Y EL ESFINGE HABLÓ (Parte 1)

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Alejandra Correas Vázquez
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Y EL ESFINGE HABLÓ (Parte 1)

Mensaje por Alejandra Correas Vázquez » Vie Jun 13, 2014 2:29 pm

Y EL ESFINGE HABLÓ…

(Ensayo)

Por Alejandra Correas Vázquez

Canto al Sol
ooooooooooo

¡Ra triunfa !
¡Oh divino joven,
heredero de perennidad,
engendrado por si mismo!
¡Oh Tú que naciste de Tí!
UNO... Poderoso,
Pluriforme y Multicambiante
Soberano del Mundo
¡Príncipe de Heliópolis!
Señor Eterno...
que soportas la eviternidad.
Todos los Dioses se alborozan
cuando te muestras surcando
el Cielo ... ¡Oh Tú…
Exaltado en la Barca Solar!

(Teología Heliopolitana - Libro de los Muertos)

1 - Promenade

Un radiante mediodía la planicie de Gizhá contemplaba la presencia de un grupo de príncipes egipcios que venían de caza. El sol caía con sus lenguas de fuego rebotando sobre la pulida superficie de las tres pirámides, y la arena semejante a un gran mar amarillo centellaba ante el resplandor del astro rey. Una placidez encantada sumía sus figuras extendiéndose por aquel escenario, donde el coro de voces juveniles cubrieron muy pronto la soledad de la atmósfera.

Ágiles como sus corceles, estos príncipes de Menfis (capital política del norte) recorrían la dimensión arenosa del desierto con la alegría rebosante de su juventud. El bronce rojizo de sus cuerpos contrastaba con la coloración clara de sus vestiduras. El esplendor de la vida emanaba en cada uno de ellos, como canto a la naturaleza. El conjunto era vigoroso. Animados por la caricia luminosa del día expresaban con su plenitud el placer de la existencia. Los temperamentos particulares definían sus naturalezas íntimas.

Uno de ellos —el más joven del grupo— tenía caracteres de notable sensibilidad. Muy delgado, refinadamente esbelto, de elegancia delicada, mostrando una frente alta y abultada que expresaba con soltura su temperamento intelectual. En contraste, su rostro estaba enmarcado por unas orejas pequeñas y adornadas de argollas. Su cabellera morena era muy abundante y la vellosidad le cubría la nuca.

Su ternura se irradia hasta el presente en la sencillez idealista que exhibió en toda su conducta como gobernante, en los sutiles rasgos de sus esculturas y en la “finura única” (palabras de Arthur Weigall) que aún se advierte contemplando su momia.

Con sus manos finas de huesos pronunciados, dirigía aquel día con esbeltez a su brioso caballo. Su gesto aristocrático y altivo sujetaba el mentón sin perder la dulzura general. Nadie habría concebido al contemplarlo que aquel núbil príncipe de delicadeza rayana en lo femenino, pudiese ser hijo del musculoso y cruel faraón Amenofis II, quien estremecía todos los extremos del Imperio Nuevo Egipcio con su sádica y arrogante personalidad.

Pero este príncipe Tuthmosis —de inclinación romántica y mística— no preocupaba en nada a su belicoso padre, pues no era el heredero oficial de la corona. Había un sucesor ya elegido quien era su hermano mayor, siendo el bello doncel sólo un príncipe secundario y libre por tanto, de movilizarse en compañía de sus amigos. Sobre él en aquel momento no recaía responsabilidad.

Tuthmosis era fresco en delicadeza y elegancia como la melodía de esas liras orientales, y aquel paseo de cacería debía tener para él un interés mayor en la contemplación de la naturaleza o de los monumentos de Gizhá, que en la persecución de víctimas de caza. Todo su comportamiento posterior parecería demostrarlo.

El sol caía incandescente y la arena, ardiente como una llamarada, impuso a los jóvenes un intervalo de descanso. Descendieron de sus carros de caza con fatiga y fueron en busca de la sombra, cuyo amparo ofrecían los monumentos. Tuthmosis eligió reposar junto al Dios Esfinge, el dios solar, a quien la arena cubríale todo el cuerpo dejándole sobresalir únicamente la cabeza, lo que alcanzaba una altura de más de quince metros. Su cuerpo se distendió y la quietud llenó aún más de meditaciones, aquel silencio pétreo de Gizhá.

Mientras el país conmovíase con agitaciones sin cuenta, llevado de la mano por su fogoso faraón Amenofis II (hijo de Tuthmosis III), su vástago menor contemplaba la imperturbabilidad del desierto a la sombra de aquellos silenciosos monumentos, que tenían ya entonces más de mil años de existencia. La serenidad del ambiente en aquella siesta sahariana, terminaría por hacerlo caer en un profundo sueño. Sus facciones adquirieron entonces una mayor dulzura y su cuerpo distendido, bello y bronceado, cobró una elegancia especial así dormido a los pies del Esfinge de Gizhá.

