El último ángel

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AlessVillanueva
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Registrado: Lun Jun 25, 2012 7:08 pm

El último ángel

Mensaje por AlessVillanueva » Lun Jun 25, 2012 7:16 pm

Capítulo I: Caído del... ¿cielo?


Aquella noche era demasiado oscura. Las hojas secas de los árboles desnudos del parque rodaban conducidas por una suave brisa de otoño, demasiado cálida para octubre. Las farolas, colocadas a los laterales del paseo central del parque, iban apagándose poco a poco, programadas para ello a partir de las cuatro de la madrugada. Unos pasos, lentos e igualmente firmes, se oían en la tenue noche de aquel veintidós de octubre. Un hombre alto, de aspecto gallardo y jovial, caminaba airosamente en dirección al centro de la ciudad. Su pelo se confundía con la oscura noche, en contraste con su piel, que al amparo de las pocas farolas que quedaban encendidas parecía tener luz propia. Tarareaba una canción, cuyo tempo marcaban sus pasos. Era Highway to hell, del famoso y legendario grupo AD/CD. Los pocos transeúntes que se cruzaban con él le dirigían una breve mirada completamente indiferente, ignorando la identidad de aquel individuo que destacaba sin saber concretamente por qué. Salió del parque, cruzó la gran avenida que atravesaba de punta a punta el pequeño pueblo de Gulls y se perdió en un callejón diminuto y maloliente.
Dorian, un chico de diecisiete años que esperaba a una amiga sentado en los escalones de la puerta de su domicilio, vio perfectamente aquella extraña persona entrar en el callejón situado enfrente de su casa. Le pareció realmente extraño que a esas horas de la madrugada del sábado, un hombre que parecía joven se adentrarse solo en aquel lugar. Se levantó del escalón en el que reposaba, se sacudió brevemente el pantalón e hizo esfuerzos por ver a través de la oscuridad que emanaba de aquel callejón. Pero no consiguió ver nada, lo que hizo aún más grande la incógnita.

- Dorian, ¿vamos? –le interrumpió la aguda y fina vocecilla de Amber, su mejor amiga, aquella a la que llevaba esperando sentado en aquel escalón más de veinte minutos.
- Sí, claro. –respondió Dorian con una amplia sonrisa. – Ya era hora de que aparecieses…
- No sabes lo que me ha costado convencer a Henry para salir a estas horas.
- ¿Le has dicho que ibas conmigo?
- Sí, pero aún así me ha sometido a un duro interrogatorio. ¿Vamos en tu moto? –preguntó la chica mirando el casco que estaba apoyado en el escalón.
- Sí. Tengo otro casco para ti en la moto.
- Genial.

Los dos amigos se dirigieron al vehículo. Doblaron la esquina de una de las calles que desembocaban en la avenida y se posicionaron en la avenida paralela. No había ni un alma por las calles a esas horas, sólo algún transeúnte a pie. Y de repente, una sombra salió de un callejón, medio encorvada y cojeando, y se cruzó en medio del asfalto. Dorian frenó la motocicleta como pudo y evitando una caída, lo que le resultó más difícil al llevar acompañante. Amber se sujetó fuertemente a la cintura de su amigo y cerró los ojos, prediciendo que, o bien aquel ser o ellos, acabarían mal parados. Pero cuando creían que iban a llevárselo por delante, una fuerza extraña frenó la moto en seco justo a diez centímetros. Los dos chicos quedaron petrificados, oyendo los leves gemidos de la presencia con la que se habían topado. Parecía una persona, aunque ni con los faros de la motocicleta pudieron determinarlo del todo. De repente se desplomó de golpe al suelo, cayendo en lo que pareció de rodillas, aunque seguía inclinado hacia delante. Amber se bajó rápidamente de la moto, cuando pudo reaccionar, y se quitó el casco. Lo dejó en el asfalto y se acercó poco a poco al individuo, que seguía retorciéndose.

- Amber, no lo hagas. Ven, llamaremos a emergencias. –le advirtió su amigo, todavía montado en el vehículo.
- Espera, Dorian. No sabemos qué le ocurre, pero creo que necesita ayuda ya. –respondió la chica.

