos en las esculturas.

La reina Tihi poseía una evidente personalidad. Destácase en ella su rostro sobrio y clásico, muy egipcio. Madre e hijo juntos, se parecen como dos gotas de agua. Pero la gran dama emite mayor fortaleza y nos hace pensar que tuvo gran participación en el proceso político.

Su cuerpo, aunque levemente más bajo que el de su hijo, sin ser musculoso irradia fuerza. No es sin embargo del tipo matronil de las romanas, ni el atlético de mujeres cretenses o espartanas, sino una curiosa estructura de mujer firme, bien conformada, con una clara tipología de mujer racional, quizás intelectual y dentro de cánones clásicos egipcios bien proporcionados con algo de vigor. Nos recuerda a muchas universitarias de nuestra época, porque no resalta femineidad, pero sí belleza de mujer.

Era una mujer esplendorosa y vivió con holgura en la corte tebana, a la que trans¬formaría abiertamente. Su llegada a la gran capital del sur en el Alto Egipto produjo un cambio absoluto en el papel de la mujer (que estuvo minimizada durante los reinos bélicos). Se sabe que donde hay guerra la mujer retrocede, como aconteció en Egipto. La vida social, la vida pública, cuando es abierta, le abre caminos.

Es notable la escasa constancia de datos que obtenemos sobre la existencia de mujeres y su vida diaria, durante los reinados de Tuthmosis III y Amenofis II. Lo que contrasta con la fuerte presencia que tendrán a partir de Tuthmosis IV. La política del partido tebano en este punto, era auténticamente “antifeminista”. A la inversa, con el regreso del partido heliopolitano, la situación de la mujer vuelve a ser preponderante. La desigualdad de sus planteos sobre dicho aspecto, ente Tebas y Heliópolis, era total.

Bajo los gobiernos tebanos las esposas reales están disminuidas hasta el punto de ser representadas a la altura de los pies del faraón. Si esto acontecía con la reina oficial, podemos figurarnos cuánta disminución social tenía una mujer común. Bajo los gobiernos heliopolitanos las mujeres tienen el mismo derecho a la igualdad, en cuanto a dimensiones esculturales, que los hombres. Y por ende socialmente prosperaba.

Tihi es la figura de mujer que más se destaca en este periodo, como también el único pariente de Tuthmosis IV que se hace visible dentro de aquel gobierno. No cabe duda de que se trataba de una mujer muy culta, educada sin duda en el sistema heliopolitano y hallábase relacionada a todas luces, con las propuestas artísticas del momento. Debió participar como mecenas, puesto que fue modelo favorita de los escultores.

Cuando son representados los dos, madre e hijo, sentados a la par, vemos que el muchacho dueño del mundo, el Faraón, pasa la mano sobre los hombros de su madre en cálido ademán. Escena familiar donde podemos, a tanta distancia de nosotros luego de los milenios, penetrar en el mundo diario de esa corte faraónica. Como una foto de familia que nada esconde.

Se ayuda con ello a la propuesta de naturalidad en el planteo del “retrato”, que se contrapone con el “ideal” artístico, donde todos los rostros son iguales, incluidos los dioses. Aquí hay una captación de la realidad, de la naturalidad, y es ya el aporte inicial de lo que llegará a ser un gran movimiento en el futuro. Asombra porque tiene matices de encanto, como todo proyecto nuevo. Es una propuesta que recién se inicia y por tanto la vemos como casi cándida, casi ingenua.

Se ha dicho que el arte de este período goza de un “refinado esplendor” (frase de Kurt Lange) y podemos comprobarlo en el abandono de la tradición rígida y del dogmatismo artístico. Comienzan a aparecer los cromatismos y los juegos plásticos con la sugerencia expresiva de los personajes. Y muchos de los rasgos del “nuevo naturalismo” (palabras de Wilson) fueron ya diagramados en esta época, donde todo nace. Se siembra para los que están por venir, con una fuerza que se atisba por el horizonte. Para ellos es esta semilla.

Por el esplendor que la rodeaba, su refinamiento, su garbo, su bello cuerpo, debemos pensar que Amenofis II (como buen paladín de proezas físicas) se cautivó con ella, con la princesa menfita Tihi, durante su estadía en Menfis (documentada). Debió ser la favorita de su harén del norte y no es peregrino pensar que también tuvo por ella, de parte suya, una pasión de hombre vigoroso y vital, tal como este faraón tan polémico, reflejó ser siempre. Tihi como mujer tenía todas las cualidades para despertar pasiones masculinas. Tanto como fue, amada por su hijo en una forma tierna y sin par, muy evidente.