De improviso, como un relámpago caído en aquel ardiente mediodía, o como un trueno que invadiera la monotonía del escenario interrumpiendo el descanso, una voz sonora y penetrante quebró la placidez de Tuthmosis :

“¡Alza los ojos y mírame!
¡Oh hijo mío Tuthmosis!”

El príncipe se incorporó con rápida agilidad, extrañado y sorprendido, alzó los ojos como le dijera la Voz buscando con inquietud su procedencia ...pero... ¡Nadie había allí! Ningún personaje real y humano como él, sólo la imperturbable forma pétrea del dios sol Esfinge. Y la Voz continuó hablándole para confirmar al muy asombrado Tuthmosis, que efectivamente provenía de allí ... de El :

“¡Yo soy tu padre! … ¡El Dios Sol!
Y te doy mi reinado sobre esta tierra”

Enmudecido y sin dudar ya, Tuthmosis permaneció sumiso y arrobado junto a la gigantesca figura del Dios Solar de Heliópolis, que le hablaba. Con su rostro pétreo el Esfinge continuó emitiendo su voz en el mismo tono emocionado del comienzo, para transformar toda la existencia de aquel príncipe olvidado y la de la nación entera. Dispuesto a dar vuelta la historia del país del Nilo y a cambiar por completo la vida de Tuthmosis ...

El era hasta ese momento un príncipe olvidado. Alejado de la fastuosa corte tebana del sur, nacido en el norte del país y ajeno a la política guerrera imperante. Pero sin embargo en aquel instante, habíase transformado de improviso, en el …“Elegido” ...Sí… Elegido por el Dios Sol del Egipto, en su figura de Esfinge. Su mensaje continúa grabado en piedra desde entonces :

“Tu estarás a la cabeza de los vivientes adornado de la Corona Blanca y la Corona Roja y estarás sentado en el trono de Geb, el Dios Tierra. El país te pertenecerá a todo su largo y todo su ancho así también como todo aquello que ilumina el ojo del Señor-de-Todo... las riquezas del Bajo Egipto y el Alto Egipto, así como los grandes tributos de todos los países serán tuyos. Todo es para ti... por largos años. Mi apoyo y favores son para ti. Hace muchísimos años que posé en ti mi mirada y mi corazón… Tú de tu parte me protegerás porque tal como me hallo hoy día, me encuentro como enfermo y como ahogado por la arena del desierto que me cubre ¡Atiéndeme y ejecuta mis deseos! Toma conciencia de que tú eres mi hijo y mi protector ¡Ven a mi pronto! Estoy contigo...¡Yo soy tu guía!”

Este no era el primer oráculo ni tampoco sería el último. Los dioses que respondían al monasterio de Heliópolis (On) siempre hablaban desde sus estatuas y tal vez nunca sabremos por qué medios, aunque los estudios modernos revalorizan sus valores acústicos. Los heliopolitanos se extinguieron hace milenios, haciendo un “mutis por el foro” y llevándose al silencio eterno sus secretos. Tal como vivieron y como actuaron. De esa manera el “milagro” de la Voz del Esfinge sería inscripto como un “sueño” del príncipe, para no desprestigiar al heredero elegido por On.

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2 - Heliópolis, La Ciudad Del Sol

El silencio volvió a invadir la soledad de Gizhá mientras el joven, extasiado, tomaba de a poco conciencia de la maravilla que le acontecía. Despacio y con mucho esfuerzo, dirigióse hacia sus acompañantes. No se había preparado nunca para tanta responsabilidad, ni superaba aún el asombro de los sucesos, pero iba a cumplir a partir de allí con empeño y entusiasmo los deseos de su padre, el Dios Solar. Y como comienzo de acuerdo al pedido, limpiar el pétreo monumento de la arena que lo cubría.

El príncipe Tuthmosis era un joven totalmente discrepante en estructura personal, con su padre. No tuvo aquella familia faraónica de la XVIII dinastía en todo su conflictuoso devenir, ningún otro miembro tan exquisitamente dulce y afable. La historia iba a ponerlo como cabecera de un largo movimiento, iniciador de una aventura política —a la vez triunfante y trágica— que habría de culminar más adelante en la revolución de Amarna dirigida por su nieto Akhenatón.

El era sin embargo una personalidad completamente ajena a los conflictos domésticos y políticos de aquel escenario conflictuado, en medio del cual tocóle nacer. Y habíase mantenido al margen de todos ellos, hasta el día de aquella “promenade” en Gizhá. Hasta el momento clave en que sus preceptores heliopolitanos (siempre precavidos) decidieron sacarlo a la luz, como una carta oculta bajo de la manga.

Para tomar una medida semejante, para jugarse el todo por el todo, para no aceptar más concesiones... los heliopolitanos tuvieron que haber pasado por un largo período de dolor. Podemos medir la situación de angustia vivida por Heliópolis, la cual sobrevino luego de la desaparición violenta de su Faraona adicta, Hatshepsut (junto con su arquitecto y amante Senmut). Ambos pacifistas, cuyos soldados desfilaban con ramos de flores.