Cuando se hubo acercado lo suficiente, posó suavemente su mano sobre él, que levantó la cabeza y miró fijamente a la chica con una expresión inconfundible de dolor. Era un chico joven, aparentaba tener menos de veinticinco años. Tenía la piel muy blanca, el pelo muy negro y los ojos de un tono azul gélido poco común. Sus facciones eran perfectas y dibujaban un profundo dolor, también perceptible por su agitada respiración y los gemidos esporádicos que emitía.

- ¿Qué te ocurre? –le preguntó Amber, totalmente desconcertada, agachada a su lado.

Él no dijo nada, pero hizo esfuerzos para levantarse, aunque sin éxito.

- Espera, espera. –le advirtió la chica. - ¡Dorian, ayúdame! –le pidió a su amigo, que no se había movido ni un ápice.
- Amber, no sabemos si es peligroso. Puede que sea un delincuente, o un asesino, o… -comenzó el chico, nervioso, ya sin casco.
- ¡Cállate! ¿No ves que necesita ayuda? –le cortó su amiga.

Dorian se bajó del vehículo, y apoyándolo sobre el caballete, se acercó lentamente y con mucha precaución.

- Ven, rápido. Ayúdame a levantarle. –le pidió la chica.

Y así lo hizo. El misterioso chico herido se apoyó en los dos amigos y se incorporó dando un tremendo grito de dolor.

- Eh, tío, ¿qué tienes? –le preguntó Dorian, asustado por el alarido.

Entonces el chico sacó su brazo, apoyado en su costado y mostró su mano completamente cubierta de sangre. Amber se llevó la mano a la boca para tapársela en un impulso, asustada por el llamativo fluido rojo.

- Hay que llevarlo a un hospital. –sugirió Dorian.
- ¡No! –exclamó el chico herido, como pudo.
- Pero estás herido, y eso es mucha sangre. Tiene que verte un médico. –le insistió Dorian.
- No… Estoy… Estoy bien… -balbuceó el muchacho.
- Vale. No te llevaremos a un hospital, pero al menos deja que te veamos esa herida, para saber la gravedad. Quizá podamos hacer algo nosotros. –sugirió Amber.

Él no dijo nada, sólo exclamó de nuevo por el dolor.

- Pero, Amber, ¿adónde vamos a llevarle? –preguntó Dorian.
- A tu casa.
- ¿Qué? –exclamó su amigo.
- En la mía está Henry, pero tú estás sólo en casa hasta mañana por la tarde, tus padres están fuera.
- ¿Pero de verdad pretendes que meta a un desconocido en mi casa? –siguió alterado.
- ¡Dorian, mírale! ¡Necesita ayuda!

Llegaron a casa de Dorian a eso de las cinco de la madrugada. El muchacho herido se apoyaba en los dos amigos. Nada más encender las luces, Amber y Dorian lo llevaron al salón para tumbarlo en uno de los sofás de cuero. El chico se dejó caer, estaba agotado. Amber le quitó la cazadora negra que llevaba y le subió cuidadosamente la camiseta para poder verle la herida. Cuando lo hizo, se encontró con una herida de, por lo menos, quince centímetros.

- Dios mío… -dijo la chica estupefacta.
- ¿Quién te ha hecho esto, amigo? –le preguntó Dorian, igualmente conmovido.
- Eso no importa. Sólo tengo que recuperarme. –respondió el chico con la voz entrecortada.
- Pero nosotros no podemos curarte esto. Necesitas un médico. –intervino Amber.
- No hay tiempo. No puedo ir a un médico. Yo puedo curarme.
- ¿Eres médico? –dijo Dorian. –Porque si lo eres genial, pero si no me temo que esa tremenda herida se te infectará, te subirá la fiebre y sin antibióticos puedes morir por la infección.
- Sólo necesito descansar un poco. En un par de días me habré curado. Ahora tengo que irme… -dijo el chico, haciendo fuerza para levantarse.
- No, no. No te muevas. –se lo impidió Amber. –Dorian tiene razón, vas a enfermar. Necesitas a un profesional.
- ¡No! ¡Dejadme ya en paz! –exclamó él incorporándose de un impulso.

