El árbol de los mil sueños (microrrelato)

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AlessVillanueva
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El árbol de los mil sueños (microrrelato)

Mensaje por AlessVillanueva » Mar Jun 26, 2012 7:01 am

Al terminar el trabajo de filosofía necesitaba despejarme la cabeza. Encendí la tele y empecé a pasar canales sin prestarles demasiada atención, pero ninguno impidió que apagase el aparato al momento. Viernes por la tarde… ¿qué hacer? Tampoco podía llamar a mis amigos porque estaban en el cumpleaños de Matt, aquel cumpleaños al que yo no estaba invitado. No nos llevábamos bien, simplemente…
Después de un buen rato desparramado en el sofá pensando en qué hacer, decidí salir a dar una vuelta, aunque fuese solo. Cogí las llaves y salí de casa sin chaqueta. No hacía frío, estábamos casi en verano.
A las siete de la tarde y por aquellas fechas, el sol todavía brillaba impecable. Los chiquillos jugaban en la calle con globos de agua, intentando menguar el insufrible calor. Conforme iba andando pensé en dejarme caer por la biblioteca de Bernard para que me prestase algún libro y poder leerlo en el parque tranquilamente, mientras disfrutaba del suave olor de los crisantemos plantados junto a la fuente central y el canto de los ruiseñores.

- Buenas tardes, Bernard. –saludé al entrar, haciendo sonar la pequeña campanita que había sujeta en lo alto de la puerta.
- Hola, chaval. ¿Cómo estás, Edgard? ¿Qué tal los exámenes? –me preguntó el hombre, bajando con dificultad por su artritis de la escalera de madera que utilizaba para colocar los libros en las estanterías más altas.
- Bien, gracias. Ya los he terminado. Sólo me faltan dos días de clase y seré universitario. –respondí con una amplia sonrisa.
- Eso está bien, chico. Muy bien. –dijo, acercándose al mostrador. -¿En qué puede ayudarte este abuelo?
- Verás, esta tarde no tengo nada que hacer, así que he pensado en pedirte un libro para leerlo en el parque, aprovechando el buen tiempo que hace.
- Me parece genial. ¿Y en qué habías pensado?
- ¿Qué me recomiendas?
- Bueno… -salió del mostrador y se acercó a una estantería situada a su izquierda en la que podía leerse “ciencia ficción”. -…conociéndote, creo que las nuevas galaxias y los viajes espaciales a planetas lejanos pueden gustarte. Mira, aquí tengo “La estrella de Andrómeda”. ¿Qué te parece?
- Creo que me he leído veinte como ese… Me apetece leer algo diferente.
- Algo diferente… -repitió él repasando con la mirada la estantería de al lado. -¿Fantasía?
- Podría estar bien.
- Pues toma este, te gustará. –y me entregó un enorme libro de por lo menos ochocientas páginas, con las tapas gruesas y antiguas que rezaban en letras doradas “El árbol de los mil sueños”.
- Vaya, suena bien. –aprobé tomando el libro.
- Pues todo tuyo hasta dentro de dos viernes. Si te falta tiempo, ya sabes que puedes renovarlo.
- De acuerdo. ¿Y… la ficha?
- Me fío de ti. –me sonrió.

Sonreí y me despedí con mi nuevo libro prestado bajo el brazo. Llegué al parque deseando empezar a devorar El árbol de los mil sueños. No era el género que estaba acostumbrado a leer, yo era más de ciencia ficción, pero me apetecía un cambio. Me senté en uno de los bancos de madera dispuestos frente a la fuente central y comencé a leer: “En un reino lejano, hace tanto tiempo que la memoria de los mortales no logra alcanzar, habitó en un pequeño bosque una comunidad de seres diminutos y atrevidos, vivaces, alegres, llamados duendes, que llenaban el bosque de vitalidad y lo protegían de los peores males del mundo mágico: los espíritus negros. Dichas criaturas estaban dirigidas por Arganón, el peor de los brujos negros, capaz de fulminar a una hormiga a dos kilómetros de distancia en tan solo dos segundos. Arganón… (…)
Continué con Arganón y su ejército de muertos mágicos y malos durante unos quince minutos, hasta que un gran bostezo se apoderó de mi boca por sorpresa. Los duendes no eran lo mío… Aun así decidí darle una oportunidad al libro e hice el esfuerzo de llegar por lo menos hasta la página cincuenta. Quizá la cosa se animaba más adelante y los duendes fabricaban una nave espacial de ramas para viajar a Marte y hacerse con un trozo de roca de sustancias capaces de destruir a los espíritus negros para toda la eternidad. Pero el autor, un tal Gropius McFly, no parecía haber tenido esa idea para su libro, ni ninguna parecida, y lo único que hicieron los duendes en las siguientes páginas fue corretear histéricos por el bosque por los ataques de Arganón, y buscar al Hechicero de los Tiempos, un abuelo que vivía en un árbol y, al parecer, podía ayudarles.

- ¿Y esto iba a gustarme tanto? –me pregunté a mí mismo, recordando las palabras de Bernard.

Pasé una, otra y otra página, y otra más. Llegué a la cuarenta y cinco y creí que no podría continuar sin dormirme sentando en aquel banco. Al cuarto bostezo desde que empecé mi lectura decidí dejarlo por imposible. Los duendes y la fantasía no iban conmigo. No éramos compatibles. Y lo había intentado, pero nada. Me levanté del banco con el libro en las manos decidido a devolvérselo a Bernard y cambiarlo por “uno de los míos”, de naves espaciales, misiones siderales, estrellas lejanas y universos paralelos. Pero al hacerlo, el grueso libro resbaló de mis manos y cayó al suelo sin que yo pudiese hacer nada.