El estado de represión reinante durante los tiempos guerreros del faraón Tuthmosis III , sucesor y sobrino de aquélla, a la vez que su contrincante. Sumado a ello, las epopeyas sangrientas y crueles (a la par de histriónicas) de Amenofis II, el hijo de Tuthmosis III. Todo este conjunto de hechos colmó la paciencia de los heliopolitanos, lo cual se palpa a través de la actitud definitiva, del corte violento, llevado a cabo por aquellos serenos monjes de On… la Ciudad del Sol

Tradicionalmente diplomáticos y austeros, estos dirigentes no pudieron resistir más al abatimiento absoluto en el cual habíanse derrumbado. La clave de su grito desesperado —cual fue la “voz del Esfinge”— estuvo asentado en los cincuenta y seis años de reinado del dios Montu (Marte egipcio, dios oficial de Tebas) y sus gestas épicas, que habían convertido a la nación del Nilo en una maquinaria de guerra.

Heliópolis calló mansamente —con la fatalista aceptación del Destino que es común a los orientales— cuando Tuthmosis III tomó las riendas del gobierno egipcio, barriendo hasta los cimientos el escenario pacifista y cultural que la gente de Heliópolis creó durante el apogeo de la faraona Hatshepsut y su ministro Senmut. Toleró sin una queja la larga lucha fraticida. Vio llegar a sus antiguos aliados de Medio Oriente como prisioneros, esclavos o rehenes. Contempló la devastación de palacios y templos, la usurpación de estatuas, la aniquilación de las “fuerzas de paz”, que desfilaban armadas de ramos de flores.

Los heliopolitanos eran sencillos hasta lo pueril, por momentos hay una extrema ingenuidad en la forma que daban a sus planteos, en un tiempo casi bárbaro. O mas vale, rodeados de bárbaros indoarios invasores que asolaban medioriente. Pues estaban cercados por esas tribus salvajes, semejantes a los bárbaros que invadieron posteriormente a Roma. En esos tiempos llamábanse: Hititas, Mitanios, Casitas, Hurritas. Al contrario de lo que dijo el pensador “no eran bárbaros los hombres, sino los tiempos”, aquí a la inversa, los hombres eran bárbaros y el “tiempo” heliopolitano, era supercivilizado.

Ellos eran pausados y sabían esperar... Sin embargo ante los atropellos histriónicos de Amenofis II (cómicos de comentar pero crueles de soportar) cuya personalidad podría decirse, sumaba una especie de Calígula con Cómodo, los heliopolitanos a pesar de su filosofía paciente... ”perdieron la paciencia”.

Tuthmosis III había sido un soldado. Dio en todo momento pábulo de ello y logró prestigiar a Tebas (la capital sur) con su cuerpo militar, ofreciendo a la historia hechos de estrategia genial. Sus arengas y tácticas son las primeras registradas por documentos. En Meggido venció una coalición de 330 príncipes orientales, atacándolos por la espalda al pasar con su ejército por un angosto desfiladero. Se la menciona en forma especial como la primera estrategia militar. Los cronistas bíblicos en cambio lo evocarán como el triste recuerdo de Armagedón.

Pero su hijo Amenofis II ya no era un soldado propiamente dicho. Nacido y criado en ese ambiente belicista, burlóse de él tomando la vida como un sarcasmo y por momentos hasta comicidad. Y fue creando un gran teatro de la guerra en sí misma, donde el militarismo de su padre tenía ya muy poco valor.

Tampoco lo era el “Faraonato” como institución, pues él se presentaba ante sus súbditos a un nivel unipersonal, protagonizando hazañas individuales (degollando prisioneros, ganando carreras de remo y tiro al blanco con arco, mezclándose con los atletas), con el sólo fin de que lo admirasen.

A su favor diremos que fue democrático, haciéndose ver como un hombre más, como un egipcio igual a todos, y sin duda tuvo su amplio núcleo de seguidores y amigos propios. Tal como después haría Nerón, a quien el pueblo romano apoyaba y amaba porque mezclábase en sus francachelas.

Fue una especie de Nerón en su sadismo y sus ansias de descollar, pero sin el interés cancionero de éste, ya que no tocaba el arpa. Su biografía llega a ser hasta ingeniosa, pero no por ello menos cruel. Gustaba ser el propio verdugo de los condenados. Desprestigió a Tebas y le hizo perder a esa austera ciudad militar sus adherentes, su fama, su notoriedad y el respeto, por lo cual finalmente le quitó todo apoyo. Las naciones de su tiempo en su esfera de acción, sufrieron muchísimo a su paso, por dentro y por fuera de las fronteras, en todo el ámbito interno de Egipto tanto como en el imperial.