Los dos amigos se sorprendieron ante la reacción del chico, quien después de darse cuenta de que había elevado el tono de voz más de la cuenta, se apoyó en el respaldo del sofá y volvió a hablar, pero esta vez más calmado:

- Os agradezco todo lo que habéis hecho por mí sin conocerme de nada. Posiblemente, me hayáis salvado la vida. No sé cómo pagaros todo esto, así que os debo una. Pero ahora tengo que seguir solo.
- Pero… -fue a hablar Amber.
- Muchas gracias, de verdad, Amber y… ¿Dorian? –le cortó el chico.

Amber asintió. El chico se puso en pie él solo y fue cojeando levemente hasta la puerta ante la atenta mirada de los dos amigos.

- ¡Espera! –exclamó Amber cuando iba a salir. –De acuerdo, has dicho que necesitas un par de días de reposo, ¿verdad? –se dirigió la chica hacia él. –Pues, ¿por qué no dejas que te acojamos esos días?

Dorian abrió los ojos desmesuradamente.

- No creo que deba. No me conocéis ni os conozco. Desapareceré y no volveréis a verme. Gracias por todo.

Y justo cuando el chico iba a salir de la casa, aún entre quejidos de dolor causados por la gran herida de su costado, se paró en seco y, como si se tratase de un canino detectando un pequeño sonido a lo lejos, alzó levemente la cabeza y perdió la vista en alguna parte del recibidor.

- ¿Qué le pasa? –susurró Dorian a su amiga, igualmente confusa.
- ¡Shh! –le calló el chico de inmediato. –Viene a por mí. –dijo seguidamente.
- ¿Quién? –saltó Amber.
- Tengo que marcharme, y ahora. –sentenció el chico rotundamente.
- Pero no puedes irte así. Dinos quién te persigue. Podemos llamar a la policía.
- ¡No! Eso sólo causaría más víctimas. –exclamó el chico, e instantáneamente, abrió la puerta como pudo y salió de la casa.
- ¡Espera! –exclamó Amber, echando a correr tras él.

Pero cuando llegó al umbral de la puerta, se detuvo en seco, pues no había ni rastro de él. Amber miró a un lado y a otro, incluso cruzó el umbral y bajó los cuatro peldaños buscando al misterioso chico con la mirada, pero fue inútil. Sólo encontró un silencio manchado por el ronroneo del motor de algún que otro vehículo.

- No está. –le dijo a su amigo cuando notó su presencia detrás de ella.
- Vamos, Amber, entra. Ese tío es muy raro, a saber en qué chanchullo estará metido. Mejor que se haya ido. –le respondió Dorian posando sus manos sobre los hombros de la chica para conducirla dentro de la vivienda.
- ¿Todavía vamos a esa fiesta con tus amigos? –preguntó Amber.
- Claro, ellos acabarán por la mañana y todavía no ha salido el sol.

********

El timbre que anunciaba el final de las clases del lunes acababa de sonar. Amber salió con su carpeta bajo el brazo de su aula y esperó a Dorian a que saliese de la suya. Cuando así lo hizo, el chico se despidió de sus amigos hasta el día siguiente y se dispuso a marchar con Amber pasillo adelante para salir del centro en dirección a sus casas; primero acompañaría a Amber y después iría directo a casa.

- ¿Qué tal la mañana? –preguntó Dorian a su amiga.

Pero Amber no respondió nada. Parecía estar totalmente abstraída, mirando hacia el frente.