Cuando Tuthmosis IV llega a Faraón a los veinte años, su madre Tihi debía tener a lo más treinta y siete año. Era hermosa y cautivaba a los artistas.

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6 - La Horda Salvaje

No tenía veinte años aún, cuando nuestro personaje recibió la Doble Corona (la roja del norte y la blanca del sur) haciéndose cargo del Faraonato, al que iba a transmutar por completo.

Y se hizo cargo con el fuego de su juventud, de un país que era todo un ejército enardecido y en movimiento. Los países vecinos pensaban sobre Egipto en términos de rechazo. El habría de cambiarles este concepto, logrando intercambio de embajadores. Pero previamente debió ponerse a la cabeza de aquel ejército, una vez hacia Medio Oriente y otra hacia Nubia (llamado Kush en ese tiempo). Pero a su regreso volvió cubierto de pactos de paz, que ya no se alterarían por todo un siglo.

Podemos imaginarnos estos muy curiosos pasajes de su vida, cuando el esbelto y refinado monarca recién llegado al trono de Egipto, debía acampar entre feroces guerreros que hacían temblar desde hacía medio siglo, a todas las naciones de su época. Tal como Marco Aurelio escribía tratados de filosofía en su carpa de campaña, al frente de los ejércitos romanos. Pero Tuthmosis IV tuvo una suerte mucho mayor, pues impuso su personalidad sensible a todo el imperio egipcio.

Hemos de destacar ante todo, su profunda capacidad diplomática que fue la llave de su triunfo. Sin embargo, determinar tratados de paz con los países orientales que nunca habían querido la guerra, no revestía dificultad alguna. Es más, lo anhelaban. Pero ahora encontrábanse los egipcios, junto con este paladín del pacifismo, que ellos habían dejado de ser los agresores, para enfrentarse ante el peligro inminente de invasión por un pueblo bárbaro :

...¡Mitannia!...

Una tribu nómade que ocupaba un lugar recientemente invadido, como una toldería ranquel. Y este peligro amenazaba en común a todos. A los hombres del Nilo tanto como a los del Medio Oriente. La invasión. El saqueo. Los incendios. La hordas indoarias que ya destruyeron la civilización de Sumeria en el año 2.006 a. C. avanzan ahora sin piedad dejando a su paso la desolación.

Es el “Malón”, tal como lo conocemos en el Cono Sur sudamericano…¡Y allí están! Son los mismos en herencia de milenios. El salvaje siempre es igual y no respeta trabajo ni orden, aunque tenga otro color de piel. Los mitanios son muy blancos y de ojos claros, como los bárbaros que invadieron Roma.

Son ellos… Los bárbaros depredadores al igual que los temibles caciques patagónicos de Argentina : Pincén, Calfulcurá, Chancaní, Saldán, Catriel, Namuncurá. …Pero… los mitannios ¡Son rubios! De bellísimos ojos celestes, piel rosada y manos blanquísimas. Sus mujeres, feroces y salvajes valquirias, tienen una belleza deslumbrante.

Los maloneros de Mitannia no dejan la hierba crecer a su paso, y cuando en el futuro (dentro de un siglo más) avancen sobre las civilizaciones paquistanas del Valle del Indo, destruirán las ciudades de Harappa y Mohengo Daro. Hablan el idioma persa. No saben vestirse ni lavarse. Cuatrerean simplemente, como Pincén o Saldán. Pero con la ferocidad de los primeros malones.

¡No! … El joven Tuthmosis no ama la guerra y desea terminar con ella. Suprimirla. Pero los feroces guerreros indoarios de Mitannia avanzan hacia él con premura y sin tregua. Poderosos en su orgullo de maloneros triunfantes, los mitanios se sonríen ante la vista de Egipto. conscientes de su superioridad bélica, frente a un país ahora pacifista.

Tuthmosis piensa. Heliópolis piensa. Sus esperanzas pueden esfumarse como una bruma. Todo este proceso de esplendor humanista y pacifista que va resurgiendo de las cenizas, es el triunfo de On. Sus misteriosos monjes anhelan demostrar a los testigos de su época y a los espectadores del futuro, que los hombres pueden progresar, gozar, enriquecerse, cosechar, construir, prosperar y amar; viviendo en una coordinación equilibrada.