Una situación insostenible convenció a los mesurados monjes de On para dar el gran salto que los convertiría —con el devenir del tiempo— en los directores absolutos del Egipto. Pues Heliópolis estalló de improviso (a pesar de su pasividad interna) transformándose su angustia en un grito desesperado … Cual fue :

¡La Voz del Dios Sol Esfinge!

Ellos muy poco expresaron sobre su complejo pensamiento. Mantuvieron un claro hermetismo en todo momento …¡Pero algo escapó a su cerrado engranaje!... Existen teorías que sostienen que el mensaje cristiano tuvo su origen allí. La aldea de Matarieh —mencionada en los Evangelios apócrifos donde se refugian José, María y Jesús al huir de Judea— es precisamente el nombre que llevaba Heliópolis en la época romana.

Podemos decir que el pensamiento heliopolitano apenas asoma en forma sintética por las inscripciones. Tampoco dejaron ninguna queja escrita de todas las represiones sufridas por ellos. Nunca tomaron venganzas violentas como lo hizo Tebas, ni borraron de las “listas reales” a los faraones opuestos a su sistema, como sí hicieron en cambio los tebanos. Sus rivales de siempre. Ni tacharon sus nombres de los monumentos raspándolos, como es sabido hicieron los contrarios.

Fueron medidos, discretos, diplomá¬ticos y supieron callar más de una humillación …¡Pero en cambio actuaron!... Con pases magistrales cubrieron los caminos hasta lograr su objetivo. Sin crímenes ni ejércitos. Sin lapidaciones ni destrucción de monumentos. Sin violencia, ellos digitaron la políti¬ca del Nilo hasta cambiar toda su historia.

Eran hombres esencialmente culturales. Monjes de antaño. Cuando uno se adentra en su personalidad, en la medida que los papiros nos permiten indagarlos, comprendemos ese notable humanismo que pusieron de manifiesto, frente a los demás hombres de su tiempo. Y quizás en una amplia proporción, también del nuestro.

Los monjes de Heliópolis eran intelec¬tuales, no personajes románticos. Poseían una naturaleza templada por la fuerza mental. Traían un mensaje y deseaban concretarlo, llevarlo adelante.

Sobre la ribera izquierda del Nilo levantábase su monasterio que era el nervio más antiguo de la tierra egipcia, entroncando su origen en el predinástico. El pabellón heliopolitano flameaba ya antes de Menes, el fundador del Egipto dinástico. Era On por tanto anterior a los Faraones, asumiendo su papel de mentora espiritual y dirigente política del norte, del Delta, del Bajo Egipto, de las pirámides, del Esfinge.

Pero vivía en esos tiempos difíciles sometida a los ultrajes de Amenofis II en un letargo silencioso y aguardante.… ¡hasta el momento marcado por la “Voz”!

Con su pasiva filosofía exquisitamente oriental, dentro de la cual hallábase sumida después del revés político, de las trágicas derrotas que le proporcionaran los ejércitos de Tuthmosis III, supo esperar hasta hallar el momento propicio para lanzarse en una nueva empresa, y transmutar al mundo de su época en un programa internacional. Este monasterio llamóse On para los egipcios como figura en el texto bíblico, pero es Heliópolis para nosotros que heredamos la tradición griega, o más vale la interpretación que se le dio en Alejandría bajo los Ptolomeos.

Pues Helio es Sol y Polis ciudad en lengua griega. Los griegos y en especial los alejandrinos fueron hombres de razón y explicaciones. Ellos descubrieron su “secreto” para entregarnos a nosotros, llamándole: “Ciudad del Sol”. El cual ahora repetimos con toda naturalidad, pero que en los textos de época egipcia o hebrea, no aparece claramente explícito. Sin embargo toda la política heliopolitana llevaba hacia el astro rey, hacia Ra, que más adelante se mostrará con la más pura forma geométrica de la esfera y del círculo : ATON.

Tenía Heliópolis una ciudad gemela en el sur de ese país doble, llamada On del Sur. Tal cual era la nación misma egipcia: Bajo Egipto (norte) y Alto Egipto (sur). On del Sur tendrá muchísima importancia en el futuro, en tiempos de Akhenatón.

Nos enfrentamos con el silencio, con el ocultismo heliopolitano, con el hermetismo. Pero la iconografía y los murales, tanto como los papiros, muestran el pensamiento heliopolitano. Es un modo existencial expuesto con claridad, que busca el placer de vivir. Las teorías griegas mal interpretadas por Occidente de hedonismo y epicureismo, llegadas a Grecia desde Asia Menor, tienen su origen allí.

La iconografía lo manifiesta. Sea el verter cerveza en una copa, sea el desarrollo de fiestas públicas, sea el incremento del decoro y hasta del lujo, sea el desfile de soldados con ramos de flores, sea la pomposidad o la naturalidad... Con Heliópolis todas las posibilidades expresivas y vivenciales quedan manifiestas. Es una búsqueda de la existencia. Un derecho a la vida plena. Una estética del vivir en armonía entre los distintos pueblos.

… Tal su búsqueda.