- ¡Amber! –exclamó para sacarla de sus profundos pensamientos.
- ¿Eh? Eh… dime. –dijo la chica, despistada.
- Te he preguntado que qué tal tu mañana.
- Pues como todas las mañanas de los lunes. Rutinaria, supongo. –respondió Amber cabizbaja.
- Interesante… -comentó su amigo irónicamente. - ¿Te pasa algo, Amber?
- No. Estoy bien… Es sólo que no puedo dejar de pensar en el chico de la otra noche.
- Suponía que era eso. ¿Sabes? Se dejó su cazadora en mi casa.
- Ah, ¿sí? –levantó de golpe la cabeza. –Pues, deberíamos devolvérsela, ¿no te parece?
- No, Amber. No me dio buena espina. Cuanto más lejos de él, mejor.
- Pero, tú viste como yo el enorme tajo que llevaba en el costado. ¿Crees que habrá podido llegar muy lejos así?
- Él dijo que se curaría. Quizá su padre es médico, o enfermero, o…
- O quizá esté tirado en alguna esquina, desangrándose y respirando su última bocanada de aire. –le cortó su amiga.
- ¡Hala, Amber! ¡Dale ya por muerto, a ese paso! –exclamó Dorian ante la exageración de la chica. –Además, ¿qué más da? Es decir, vale que como buen ser humano no quieras que ningún otro ser muera o resulte gravemente herido, y como buena persona te veas en la obligación de preocuparte por él, pero… ¡no le conoces de nada! Es un completo desconocido, y además daba mal rollo… Él sabrá lo que hace, ¿no? Se habrá buscado la vida, no te preocupes por él.
- Pero alguien le perseguía para hacerle daño… ¿y si lo ha conseguido?
- Amber, no puedes pretender proteger a un desconocido de a saber qué chanchullos esté metido.
- Ya, pero…
- Pero nada. –le cortó Dorian. –Olvídate de él, ¿quieres? Ese tío estará en alguna parte, haciendo lo que quiera que haga. No está pensando en ti ahora mismo, ni en mí.

La chica le miró con una media sonrisa e intentó dibujarla entera en sus labios, acompañándola por un “vale” para darle a entender a Dorian que le haría caso, pero en realidad su amigo sabía que no se sacaría a aquel tipo de la cabeza tan fácilmente. Amber era una chica muy sensible, muy empática. La conoció en cuarto de primaria, cuando Amber fue adoptada por Henry Lewis, un hombre muy joven, bibliotecario y muy conocido en Gulls por su carisma y simpatía que contagiaba sin darse cuenta. Aunque en un principio no veía posible la adopción por su condición de hombre joven, sin pareja y homosexual, tras un difícil proceso burocrático logró adoptar a la niña, que por aquel entonces contaba con nueve años de edad, aunque tuvo que aguantar visitas de los servicios sociales con más frecuencia.
Desde entonces, Dorian y Amber no se habían separado nunca más de dos semanas. Aunque a Dorian le costara reconocerlo, desde hacía un par de años venía sintiendo por Amber algo más que la amistad que siempre había sentido. Quizá por haber estado siempre juntos o porque Amber había cambiado hasta convertirse en una muchacha bastante atractiva, de pelo largo y castaño, piel pálida, unos enormes ojos color topacio y repletos de pestañas y una sonrisa risueña y perfecta. De todas formas, sabía perfectamente que Amber nunca le miraría con los ojos que él la veía, y resignado mantenía sus sentimientos en un perfecto silencio.

Cuando llegaron a la casa de Amber, se despidieron y Dorian siguió su camino hasta su casa.

********

- Hola, papá. Ya estoy en casa. –avisó Amber nada más cruzar el umbral.

Dejó su mochila en una esquina de la entrada y se dirigió a la cocina, desde donde venía un agradable olor a asado de pollo.

- Hola, cariño. –respondió Henry, que todavía preparaba la comida. -¿Qué tal las clases? –le dio un beso a su pequeña.
- Bien, bien. –respondió la chica escuetamente.
- ¿Nada más? ¿Sólo bien? –le apartó su plato.
- Em, sí. Sólo bien. No ha habido muchas novedades hoy. Más bien, ninguna. –respondió ella apagada, tomando su tenedor y mareando en el plato un trozo de pollo.

Henry se sentó frente a su hija y comenzó a comer. Transcurrieron unos segundos de silencio que ninguno quiso romper. Amber no tenía ningunas ganas de hablar, ya que su cabeza estaba ocupada todavía en el extraño chico de la noche del sábado. Henry, por su parte, observaba el extraño comportamiento de su hija, quien normalmente no paraba de hablar cuando llegaba a casa hasta contarle con todo detalle lo que había sucedido en el día.

