TSUNAMI, JANET Y LA GUERRA

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David Gómez Salas
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TSUNAMI, JANET Y LA GUERRA

Mensaje por David Gómez Salas » Lun Oct 12, 2009 1:11 am

“Apilamos los muertos en la Avenida Héroes, muertos también nosotros, sin tiempo para el llanto, muertos nuestros afanes, hundidos en el lodo, bajo un cielo ofensivo sin siquiera una mancha”. Juan Domingo Argüelles.

Me resistía a escribir sobre el Tsunami, porque ante el dolor que causó a millones de personas, sentía que lo único que podía hacer era ayudar económicamente a los sobrevivientes. Pues las palabras no sirven en estos casos.

No puedo reír con las bromas que leo en los periódicos o en Internet, sobre el Tsunami. Por el contrario, me hacen recordar continuamente los daños que causó el Huracán Paulina en Guerrero y Oaxaca; y también me hacen recordar los relatos sobre los daños que provocó el Huracán JANET en el sur de Quintana Roo.

El 29 de septiembre de 1955 azotó al sur de Quintana Roo, el ciclón JANET. En esa época no había sistema para alertar a la población, no había operativos para desalojar la población de las zonas de peligro mortal; ni había programas de protección civil para alojar a las personas en refugios anticiclónicos. Así que JANET destrozó y desapareció la ciudad de Chetumal.

Arrancó árboles con todo y raíz, levantó casas de madera y por supuesto desprendió los techos de lámina que como en todos los ciclones, vuelan sobre la ciudad amenazando cortar a quien se cruce en su trayectoria. Las personas mueren ahogadas, aplastadas ó cortadas. Para describir los sentimientos que provocan estas desgracias, reproduzco a continuación la mayor parte de un poema de Juan Domingo Argüelles llamado: “Avenida Héroes”.
“Aquí estaban los muertos -dijo mi padre- y el rugido del viento era un mar en el cielo. Entre el estruendo turbio caminábamos, entre ruinas, escombros y sueños derribados. El oleaje buscó playa en las calles; barcos eran las casas ya rotas sus amarras. Aquí murió aquel hombre mientras salvaba su porvenir, en medio del desastre; aquí quedó su cuerpo, tronchada la cabeza por lámina silbante, como machete ciego.”

“El aire trajo muerte con su cauda ululante y cortó limpiamente los hilos de sangre. Fue la noche mas larga de septiembre: negro el cielo y JANET rompiendo diques, luego el amanecer lento como una nube.”

“Apilamos los muertos en la Avenida Héroes, muertos también nosotros, sin tiempo para el llanto, muertos nuestros afanes, hundidos en el lodo, bajo un cielo ofensivo sin siquiera una mancha.”

“JANET tiene la edad de una mujer madura, pero nadie se llama JANET en estas tierras. JANET es un recuerdo como llaga ardiente para quienes entonces quemaron los escombros. Aquí se desplomaron los árboles más gruesos. Después vino el silencio que cayó sobre todos, más fuerte y espeso que el huracán mas fuerte.”

“Fundamos la ciudad -dijo mi madre- sobre el espanto y los recuerdos; otra vez fue crearla porque no había ciudad donde una vez hubo ciudad. Lento es el viento hoy, débil de tan humilde mueve las ramas y las acaricia. ¿Para que recordar aquella noche, para que convocar esa mañana?”

“Nunca he visto un muerto- dijo entre risas el loco de entonces: el que perdió los hijos y la memoria, y entre toses de guaro habla solo y olvida, ya libre del recuerdo, ya triunfador por siempre sobre la muerte.”

Creo que solo las guerras despiertan tanta desesperanza y tristeza, tal como lo ilustra un epitafio literario tomado del libro de Luis Miguel Aguilar, titulado Chetumal Bay Anthology, que presento a continuación:

“Yo vi morir de hambre a mis hijos, durante el sitio que tendieron los ingleses en el Líbano, es una zona estratégica, -se dijo-. A los cuarenta días de sitio mi pueblo era un infierno, habitado por locos, muertos, ratas y perros; acechantes, medradores y comestibles a la vez. Fui enterrando a mis hijos uno a uno, cubriéndolos con piedras y desechos, porque los perros desenterraban a los muertos para comérselos en ese infierno inverso.”

Nada deseo agregar, sobre el tsunami, ciclones, terremotos, guerras y otros desastres. Los considero temas tristes, que solo vale la pena abordar sí sirve para promover la solidaridad y la humildad. Para que no confundamos el bienestar que disfrutamos individualmente, con insensibilidad.

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