Como también se agrega en este Egipto que llega con la Voz del Esfinge : el mejoramiento de las condiciones vitales para las clases más necesitadas, la disminución de la esclavitud, la admisión de la individualidad de los artistas, la buena convivencia con los pueblos vecinos. Una lucha y esfuerzo continuo por este ideario, con triunfos de sus premisas y también derrotas.

Como si a través de los milenios —en este país que duró tres milenios— se hubiese tratado de una sola persona, el esquema que une como columna vertebral a todos los príncipes heliopo¬litanos (apasionados adeptos de On) y que está en el substrato del conjunto de ellos, es este concepto de vida que nunca varió. Como una ley única e inmutable. Sólida. Lograrlo fue el propósito revolucionario que conmovería a la nación del Nilo de manera definitiva, hasta el final de la dinastía XVIII, detrás de la Voz del Esfinge.

Desde el mismo día siguiente —y a partir de allí— los monjes heliopolitanos con sus políticos y reyes propios habrían de exponer a la vista de todos sus contemporáneos, en una eclosión brillante, su juego de cartas completo. De ahora en adelante no harán más concesiones. El hecho mismo de resucitar del pasado y del olvido a su antiguo Dios Sol (haciendo a un costado sin titubeos al sureño Amón y su clero guerrero) es una confirmación definitiva de su acceso al poder. Un poder de estado diagramado por On …

O sea, absolutamente pacifista.

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3 - El Elegido

Educado en su patria materna con capital en Menfis¬ (Bajo Egipto) al norte del país, de donde era su madre la princesa menfita Tihi, era este príncipe Tuthmosis el depositario de todas las esperanzas de Heliópolis. Iba a tocarle en suerte ser el realizador de una ideología que permanecía latente y estable, tanto como oculta, en el espíritu liberal de On.

Su vida habíase desenvuelto hasta aquel momento, silenciosamente, ajena a los acontecimientos de Tebas en el sur (Alto Egipto) donde residía el cuerpo de gobierno y donde su padre, Amenofis II, convulsionaba todos los ánimos con sus ímpetus fogosos y crueles..

Es evidente que ignoró hasta aquel momento los móviles de la política nacional, que se tejían alrededor suyo. Pero también se halla bien claro, que aquellos monjes progresistas de On lo eligieron por sus aptitudes naturales, su talento, sus cualidades intelectuales y por su naturaleza inclinada a lo espiritual. No era fogoso sino cauto. No era brillante sino fino. Se lo respetaba sin que él lo exigiera... Y el país lo necesitaba.

Fue muy amado. Lo manifestaron los propios, los amigos y los vecinos. Y lo amaron especial¬mente sus maestros, los heliopolitanos, quienes preparáronlo para un cargo profético, al que Tuthmosis IV iba agregar su genio de notable estadista. La corte tebana no lo conocía, pero nunca en adelante habría de olvidarlo. Con su llegada a Tebas una vez entronizado como Faraón, el destino de Egipto iba a cumplir su misión ante el mundo. La dinastía XVIII había madurado. De ella nacerán nuevas ideas y nuevas naciones, con nombres diversos, y pueblos distintos cada uno con un destino propio.

En aquel luminoso mediodía de Gizhá, engalanado de juventud, donde el Dios-Sol-Esfinge lo eligiera, este príncipe hallábase sumido en sus pensamientos, muy distantes a los devenires que le aguardaban. Las aventuras violentas de su padre, el Faraón, estaban ausentes de su mundo interno.

Lo único que el jovenzuelo pareciera haber heredado de Amenofis II, es el gusto por la vida al aire libre. Pero aún esta simpatía equivalente, tenía matices opuestos. Incluso su propio padre había reparado muy poco en él, ya que era un descen¬diente educado en el norte, en Menfis, en el Bajo Egipto, hacia donde bajan las aguas del Nilo. Mientras que su padre tenía su residencia en Tebas, al sur (donde vivía la corte y la sede de gobierno con el clero guerrero) en el Alto Egipto. O sea, Nilo arriba.

El papel que este joven recientemente ingresado a la política como Elegido por el Dios Sol habría de representar, a partir de entonces, estuvo muy por encima de sus ambiciones y metas. Y llegó hasta aquel sitial de los elegidos por imposiciones ajenas a su voluntad y sus decisiones. Estas en realidad estuvieron en manos de sus preceptores heliopolitanos, tanto como en la fuerte personalidad de su madre, la reina Tihi, dueña de una belleza particular y retratada con frecuencia a su lado. No fue reina en tiempos de Amenofis II, padre de su hijo, y sí lo fue con marcada frecuencia cuado su vástago ascendió al Faraonato.

Este príncipe había vivido hasta aquel momento distante de las ambiciones faraónicas, consciente de no ser el heredero oficial de la corona. Libre de responsabilidades mayores. El dedicaba su fresca existencia a las emociones contem¬plativas del espíritu, que habrían de acompañarlo toda la vida. Y al encanto por la vida al aire libre que lo fascinaba, o a la lectura de jeroglíficos en los cuales basó desde el comienzo su preparación intelectual. Pero Heliópolis decidió otro futuro para su destino. Un destino netamente político.