- Nena, ¿te pasa algo? –se atrevió por fin el padre.
- ¿A mí? Nada, ¿por qué?
- Porque no has tocado el plato. El pollo va a salir corriendo de tu plato como le des una vuelta más.
- Es que no tengo mucho apetito…

Henry soltó sus cubiertos y posó su mano sobre la de su hija, mirándola con sus expresivos ojos grises.

- Sabes que puedes contarme cualquier cosa, ¿verdad?
- Claro que lo sé, papá. –respondió ella con media sonrisa.
- Pues adelante. Porque no puedes negarme que te pasa algo. Te conozco demasiado para tragarme eso. –tomó un trago de su vaso de agua.
- Es que… -comenzó ella. -… no sé si vas a creerme…
- ¿Cuándo he dudado de ti? Nunca me has dado motivos, cariño.
- Vale. Pero prométeme que no te enfadarás conmigo.
- Te prometo que no me enfadaré contigo.
- Bien, pues… -la muchacha se recolocó en su asiento. – Verás, el sábado por la noche, cuando por fin me dejaste salir a aquella fiesta con Dorian, pasó algo.

Henry abrió los ojos como platos.

- ¿Dorian y tú… estáis…? –insinuó.
- ¡No! ¡Claro que no, papá! Lo que pasó no fue entre Dorian y yo. El caso es que cogimos la moto de Dorian para llegar hasta allí y justo al llegar a la avenida de al lado estuvimos a punto de atropellar a alguien.

Su padre permaneció en silencio, esperando que su hija terminase la historia.

- Era un chico joven, poco mayor que nosotros. Tenía unos rasgos muy característicos. Su físico me llamó mucho la atención. Nunca había visto a nadie como él. Pero eso no fue lo más chocante. Nos dimos cuenta de que estaba herido, pero no fuimos nosotros, ya que la moto no llegó a rozarle siquiera. Lo llevamos a casa de Dorian y descubrimos que tenía una herida enorme en el costado.
- Algún pandillero que salió escaldado… -añadió Henry.
- No. No parecía un pandillero. Ya te digo que su aspecto era muy especial, muy poco común.
- ¿No era de Gulls?
- No. Demasiado guapo para ser de Gulls. –respondió ella.

Henry se quedó pensativo unos instantes.

- ¿Qué hicisteis entonces? ¿Llamasteis a una ambulancia?
- El chico no quiso. Dijo que podía curarse él, que en un par de días estaría bien. Pero lo que más preocupada me dejó fue que, al marcharse, dijo que alguien le perseguía, que iban a por él.
- ¿Has vuelto a verle?
- No. No hay ni rastro de él, papá.
- ¿Os dijo su nombre?
- Tampoco. Habló lo justo.

Su padre perdió la mirada en alguna parte de la cocina, masticando lentamente un trozo de su comida.

- No te preocupes, Amber. Seguro que está bien. –dijo al fin.
- Se dejó su cazadora en casa de Dorian. Me gustaría devolvérsela y de paso comprobar qué tal está.
- No. No harás eso. –sentenció Henry severamente.
- ¿Por qué? –replicó la chica.
- Porque no le conoces, porque alguien peligroso le hizo eso y porque no quiero que mi hija corra ningún peligro. No intentarás buscarle. Prométemelo.
- Pero, papá, ese chico…
- Amber, prométemelo. –remarcó Henry.

Ella refunfuñó unas cuantas palabras ininteligibles, y tras hacer un mohín, aceptó:

- De acuerdo… Te lo prometo.

********

Sobre las cinco de la tarde, Amber aprovechó que su padre tenía que volver al trabajo en la biblioteca para pasarse y consultar unos cuantos puntos del próximo examen de filosofía. Fue una coincidencia que se encontrase allí con Roy, un compañero de clase que había intentado llevarla al baile de fin de curso un par de años. Roy no era demasiado guapo, pero pertenecía al grupo de Matt, el chaval más influyente de High Gulls. Era un chico bastante alto, delgado, de pelo castaño y ojos del mismo tono. No tenía la nariz muy recta, debido a las múltiples caídas y golpes que se había llevado por ser miembro del equipo de hockey, y sus mejillas presentaban restos de un acné que había dejado alguna que otra marca.