Este monarca que ahora representa a Egipto —un muchacho— tiene la edad de los remeros, de los bailarines, de los acróbatas, de los aprendices Pero ha asumido responsabilidades mucho mayores a todos ellos juntos. Ha renunciado a su propia juventud, como tal, para vivir otra juventud, la juventud de una propuesta. Tuthmosis IV personifica con su cargo de faraón, al conjunto de ideas e ideales del cuerpo directivo de Heliópolis, encarnados en su persona. Y él no está dispuesto ahora —cuando se han logrado tantos avances en materia internacional— a retroceder y caer en el juego de los belicistas.

Pero, por los caminos de un pasado pretérito que nadie quiere recordar, vuelve sin embargo la barbarie que asoló Sumeria en el año 2006 a.C.

Corre el siglo XV a.C. …han pasado cinco siglos y los bárbaros han vuelto a reaparecer, tal como sucedió con Roma. Otra vez las hordas indoarias emergen por el horizonte, desparramando pánico. La historia está presta a enfrentar a todos ellos, de nuevo, con la desolación. Aquélla que llevó al rey asiático Ibsha junto con su pueblo, a pedir refugio en Egipto, allá por el siglo XVIII a.C. En el mismo tiempo que el bíblico Abraham refúgiase también con toda su familia, en la corte del faraón Amenemhat II de la dinastía XII.

Un coro de espantos sacude la memoria desvelando la esperanza. Como una sombra irresistible, los fantasmas de Ur acuden a sus recuerdos entre lúgubres llamaradas.

Inmutables en sus preceptos los heliopolitanos son, empero, muy fértiles de imaginación y logran producir soluciones lógicas y pragmáticas. Serenos y pacientes ante las calamidades, son por otra parte agudos y rápidos en los cambios de frente. Dueños del poder actual de Egipto, sortearán esta amenaza con un pase genial… Tanto como inesperado.

Heliópolis ama a Egipto y no quiere perderlo, ni dejarlo en manos de la invasión. Los hombres del Medio Oriente que han pactado Paz con el joven Tuthmosis, descienden por su parte de aquéllos hombres civilizados que abandonaron Sumeria y Babilonia, ante el avance depredador de bárbaros indoarios. Pero ahora, instalados en la “media luna fértil” ya no quieren abandonar este escenario nuevo, que ha sido su hogar en los últimos siglos ...¡NO!... Ya no quieren emprender aquel angustioso éxodo de la emigración masiva. Desde que llegaron allí, ellos desean aclimatarse, detenerse en su loca fuga. Como si un resabio interior, como si una voz de la especie se los comunicara.

Es notable la facilidad con que ellos dejaron Mesopotamia sin regresar (no hay más noticia del pueblo sumerio) en el año 2006 a. C.. y el empeño febril que tienen en este nuevo alojamiento de la media luna fértil (donde aún continúan). Tanto como en el espacio del Nilo con un pie a terre, que de alguna manera u otra, han puesto en Egipto. Y actúan como las tenazas de la “enamorada del muro” que se empeñan en resistir a cualquier precio.

Se rescata de todo ello, que estos orientales son adeptos al Nilo en las buenas y en las malas. Después de fracasar en tener faraones propios (se apropiaron de Egipto en la dinastía XV con los Reyes Hiksos y el bíblico José) continuaron con el firme deseo de nunca desvincularse de él. Perseguidos o aplaudidos, los hombres del Medio Oriente durante estos siglos, parecen como hechizados por el Nilo, y no comprenden la vida sin su cercanía.

Pero en esta encrucijada, nada parecía posible para hacer desistir a estos maloneros indoarios mitannios de invadir Egipto. Presa ansiada a la que ellos veían fácil de lograr, y que realmente les interesaba saquear… No pudiendo hacerlos retroceder y viendo el violento proceso que avanzaba hacia ellos, en forma inevitable, los políticos heliopolitanos van a salir a su encuentro. Y forjarán un nuevo e increíble concepto :

¡Transformar a Mitannia, culturizándola, en su aliado político!

La resolución es sorprendente, sólo hombres de mucha garra política pueden concebir un juego diplomático de esta naturaleza. Es así que ante el estupor de todos los testigos de su tiempo (por su conocida oposición a la guerra) ellos pactarán con los bárbaros y harán de Mitannia el defensor más grande que tuvo nunca Egipto en sus fronteras.