Tuthmosis IV tenía en ese momento veinte años brillantes de juventud y hallábase en pleno goce de sus fuerzas, con todo su fuego interior, para llevar adelante el Faraonato. Como Alejandro Magno cuando cambió al mundo en plena juventud, también este núbil faraón hará en plena juventud una obra inmensa.

Y se despedirá de la vida sin llegar a edad adulta (igual que Alejandro) después de haber cambiado todo su entorno internacional, para permanecer siempre joven, idealista y altruista. No iban a tocarle los golpes de los años y por tanto no conoció ni desilusiones ni fracasos. Sólo conoció ilusiones en los hombres que lo rodeaban y en las obras que concretó, a paso firme, con su voluntad y su conciencia. Con el planteo de Heliópolis es bien cierto, pero con su propia energía, con su estilo propio, siempre generoso y juvenil, tal como nos dejó… Dejando además un brillante mensaje de paz.

El programa de gobierno durante su reinado evidencia una vez más, el proyecto que como Nación y Estado tenía el partido que lo había elegido (y que venia repitiéndose desde el Antiguo Imperio, cada vez que On asumía la jefatura). Pero además de esto el sello que este príncipe menfita —devenido en faraón Tuthmosis IV— daría a su período de reinado, iba a quedar marcado por su impronta personal, resaltando su innegable fineza, su inclinación a los valores artísticos y a la igualdad entre los sexos. Surge un gran protagonismo femenino (madre y esposa), novedades que a él lo caracterizan. Sin estos cambios no habría tenido en el fututo su papel protagónico, la hermosa Nefertiti.

Un idealismo espiritual que se manifestó en todos sus pasos y que concretó en sus obras realizadas. Su naturaleza lo llevaba por un camino especial, arrojando esperanzas por doquier. Poseía un humanismo propio, con el cual iba jalonando a su paso, como flores vivas, méritos propios. Flores que más adelante serían recogidas en ramos completos por su nieto Akhenatón, pero que fueron gemas sembradas ya por él, por este príncipe menfita olvidado y desconocido en un principio.

Cuando su padre Amenofis II fuera embalsamado y depositado junto a su glorioso arco de asta (el único amigo verdadero que él tuvo) se enterraba con él definitivamente, a toda una época belicista hasta el final de la dinastía XVIII. Fue así que Tuthmosis IV recibió en sus manos la herencia violenta que le dejara su padre, o sea un reino sarcástico y sádico. Pero al que él iba a transformar en un reino pacifico, humanista y de artistas.

Lo hizo con energía y muy rápidamente, como siempre actúa la juventud. Con breves procedimientos el país puesto en pie de guerra y en epopeyas de conquistas por medio siglo (donde una y hasta dos generaciones enteras de egipcios no conocían otra cosa de la vida que el combate) sería ahora y con prisa, transmutado en una nación nueva, en un mensajero de paz por todo su escenario internacional.

Egipto transformóse por intermedio de este joven faraón, no sólo en un estado pacifico, sino también en un estado profético. Anunciaba un devenir. Quizás no lo tenía completamente diagramado, porque recién se iniciaba, pero lo proponía. Lo profetizaba. Lo comunicaba. Tuthmosis IV era su profeta. Más adelante su nieto Akhenatón (quien tanto se le parecía) sería el Mesías. El salvador que iba a llegar para formar “hombres nuevos” para una vida nueva. En los dos se trasunta un fuego interior, por la energía con que emprenden sus actos, con que transmutan el mercurio. Con esa fe asombrosa y con la rapidez de la juventud.

Nada detendría en adelante a Tuthmosis mientras viviera. Era un político joven que había ganado una elección (porque los reyes orientales pasan “elecciones”, no heredan en forma automática) y estaba dispuesto a cumplir todas sus premisas.

Detener una maquinaria de guerra es más difícil que montarla. Como lo comprobarían más adelante los césares romanos Augusto y Adriano, en sus proyectos de paz y las dificultades que debieron soslayar. Fue así que la nación egipcia puesta en pie de guerra, bajó sus armas y propuso la paz. Se abrió al mundo. Antes de esto Egipto habíase convertido en un ejército que vivía del trabajo de los vecinos vencidos, y sólo producía soldados… Hasta que habló la “Voz” eligiendo a Tuthmosis IV.

El ejército lo aguardaba apenas asumió como Faraón, para ponerse al frente suyo como General … Pero con gran sorpresa lo vieron llegar a la frontera con su aspecto elegante y delicado, para comenzar una larga caminata por Medio Oriente donde sometió a sucesivos pactos de paz, tanto a sus soldados como a sus vecinos... ¡La gran nación otrora invasora y vencedora, ya no guerreaba!... Egipto con todo su ejército, encabezado por el joven faraón, ahora exigía la paz. Ordenaba a sus vencidos la paz. Concretaba la paz…

Paz que habría de durar un siglo, más tiempo aún que la Pax Octaviana. Trae al recuerdo esta campaña al frente de un ejército poderoso y con un Faraonato recién asumido, a las campañas militares del Inca, las cuales eran de civilización y paz.

