Ensayo: El Paseo de Chapu

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juan129
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Registrado: Vie Jul 25, 2008 1:48 am

Ensayo: El Paseo de Chapu

Mensaje por juan129 » Vie Jul 25, 2008 1:57 am

El Paseo de Chapu

Tenia ya crispados los nervios por los incesantes ladridos de mi perro y por sus intentos de impedirme jugar al winning eleven al arañarme el brazo con sus pequeñas garras. Apagué la computadora, intenté encontrar sin éxito la correa por lo cual decidí llevarlo suelto. Bajé por el ascensor y salí a la calle; Chapu empezó a correr entusiasmado por toda la cuadra. De pronto, se me viene a la mente una brillante idea, ¿por qué no llevar a mi desdichado perro al parque que está cruzando la avenida? Evidentemente no lo pensé demasiado, y haciéndole un gesto a Chapu emprendimos viaje.
Ya dentro del parque podía divisar las sonrisas de los niños corriendo, la energía de los muchachos que jugaban un picado de futbol, el frenesí de las fogosas parejas acurrucadas en la vera del arroyo. Todo este escenario se presentaba ante mis ojos mientras le lanzaba ramas a Chapu, que con obediencia las buscaba y las traía a mis manos. De repente me invade una especie de recelo al contemplar la dicha de todas esas personas, sentía que estaba afuera de todo, que la felicidad de aquellas personas contrastaba con mi estado apático y sombrío. La atmosfera me era completamente ofensiva y hasta por momentos insoportable. En eso Chapu ataca a otro perro, los dueños del animal me miran con desprecio, entonces atino a separar a mi perro y a salir de ahí cuanto antes. Con mi perro sujeto a la correa me lanzo en una caminata por el parque tratando de escapar, recorro varios metros con el ánimo totalmente ofuscado y con un gesto de amargura en mi rostro que en vano procuraba disimular. De repente al cruzar una calle veo que todo se disipa. Había llegado hasta una fuente en donde, casi mágicamente, el escenario había cambiado por completo. A los costados de la enorme fuente visualizo varios bancos que estaban ocupados con gente. Pero esa clase de gente no era la de antes ¡para nada!, se trataba de personas solitarias que estaban sentadas cada una pensando en vaya Dios a saber qué. Entendiendo que ese lugar vendría a sastifacer mi espíritu bohemio, me senté al costado de la fuente y empecé a observar el nuevo ambiente. Había una estudiante atareada con una multitud de apuntes en sus manos, un joven musculosos con una gorra coya que miraba detenidamente un pájaro, una chica sentada bajo un árbol que cabeceaba al ritmo de música electrónica en su mp3, otro hombre con rostro corroído por una, seguramente, muy exigente jornada laboral. Todos estábamos en nuestro mundo, reinaba la paz absoluta en el ambiente, nadie hablaba pero en ese momento no hubiese sido nunca necesario ya que através de las miradas nos comunicábamos de una forma extraordinaria. Todos compartíamos algo, y era nuestra soledad. Nadie tenia vergüenza de mostrarse solo, es más, hasta creo que en algún punto estábamos todos orgullosos de estarlo. Estábamos solos pero al mismo tiempo unidos en ese sentimiento tan desgarrador. Tal era mi asombro por este extraño lugar que desistí en mi idea de escuchar música por mi mp3 y, casi sin meditarlo, encendí un cigarrillo, cerré los ojos y me conforme con el tranquilizador sonido del agua cayendo por la fuente. Estuve alrededor de 5 minutos así, disfrutando de esa música tan esperanzadora para el alma. Gran sorpresa me causo abrir los ojos y ver a un mugriento perro callejero que con su mirada perdida estaba observando tan disparatada escena. Me disguste y estaba por rechazarlo hasta que en un asalto de misericordia pude descubrir que ese perro también formaba parte del ambiente, era un colega, un miembro más de esa extraña convención de solitarios de la que estaba formando parte. Lo mire como quien mira a un compañero de desgracia, con una rara mezcla de ternura, lastima y comprensión. Le tendí mi mano y lo acaricie suavemente, a lo que el animal respondió con unos desagradables lengüetazos en mi brazo que, de todas formas, acepte gustosamente. Ya era hora de irme. Sujete la correa de Chapu y me levante echando una última mirada a ese extraño lugar y a sus habitantes. Emprendí el regreso con una especie de melancolía anticipada al saber que estaba a punto de abandonar aquel rincón de Nueva Córdoba en donde reinaba exclusivamente la soledad.
En síntesis, me encanto ese lugar aunque en el fondo de mis pensamientos deseaba nunca más tener que volver.

Juan Lobos

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