Mitannia en adelante defenderá al Nilo contra todas las otras hordas bárbaras. Será el feroz guardián del Faraonato, sacrificando en su empeño hasta la vida de su propio rey, en una de esas clásicas refriegas entre indoarios. Pues demostró que, a pesar de su primitivismo, era capaz de una profunda y admirable lealtad (distinta a la experiencia posterior que tuvo Egipto con los hititas).

El salvajismo de Mitannia radica en su atraso cultural. Cazadores de bosques, han caído sobre las ciudades civilizadas del Medio Oriente, diezmándolas y sin aprender nada. Los estragos que han dejado a su paso desalientan a todos, excepto al joven faraón Tuthmosis IV y a sus maestros heliopolitanos. Pues ellos como se ha visto, ante todo: “saben educar”.

Las únicas creaciones de los mitanios hasta aquel momento son guerreras, como por ejemplo un tratado sobre la cría de caballos firmado por “Kukuli, del país de Mitanni”. Asimismo otros elementos de carácter bélico acorde con la época, son creaciones suyas. Semejante a lo acontecido con los visigodos en España, donde el legado que dejan al idioma castellano es guerrero: “Yelmo”, por ejemplo.

No era fácil conquistar este deseado armisticio y convencer a los salvajes, de renunciar al botín. Pero el joven Faraón se dispuso a lograrlo con toda la fuerza de su ánimo juvenil. Le iba en juego mucho más que su prestigio, era la palabra empeñada a la que un monarca con dignidad, no puede faltar. Todos los políticos y ciudadanos del Nilo, como también los habitantes semitas de la “media luna fértil”, esperaban que él sacase una paloma de adentro de su Doble-Corona… Y lo hizo.

Les había ofrecido un mundo nuevo, con otro mensaje, un mundo de Pax y convivencia …¡E iba a cumplirlo!

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7 - La Faraona Rubia

Como clave de todo este proceso, el cual habría de sellar el pacifismo largamente aguardado en forma efectiva, figura el matrimonio de Tuthmosis IV con la hija del salvaje rey Artatama de Mitannia, peligroso pueblo bárbaro indoario.
Ello involucraba lograr la Paz para la civilización. Un devenir lleno de esperanza. Y se abría un nuevo capítulo para esta dinastía XVIII, presta siempre a adaptarse a los tiempos.

Como podemos ver no todo era quimera profética en este príncipe heliopolitano, al que vimos llegar de improviso a la corona, avalado por el Dios-Sol-Esfinge. Supo guiar cada una de sus acciones desde el momento inicial y colocarles su estilo. Su sello propio. Su naturaleza misma lo predisponía a la diplomacia y con audacia violaba el principio de preservación genética y racial del Faraonato… ¡pero salvaba a Egipto!

El rey Artatama se hizo rogar, por largo rato. Siete fueron las embajadas egipcias que se acercaron hasta la guarida del bárbaro, con el pedido de mano del Faraón por una de sus valquirias, con regalos cada vez más ricos y abundantes.

Primero —dicen las crónicas mitannias,—no creyó Artatama en la veracidad de este pedido. Dudando de él envió a sus rudos delegados (mal vestidos y sucios) para confirmarlo. Volvían los embajadores egipcios hasta él, confirmando el pedido, a fin de que con tales presentes (sofisticados y elegantes como los mensajeros que los portaban) desistiera de una campaña de saqueo.

Es de imaginarse el contraste que hacían los enviados reales del Nilo, con los torpes y fornidos guerreros indoarios en aquella alborada de su historia. Los bañados y perfumados egipcios, frente a la sudorosa y poco limpia soldadesca mitannia.

Artatama era rudo y primitivo. Inculto, pero con la capacidad racional de su nueva raza —la aria— que dos mil años después producirá en Europa un nuevo amanecer. Brillo cultural del cual todavía hoy dependemos: la civilización occidental. Consultó el gran cacique mitanio largamente con sus capitanejos (casi al borde de quebrar la paciencia egipcia) para dar el “Sí”… Acto seguido le envió su hija a Tuthmosis IV.