La forma inmediata como esta paz se produjo demuestra que lo hizo con firmeza. Que tenía un carácter resuelto y aplomado, como todo intelectual. Y ante todo, que sabía hacerse obedecer.

Poseía capacidad de convicción sobre propios y ajenos. De aquí en más los vecinos de Egipto dejarían de ser los vencidos, para transformarse en amigos. El dulce faraón Tuthmosis IV, de delicado rostro, tenía una sola palabra y cuando estaba convencido de ella, de su razón, de su justicia, de su Maat (la Justicia-Verdad egipcia) era inamovible. Indoblegable en una decisión tomada. Se desprende ello, al observar el hecho de que su programa no tuvo retrocesos. Ni altos ni bajos.

El mismo país que había traído la guerra más de cincuenta años antes, expandía ahora la paz por el concierto de naciones conflictuadas. Quizás también podemos agregar, este siglo sin guerras que se iniciaba con el príncipe heliopolitano coronado, ha sido prácticamente el único en esa región guerrera del Medio Oriente, zona de un clímax por demás bélico también en nuestros días, el siglo XXI d.C.

Pero aún hacía falta que esos pueblos cultos, antiguos y ultrajados del Medio Oriente, creyeran en él. Confiaran en este muchacho elegante, intelectual y fino, que hablábales con pocas palabras (pero bien concisas) de un devenir distinto. De una nueva alborada. Se necesitaba no solamente temple y valor para presentarse ante las cortes antaño enemigas, en su gira medioriental. Era necesario también a la par, poseer un discurso claro que convenciera. Que tornara aliados a quienes habían aprendido a odiar. Pues no había nadie más odiado que un egipcio en ese momento, por todos los países vecinos. Y él era su Faraón.

Pero Tuthmosis IV lo logró magistral¬ y personalmente. Con su firme convicción. Los visitó. Les habló. Les explicó. Y regresó con pactos de paz que iban a durar largamente. Para luego, de este modo, instalarse tranquilamente en el gran palacio de Tebas (sede del gobierno) ciudad antaño belicista pero ahora trocada en pacifista, con un joven Faraón tranquilo y satisfecho. Y dispuesto a reorganizar su país, emprendiendo con sus súbditos una era de trabajo continuo y provechoso.

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4 - PAX

Egipto no debía ser visto más como un país destructor, como un conquistador, sino como un constructor. Como la esperanza de todos. Y allí estaba este muchacho faraón, muy joven, imbuido de emociones y proyectos, para lograr concretar tales propósitos: Hacer obra. Respetar al vecino. Convivir. El empuje guerrero se detiene y por contraparte sus construcciones se hacen notar. Es el concepto faraónico que ha cambiado, no sólo el rey. No es un traspaso de corona, es una transmutación de forma de vida.

Nuevos acuerdos con los países asiáticos (una vez suspendidas las hostilidades) enriquecieron el escenario local. Nació una nueva vida social para Egipto, o más vale retornó. La corte volvió a ser bulliciosa, alegre y mundana. Los hombres de Kemit (nombre egipcio de Egipto) se alejaron de la violencia para penetrar en un horizonte nuevo que buscaría por mucho tiempo, el diálogo humano.

La política de On es contraria a la de Tebas. No oprimirá a los asiáticos con ejércitos, sino que establecerá un intercambio permanente, donde la propia prosperidad de los mediorientales, habrá de enriquecer a Egipto. En adelante el Medio Oriente y el Nilo formarán una solidaridad de intereses comunes tan estrechamente aunada, que parecerán una sola nación. En literatura, en artes plásticas, en arquitectura, en agronomía. Y así, echadas las bases de esta sociedad de naciones, sólo faltaba esperar.

El gusto por la vida vuelve a invadir los palacios, y el pueblo alejado de los cuarteles retorna al taller y a los campos de labranza abandonados, en busca de una prosperidad diferente …¡A producir!… ha dicho el joven faraón, con su firme convicción. Tal como actuó por la paz, con otro rápido giro —que sin duda estaba en su estilo personal— logró que sus compatriotas pusiéranse manos a la obra. Era ya tiempo y había prisa. Hay siempre mucha prisa en Tuthmosis IV.

Los maestros artesanos reciben nuevos discípulos y el trigo inunda otra vez la tierra fértil de las crecientes. Aquella numerosa masa de gente que ahora resta desocupada —al desintegrarse el ejército conquistador— tiene que ser utilizada en un tiempo breve. El comercio internacional se pone en marcha a toda prisa. El Nilo debe colocar en el mercado exterior el exceso de productos que produce esta nueva sobreabundancia de obreros.