- Mierda. –me lamenté al ir a cogerlo.

Y justo al recomponerlo (se había abierto hacia abajo y se habían doblado algunas páginas por la caída) descubrí que un pequeño papelito blanco había salido del gran tomo como por arte de magia. Alguien lo habría olvidado ahí. Con libros prestados suele pasar. La gente piensa por un momento que el libro es suyo y olvida dentro de él papeles, marcapáginas,… incluso algún imbécil se atreve a escribir en él, destrozándolo por completo.
Recogí el papelito del suelo. Iba doblado por la mitad, y en él había escrito:

8844867958674768588
Entregar urgentemente a: avda. Buenasuerte nº 22

Parecía un código, y además aparecía la palabra “urgentemente”, luego la información debía ser importante, y no había sido entregada, o por lo menos no por medio de esa nota. Pero además, la avenida Buenasuerte se encontraba justo a la espalda de mi casa. Entonces se me presentó un dilema: ¿entregar o no el papelito a su destinatario? Podía ser una tontería enorme y yo quedaría como un pringado ante unos desconocidos, aunque un pringado responsable; por otra parte, podría ser realmente importante y estaría contribuyendo a resolver un problema de envergadura al entregar la nota, que sólo me llevaría unos cinco minutos de mi tiempo. Ante la duda preferí curarme en salud y andar en dirección a la avenida Buenasuerte en busca del número veintidós.
A mi paso llegué en un par de minutos, y al encontrar la puerta correcta, adelanté unos pasos para subir los escalones del porche de la casa y llamé sin miedo (aunque con bastante curiosidad) al timbre. No pasó más de un minuto cuando oí unos pasos acercándose a la puerta, y posteriormente el pomo de ésta. Y entonces me encontré de frente con Alexandra Right, una compañera de clase que me gustaba desde que teníamos diez años, pero que, desafortunadamente, su nivel de reputación y el mío en el instituto no coincidían demasiado, siendo ella la única empollona con la que nadie se metía por su ingeniosa forma de meterse a la gente en el bolsillo y su preciosa sonrisa que difícilmente no conseguía lo que se proponía, mientras que yo era de los más “listos” pero de los que quedan relegados a un plano secundario y en un corrillo aparte de cuatro pringados que hablan sobre “freakadas” en la hora del recreo.
Creo que me quedé blanco de repente, y en cuestión de un segundo un tremendo calor subió hasta colorear mis mejillas y hacerme sentir ridículo.

- Edgard, ¿cómo tú por aquí? –me preguntó Alex extrañada, (lógico).
- Emm,… pues… es que… verás… -estaba tan nervioso que ni siquiera podía articular palabras con sentido, así que tomé aire y me dije a mí mismo mentalmente “¿qué haces, idiota? ¡reacciona! ¿puedes resolver ecuaciones de tercer grado por el método de Gauss, y no puedes hablar sin parecer idiota con la chica que te acelera el pulso en menos de esos dos minutos en los que tú resuelves la puñetera ecuación?” – Hola, Alex. –dije ahora decidido. – Verás, he encontrado esto en este libro que he cogido hace apenas media hora de la biblioteca, y quizá lo estabas buscando.

Le entregué el papelito y le enseñé la tapa del libro. Ella tomó el papel y haciendo esfuerzos por recordar, finalmente dijo:

- ¡Oh, Dios mío! ¡Claro! ¡Claro que lo estaba buscando! Lo perdí hace un par de meses y es muy importante. Gracias, Edgard. Muchas gracias.
- No hay de qué. –sonreí poniendo cara de imbécil.
- ¿Te gusta la fantasía? –me preguntó.
- Pues… Te mentiría si te dijera que sí. Y ahora te preguntarás qué hago yo entonces con “El árbol de los mil sueños”, donde los duendecillos del bosque, atemorizados por Argomón buscan desesperados la ayuda del Hechicero de los Tiempos para que los espíritus oscuros dejen de molestarlos, pero es que hoy precisamente quería cambiar un poco de estilo, ¿sabes? Aunque definitivamente puedo afirmar que mi género es la ciencia ficción. –expliqué.
- El malo se llama Arganón, y son espíritus negros, no oscuros. –me rectificó ella entre disimuladas y graciosas risas.
- ¿Ves como no soy de fantasía? –dije entonces con una enorme sonrisa.

Ella rompió en una carcajada.

- Por cierto, ¿puedo pedirte un favor? –dijo.
- Claro.
- Estoy trabajando en un proyecto personal y me hacen falta ciertos cálculos matemáticos que creo que no estoy haciendo bien. ¿Te importaría echarles un vistazo? Creo que eres la persona que mejor podría ayudarme.

Aquello me sorprendió. ¿Alexandra Right pidiéndole ayuda a Edgard Minn? Al mismo tiempo me puso más nervioso todavía. Creo que, desde que Alex y yo nos conocíamos, aquella había sido la vez que más palabras habíamos cruzado.

- Sí, por supuesto, te ayudaré en lo que pueda. –acepté.
- Pues entonces entra. –me invitó haciéndome un gesto con la mano. –Aunque yo a cambio no puedo ofrecerte más que una merienda con bizcocho y chocolate, pero si necesitas algo, no dudes en pedírmelo, ¿vale? –dijo una vez hube entrado.
- Pues ahora que lo dices…-dije, pero ¿me atrevería a pedirle a cambio una cita para que me contase las interesantes aventuras de los duendes del bosque y Arganón?
"Elemental, mi querido Watson"

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