Esta sería la reina Mutemuia …¡La Faraona rubia!... Símbolo y sello de la paz definitiva para todo este reinado. El matrimonio político con la princesa aria, nos describe a Tuthmosis en su totalidad. Es el empeño que un muchacho decidido puede llegar a tener para brindarse por entero, cuando toma una corona (doble en este caso) y debe concretar propuestas, sin anteponer valores o prejuicios. Con esa firmeza juvenil donde no existen vallas imposibles de sortear. Aún mismo, si se trata de salvajes que vienen incendiando…

¡Porque hay que salvar a Egipto!

Los mitanios están en el esplendor primigenio de su raza. No tenemos para comprenderlo más que ver sus toscas figuras con las cuales intentan entrar con pasos aún torpes, en el arte de la escultura. Es la especie aria en su estado puro, como los bárbaros que invadieron Roma...

Rudos y salvajes en el plano cultural, pero espléndidos en su contextura física, como en el primer día de la raza. Así era Mutemuia: blanca, alta, ojos claros, muy rubia, fornida.. Debemos imaginarnos con curiosidad la extraña pareja que formaría, junto al fino y menudo faraón Tuthmosis IV.

La delicadeza intelectual del rey, junto a la belleza fornida y primitiva de la reina. Incluso la coloración de sus respec¬tivas razas, que ellos dos representaban, era totalmente opuesta. La espléndida valquiria rubia de ojos claros, coloreaba con su estampa vigorosa esa corte amante de los ornatos. Y a su lado Tuthmosis: morocho, refinado y elegante, carente de rudeza. Mientras Mutemuia, la faraona rubia, bárbara, cohibida y recién llegada de la toldería.
Pero este mismo exotismo cautivó la sensualidad del príncipe heliopolitano y atrajo por completo a aquella dinastía XVIII, que a partir de allí haría ingresar valquirias mitannias por centenares en la corte egipcia. Y esto aparece con claridad en las figuras del arte naturalista de sus artistas.

Suponemos que la mestización dejó huellas llamativas en la tierra del Nilo. Como un innovador en la materia, el joven Tuthmosis que por entonces tenía poco más de veinte años vibrantes de juventud, y educado para la estética, inició la larga serie de estos amores llenos de encantamientos (eso sí, luego de bañar a las sucias valquirias de Mitannia). Su espíritu amante de la belleza, debió deleitarse con aquel esplendor racial de cabellera color sol y ojos de cielo.

Mutemuia dejó buenos recuerdos en Egipto y se habló mucho de su voz. Era una cantante admirada, que extasiaba a aquellos cortesanos con un arte poco difundido entre ellos. Es corriente en las pinturas del Nilo ver escenas de músicos y bailarines, pero no de cantantes. Y una “prima donna” asombraba.

Por el contrario, todas las tradiciones arias nos hablan siempre del bel canto. Inclusive, iban a la guerra cantando. Cantan los arios de la India. Cantan los germanos y los francos. Los visigodos y ostrogodos. Los vikingos. Y los “cantos de guerra”, son parte esencial de sus herencias. Wagner, su último gran propulsor, quien hizo su obra sobre tradiciones germánicas-arias, habría escrito piezas especiales para Mutemuia, la Faraona rubia..

Sin duda ella penetró en aquellos refinados y deslumbrantes salones egipcios, como a un mundo mágico que la sobrecogía. Desarraigada de su pueblo de nacimiento, a una edad muy fresca, tuvo el tiempo necesario para asimilarse. Y su hijo —el famoso faraón Amenofis III llamado “El Magnífico”— se presentaba junto a ella con orgullo, años después. Debía ser muy hermosa aún, con esa belleza reposada de las valquirias maduras.

Había llegado a Egipto en el momento preciso en que se reimponía la política favorable a la mujer. Dado lo cual tuvo la responsabilidad de representar un papel importante, que quizás, es muy probable, le costó bastante. Sin recibir la formación de las princesas egipcias, se abrió paso por cauces personales que los escribas consignarían diciendo :

“Con su voz hace feliz al mismo Dios”.

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8 - ATÓN

Como corolario final nos queda aún presentar a este joven dirigente Tuthmosis IV en su función de revolucionario teológico. Colocado en la doble corona, con doble símbolo de mando, sobre el doble país, con sus dos capitales y sus dos visires, y sus dos Heliópolis inclusive (On del norte y On del sur) …Tuthmosis hizo algo más asombroso aún:

¡…Inauguró a Atón..!.