Todos los países se movilizan para establecer aquel Mercado Común, que será la base de la paz futura. El Medio Oriente liberado de acosadores emerge a su vez con nuevos bríos, para ponerse a tono con el nuevo proyecto. El escenario del Nilo ayudaba a crear una atmósfera propia de reinado de Las Mil y Una Noches. La paz establecida con los países asiáticos determinó una nueva situación, para la multitud de orientales dispersos anteriormente por Egipto, en calidad de rehenes y esclavos de guerra. O de cautivos cultos, como los que después tuvieron los romanos por los mismos medios.

Y comenzarían ellos a prosperar junto a las crecientes del Nilo, como parte de la misma nación. Esto recuerda a la liberación de los esclavos realizada por el Zar Alejandro II, donde muchísimos judíos —que eran mujiks— se convierten en burgueses. Si tenemos en cuenta que en este período los hebreos bíblicos aún están en Egipto, no nos cabe duda que hay analogía con la Rusia zarista de finales del siglo XIX.

Era la propia Tebas, la eterna enemiga de los asiáticos, quien los había reintroducido en forma obligada y en número considerable, al esclavizarlos. Los orientales vivían ahora con propiedad en el Nilo, cuyos anteriores faraones guerreros los habían “hospedado” a la fuerza, como cautivos. Pero ahora con el nuevo tiempo, ellos prosperan y pesan inevitablemente, influyendo con sus formas culturales que se entrelazarán junto a las egipcias. Las ironías de la historia son más sarcásticas que las de los hombres. Y el Asia tejió a través del odio tebano, su cinturón de oro y plata sobre la ribera del Nilo.

La vida se torna tan sutil como el arte. Una exteriorización de manifiesta alegría cubre el escenario. El ritmo mundano inunda la extensión cotidiana egipcia. Los cortesanos aparecen en las reuniones luciendo lujosos tocados y exóticos vestuarios. Este clímax encantado nos habla de Paz. Una paz enmarcada por la política de On y la calidad personal de su propio monarca. 0 su monarca propio. El parece responder a su época y su época a él.

Es la época de Heliópolis, en su mayor esplendor. Y esta identidad de “época y faraón” se ha logrado porque este joven es en sí mismo, el producto de su educación heliopolitana. Y además de ello, porque debido a sus condiciones especiales, fue seleccionado entre los príncipes propuestos para la herencia del faraonato.

Estamos ante un conjunto cultural nuevo. Es indudable que se hallan planteadas solamente las bases para la futura evolución del país, sobre dichos esquemas. Pero hay que hacer resaltar el contenido convulsionante de todo el período, y la sensibilidad espiritual de Tuthmosis IV, de profundidad notable.

Con posterioridad a él, tanto su hijo como su nieto —Amenofis III y Akhenatón— lo superarán como intelectuales y revolucionarios. Pero él demuestra una audacia en el carácter que lo arroja a los cambios más asombrosos, junto a una dulzura exquisita, que cautiva al primer instante.

El movimiento que él había encabezado y del cual se hizo responsable, era fundamen¬talmente teológico con la presencia inicial del Dios-Sol-Esfinge. El sol para todos los vivientes. Ra triunfante. La contra respuesta al imperia¬lismo conquistador y esclavista de Tebas. Y en su conclusión final el proceso iniciado por Tuthmosis IV sería social y humanístico a ultranza.

Esto nos hace comprender el valor precursor de nuestro príncipe menfita devenido en faraón, y su papel político de iniciador de toda una empresa. Contó para ello con la base de operaciones que representaba Egipto, como punto de convergencia en aquel escenario de naciones. El Nilo ya no era más un país aislado, pues habíase ahora transformado en el foco concordante que unía a una multitud humana internacional, de la cual el Faraón era su responsable absoluto.

Kemit (Egipto) se había convertido en el centro de conjunción del Antiguo Oriente. Su posición dentro de este panorama abierto de múltiples naciones, adquirió una envergadura antes insospechada. A los orientales sumábase también el país negro de Nubia-Kush, muy importante en su tiempo. Egipto era ahora el heredero, con fundamentos, de una historia que se retrotraía hacia los milenios. Por lo propio y por su vecindad. Por el juego diplomático. Por las embajadas continuas que reemplazaron a los ejércitos.

Todo lo cual hacíale desarrollar su existencia actual, en un presente cosmopolita. Aamus, kemitas y kushitas (o sea orientales, egipcios y africanos) convivían y centralizaban su referente en el Nilo. Pensadores o artistas. Doncellas o embajadores. Políticos o místicos. Comerciantes o remeros. Artesanos o labradores. Industriales o pescadores. Pastores o músicos. Albañiles o bailarines. Herreros o cazadores. Serán ellos los dueños del destino de Kemit. Hay un gobernante que ha dado vuelta las barajas y la sociedad tiene su turno. Ya no habrá retroceso. El país les pertenece. La insularidad de Egipto ha terminado.

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Ars Longa Vita Brevis

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