La isla de las cuchillas

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malvadoduku
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La isla de las cuchillas

Mensaje por malvadoduku » Sab Jul 07, 2012 3:34 pm

Naufragamos en los rompientes de una ignota tierra, pues navegamos a la deriva durante muchos días; en alta mar nos sorprendió un misterioso gas que nos adormeció por completo, como en un letargo parecido a la muerte. Por desgracia la doctora Evelyn no pudo despertar, y ya en descomposición, tuvimos que arrojarla por la borda muy a nuestro pesar. Me llamo Eduard, y mis compañeros se llamaban Alfred y Guilfred, siendo los afortunados náufragos. Decidimos adentrarnos, explorar aquellos predios desconocidos y muy posiblemente salvajes. Había muchos árboles frutales, y saciamos nuestro hambre y nuestra sed acuciantes. También encontramos una pequeña laguna de cristalinas aguas, y nos bañamos con enorme regocijo. Tras una hora de descanso, continuamos explorando el interior. En un momento dado oímos como unos cánticos, aunque bastante lejanos. Guilfred abogó por retroceder, pero yo y Alfred decidimos continuar; Guilfred no se separó de nosotros por no quedarse solo. A cada paso que dábamos, aquellos cánticos se hacían más fuertes y tremebundos, enloquecidos, como emanados por gargantas endemoniadas. Llegamos a una pronunciada loma, y ya en la cima, lo que divisamos nos hizo quedar atónitos, pues en un gran círculo de arena, contemplamos un nutrido grupo de nativos negroides, vociferando innombrables cánticos, y saltando como posesos, despegando sus desnudos pies del suelo más de un metro; por su puesto que no podíamos comprender el motivo de aquel blasfemo ritual, ni de sus portentos saltarines. Más alucinados nos quedamos, cuando de repente empezaron a salir del suelo, unas enormes, delgadas y afiladas cuchillas resplandecientes, las cuales desaparecían y volvían a surgir ya ensangrentadas con vertiginosa velocidad, al igual que iban cayendo aquellos desgraciados ya sentenciados nada más ser concebidos, no quedó ni uno vivo, ni siquiera mal herido. Nos quedamos pálidos y empavorecidos.
Por supuesto que decidimos retornar a la playa para intentar salvar nuestras vidas en gravísimo riesgo. A pesar de ir sin demora, no dejábamos de mirar por donde pisábamos, tal era nuestra psicosis por las atrocidades contempladas in situ. Llegamos a la laguna, y Alfred se detuvo para beber un poquito; yo y Guilfred le gritamos que ni se le ocurriera acercarse tanto, pero por desgracia, nada más arrodillarse y coger agua con las manos unidas, por abajo de su barbilla entró una larga y afilada cuchilla que le salió por la tapa de los sesos, ambos quedamos petrificados por tan horrendo episodio. Pensamos, que si nos movíamos podíamos correr la misma suerte mortal. Como no teníamos otra opción, continuamos nuestro camino, conscientes de quedar ensartados en cualquier momento.
Llegamos a la ansiada playa al borde de un ataque de nervios; teníamos que llegar a los tablones sí o sí. Le comenté a Guilfred que avanzáramos con suma cautela, cuando de repente, mi amigo cayó de bruces al atravesarle una enorme flecha la cabeza por la nuca. Me giré espantado nuevamente, y vi a menos de doscientos metros un nutrido grupo de nativos también negroides, pero emplumados y pintarrajeados, armados con arcos y flechas. Seguidamente el cielo se nubló por la lluvia de flechas que se me avecinaba. Corrí, corrí como un loco y alcancé el agua, aunque recibiendo cinco flechazos, pero con fortuna, en ninguna zona vital, y sin que me impidiera nadar, nadar y nadar lo más rápidamente que podía en mi lamentable estado. Al fin subido a un considerable tablón miré la costa, y aquellos salvajes seguían lanzándome sus ya inofensivas flechas, y abandoné aquella tierra donde la vida humana no valía nada.
Tras una fría y larga noche, sólo acompañado por las estrellas y la luna, aunque soportable por mi afán de supervivencia, ya con la claridad de la amanecida, fui rescatado por un barco mercante que se dirigía a Nueva Zelanda. Muchas veces he narrado estos truculentos acontecimientos, pero nadie me ha creído. Tampoco es necesario, pues salvé la vida y es lo que cuenta.

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