Tuthmosis inauguró a Atón dentro de su reinado abriendo un proceso nuevo —que habría de legar a sus continuadores— y principió con ello la ola agitadora que barrería más adelante la dualidad nacional y su paganismo ancestral. Eclosionado a todas las tradiciones anteriores del país del Nilo, como sería en el fututo la obra maestra de su nieto Akhenatón.

Fue así, Tuthmosis lo hizo… Inauguró a Atón como idea pura, como círculo y forma geométrica solar (aunque sin separarse por el momento del panteón oficial egipcio). Pero ya presentándolo. Más adelante su nieto Akhenatón hará de él… el Monoteísmo.

Fue el faraón Tuthmosis IV, el discípulo de Heliópolis y gran místico del Dios Sol, quien habría de prender la mecha de una nueva luminaria, iniciando la renovación diseñada por On. El tuvo el mérito de ser la semilla. El primero en señalar su importancia, Sus maestros, el honor de haberlo elegido.

En la dimensión que nos ofrecen los milenios todavía lo percibimos tal como era : Joven, intelectual, emotivo y dulce, fogoso. Apareció de improviso en la historia de Egipto con gran energía, para dejar atrás el doloroso pasado. Sin violencia. Con mesura. Pero con mucha decisión. Y enarbolando un símbolo vigoroso: el Circulo Solar… es decir ATON.

No hay dudas de que durante el período en que él fue un obscuro príncipe segundón, perteneció al monasterio. Y se destacó bien y pronto entre sus aspirantes. Pero Heliópolis no le dio el cargo de Urma (Sumo Sacerdote) sino el de Faraón…

Atón representa un momento cumbre en esta civilización del Nilo, y habría de ocupar un lugar único en la historia hoy conocida del Egipto Antiguo. Pues su dimensión y sus consecuencias, sobrepasaron las fronteras egipcias. Sigmund Freud (un judío), atribuye al Atonismo, por ser un monoteísmo, honda influencia sobre el Éxodo hebreo. Con él —Atón— los heliopolitanos habrían de barrer de la tierra del Nilo todo su conte¬nido Dual, iniciando el camino para una nueva era Monoteísta.

Mesurados y pacientes los políticos de On llevarán adelante sus consignas con una sabia lentitud ancestral. Tres faraones necesitarán para concretarlas : Tuthmosis IV, Amenofis III y Akhenatón. Los tres eran atonistas y proponían a Atón. El último, por cierto, fue decisivo. No puede pedirse mayor dosis de calma en un movimiento que no iba a detenerse, donde cada paso que concretaba buscaba el final acordado. Conscientes de la dificultad de la empresa, no arremetieron con prisa alguna para concretar su proyecto, igual a la célebre frase napoleónica: “Vamos despacio, que estoy apurado”.

A través del texto que presentó la Voz del Esfinge, desfila ya la ruta marcada desde el comienzo. En ese momento pasa el joven príncipe Tuthmosis al sitial de los elegidos, como profeta del Dios Sol. Con el tiempo, a medida que avance su política, veremos como las disposiciones que él encarna lo hacen inaugurar al dios único, que llevará el nombre de Atón.

Pero lo más insólito de todo es que este movimiento atoniano, tan egipcio como lo conocemos, es inaugurado por el Faraón del Esfinge, fuera de Egipto, nada menos que en su viaje al Medio Oriente (donde por cierto había vivido Abraham). Fue allí donde Tuthmosis IV expresó su gran deseo de :

“Hacer a los extranjeros que sean como el pueblo egipcio, a fin de que sirvan para siempre a Atón”

Así reza la inscripción. Además esa campaña por el Medio Oriente (de la que retornaría con la paz firmada) era guiada por:

“Atón que brillaba sobre su cabeza”.

Tenemos entonces que aquella “Paz” la firmó en realidad Atón y que Atón nació allí. Tuthmosis IV presenta a Atón fuera de Egipto. Y siendo que Heliópolis era el “padre de la criatura” le da partida de nacimiento en la media luna fértil, donde tres religiones monoteístas van en el futuro a desarrollar sus fuerzas:

Judaísmo, Cristianismo e Islamismo.

La forma en que esto sucede, al inaugurar al círculo Atón fuera de Egipto y en tierras de batallas a las que él transformó en pacíficas (concluyendo de este modo un conflicto bélico anterior a él) es por cierto notable. Trae de inmediato al recuerdo del rey de Prusia —Guillermo de Hohenzollern— quien asume como Kaiser del imperio alemán unificando los países germánicos protestantes …¡en París!... al concluir la guerra de 1870. Algo que siempre ha llamado la atención ¿Por qué no lo hizo en Prusia? ¿En Berlín?

Pero todavía la tierra del Nilo necesita un largo periodo de madurez para poner a Atón y al Monoteísmo en vigencia. Sin embargo como vemos, ya se lo predica en Medio Oriente con gran éxito. Desde el momento en que esta paz se firma y que quedan allí los documentos de Tuthmosis IV, su prédica de un dios común a todos los pueblos, como proyecto panhumanista, crece y cobra fuerza. En la antigüedad todos los dioses eran lares tutelares de diversas ciudades. Ahora por vez primera en la historia conocida, existe un pensamiento universal que engloba a todos los pueblos.

Será muy difícil saber cuánto tiempo se incubó en los misterios heliopolitanos, el concepto monístico. Pero Drioton y Vandier le asignan una antigüedad secreta de largo alcance, que asoma veladamente en los escritos del Antiguo Imperio, donde ya afloraba el concepto de “Neter” o sea Dios. Como forma impersonal y singular. Neter no tuvo compañeros dentro del panteón egipcio y era de una pura abstracción deífica. O sea : el Imponderable o lo Divino. Los cimientos del Monoteísmo estaban pues escondidos dentro de la cofradía de On, desde los antiguos tiempos predinásticos.

Pero en el siglo XV a.C. decididos a todo, los heliopolitanos lo sacan a la luz, muy despacio, casi tímidamente, a través de Tuthmosis IV, pero ya con esa personalidad solar que más tarde haría eclosión en el faraonato de su nieto Akhenatón. Y el nuevo nombre de Atón que ostentará este auténtico Neter, no será ya ninguno de los antiguos nombres simbólicos y antropomórficos egipcios, tales como fueron Horus (rostro del sol) o Ra (boca del sol). El nuevo nombre de “Atón” es una forma geométrica pura cuyo significado es : Círculo.

Con este nuevo nombre para designar al astro rey que ilumina por igual a los distintos pueblos (así sean civilizados o bárbaros y que reparte su energía vital a todos los humanos sin diferencias) se pasará a abolir más adelante con Akhenatón todo el contenido mitológico y simbólico del Egipto faraónico: ¡Se edificará el Monoteísmo! Y será ése el momento en que según Sigmund Freud (“Moisés y el Monoteísmo”) crece Moisés nacido y educado dentro de la casa del rey. Pero aún este tiempo no ha llegado.

El idioma egipcio usaba la palabra “atón” sólo para designar la figura geométrica. Ni siquiera para nombrar al sol en sí mismo. Sólo para su forma. No era un dios hasta el reinado de Tuthmosis IV. Atón era solamente el circulo visible a todos de donde nos llega la luz y el calor. Esta es la traducción exacta de la palabra, la cual nunca hasta entonces había simbolizado a ninguna deidad. Su pronunciación auténtica según el lingüista Sergio Donadoni, es “Itin”, y nos resulta por demás sorprendente su parecido con el “Inti” del Incaísmo, que es también representado por un círculo de oro.

La teología heliopolitana usaba muchos nombres y formas antropomórficas para referirse al sol como deidad, de los cuales “Ra” era el más simbólico, puesto que significaba Boca, Palabra o Verbo. Y más que nada, Logos Solar. Pero Atón los superaba a todos, como círculo o esfera, pues es la energía solar viviente y vitalizante, de la cual los hombres dependemos, y que además, podemos ver todos los días.

Fue a partir del Faraón del Esfinge cuando se inauguró como ente religioso. Cumplida de esta manera la primera parte de aquellos propósitos misteriosos que escondían esa imprevista aparición del Dios-Sol-Esfinge en escena, los políticos heliopolitanos decidieron aguardar serenamente. Como siempre hicieron en su mesurada calma, seguros de la conclusión feliz de sus consignas. El mundo estaba en paz. Atón lo había logrado. Era el padre de todos y los pueblos vecinos y aliados —que antes fueran víctimas de Egipto—colaboraban ahora con el Círculo Solar en esta comunión pacífica entre humanos.

Como último episodio de aquella inauguración notable, el joven Tuthmosis dejó asentado el lugar de las futuras operaciones revolucionarias en el centro de Egipto. La señaló entre sus varias excursiones por el país como región elegida por él. Fue quizás un centro de peregrinación. Pero el futuro dorado que le aguardaba será privilegio de su nieto Akhenatón, quien edificó allí la ciudad que llevará el nombre de “Horizonte de Atón” : Akhet–Atón

Su nombre árabe que ha pasado al público moderno es “Amarna” (nombre de la tribu beduina que ocupaba aquellas ruinas). Con este rebautismo, aún hoy, nos ofrece un mensaje de amor y devenir. Se ha colocado la piedra fundamental del proceso atoniano, del futuro monoteísmo, de la revolución del Circulo con cambios artísticos, lingüísticos y literarios. Estuvo en manos de Tuthmosis IV la elección oficial de aquel sitio sagrado. Pero este germen de vital importancia, será incubado y cuidado por medio siglo más… También a nosotros nos corresponde aguardar.

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9 - El Enamorado del Amor

En Akhenatón el Amor será un camino ideológico, una consigna básica de ese gran movimiento triunfante que unía pueblos, que liberaba las fronteras, que levantaba las vallas sociales bajo la luz de Atón, como propuesta dirigida por igual a la sociedad sin titubeos. Pero en Tuthmosis IV el Amor es a todas luces, un aspecto propio de su conducta. El lo vivía intensamente, antes de que el conjunto llegara a asimilarlo. Era un enamorado del Amor.

Reinará una década. La muerte lo aguardaba prestamente, demasiado pronto para tantas expectativas abiertas. Es probable que muchas esperanzas se frustraran con su pronta desaparición, pero su fugaz presencia faraónica fue como un meteoro en el campo de las renovaciones políticas. Quizás nadie como él había abierto brechas tan profundas en Egipto las cuales iban a modificar su tradición milenaria, y habrían de transmutar su devenir histórico para siempre.

Si aquella magistral revolución atoniana iba a interrumpirse más adelante, esto no pudo impedir que el hombre en sí mismo cambiara por completo, para no retroceder jamás. Pues el porvenir del ‘hombre” con todos sus derechos, había nacido. Y vendrán los griegos con su pensamiento… Vendrá Cristo.

La muerte lo encontró en estado de serenidad, tal como él había vivido. No sabremos nunca que eventualidad lo quitó de este mundo, pero ya había dejado una marca indeleble dentro de él. No sería olvidado. Su momia no reviste marca de ninguna muerte dolorosa. Su gesto es de una pasividad sorprendente. “Los embalsama¬dores (nos dice Kurt Lange) han logrado en efecto, respetando escrupulosamente sus rasgos característicos, elevar su efigie a la categoría de obra de arte”. Las facciones son preciosas y parecen rescatar parte de su personalidad viva.

Fue como comprendemos, específicamente un Joven, y seguirá siéndolo siempre en todo su recuerdo. Con esa pasividad que presenta su muerte, como algo enigmáticamente serena, nos hace pensar que ella sobrevino como una coronación a su vida, tal como la misma había sido. En otros párrafos también elocuentes Lange nos dice: “Tiene los ojos cerrados y su expresión es apacible, reposada y distinguida, como si durmiera”. Nada hay quizás que lo defina más claramente, que este descanso eterno donde muestra toda su naturaleza espiritual y sensible, llena de amplitud humana.

Había cambiado al mundo de su época, no solamente a Egipto. Los orientales acudían a las escuelas junto a los egipcios. Adustos mitannios de origen bárbaro, paseaban ahora su asombrada rusticidad por los jardines del Nilo. Emisarios negros de Kush, adornados de brazaletes, arribaban a los puertos de Egipto con sus cargamentos de oro. Los cretenses regresan por el camino del mar, trayendo sus bellas cerámicas con ornamentos oceánicos. Y en esta síntesis de una vida nueva, para nuevos hombres, el pensamiento libre comenzó a crecer mirando esperanzado hacia el futuro.

Su persona viva o muerta, es como un bello poema surgido entre los desencuentros de los hombres que le antecedieron, y los que habrían de sucederle. El abrió una ruta que hizo vivir a los habitantes del Nilo y sus vecinos, un centenar de años dichosos. Alabémosle aunque sea luego de treinta y cuatro siglos, por un mérito semejante.


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Ars Longa Vita Brevis

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