- Ey, Amber. –la saludó el chico. -¿Cómo tú por aquí?
- Mi padre trabaja aquí. –respondió ella.
- Ah, cierto. Qué idiota… -dijo el chico con una sonrisa nerviosa.
- ¿Has estudiado ya de filosofía? –le preguntó ella para hacerle sentir menos ridículo.
- Em, bueno… algo. ¿Y tú?
- Lo llevo bastante bien.
- Como siempre. –dijo él con una amplia sonrisa. –Por cierto, ¿no te gustó la fiesta del sábado? Te vi bastante seria.
- Sí, estuvo bastante bien. Sería tu impresión.
- Sería eso… -dijo Roy, sintiéndose algo incómodo ante el corte de Amber.

Hubo un pequeño silencio entre los dos.

- Amber, ya que estás aquí, ¿podrías ayudarme con filosofía? Es que hay un par de puntos de la filosofía medieval que no comprendo muy bien.
- Roy, ahora mismo… -Amber vio detrás de Roy a su padre colocando unos cuantos libros, que le hizo un gesto para que aceptara. Henry siempre había considerado a Roy un buen partido para su hija. –Em, vale. Vamos a ver esos puntos. –aceptó al fin.

Roy no tenía ni idea del examen. Es más, ni siquiera se lo había mirado por encima. Y Amber, aburrida ya de repetirle que Guillermo de Ochkam no fue ningún emperador, tras mirar el reloj más de cuatro o cinco veces, se despidió de Roy con la excusa de que tenía que ir a casa de una amiga. Le dio un par de besos a su padre y salió disparada hacia la calle, deseando deshacerse de Roy y su actitud de “guaperas”.

********

Dorian ya empezaba a aburrirse de estudiar el averroísmo latino. Había comenzado con el temario dos horas atrás, incluso había hecho una pequeña pausa para merendar un buen vaso de leche con cereales. Cerró el libro airosamente y se cruzó de brazos pensativo. Amber todavía no lo había llamado y las manecillas del reloj ya marcaban casi las ocho de la tarde. Entonces, como si hubiese aparecido de repente, su mirada se clavó directamente en la cazadora negra de aquel peculiar chico apoyada en el respaldo del sofá. Un escalofrío recorrió su espalda al recordar la noche del sábado. La profunda y ensangrentada herida que por poco le provocó un espasmo al verla. ¿Habría sobrevivido aquel extraño chico? Y si así fue, ¿volvería a por su cazadora? Aquella idea le hizo tragar saliva con dificultad. El chico herido, a pesar de no conocerle, parecía peligroso, envuelto en algún asunto no muy limpio. Podía ser algún narcotraficante buscado por la policía; o quizá un asesino en serie. Fuese lo que fuese, sabía la dirección de Dorian, podía venir a buscarle…
La punzante melodía del teléfono de la cocina lo sobresaltó de tal forma que dio un brinco en su asiento.

- ¿Sí? –preguntó Dorian.
- ¡Dor! Acabo de salir de la biblioteca, ¿voy para tu casa? Tengo una idea. –habló Amber a través del auricular.
- ¡Amber!... Em, sí, claro, ven. Pero, ¿qué idea?
- Ahora te cuento. –y seguidamente colgó.
- ¿Amb…, Amber?

Colgó lentamente el auricular y volvió a verse envuelto en aquel silencio sepulcral que inundaba su casa.
Por lo menos ya sabía que Amber llegaría dentro de poco, y también que tenía algo que contarle. Pero, conociéndola, más o menos podía deducir de qué se trataba.
Mientras hacía tiempo, sacó una bolsa de ganchitos de queso de uno de los armarios de la cocina y los preparó en un bol de madera. Con eso y un par de refrescos de frutas elaboró una pequeña recepción para cuando su amiga llegase.
Volvió a sentarse de brazos cruzados. El único sonido que se oía en toda la casa era su respiración y el desquiciante “tic, tac” del reloj de pared de la cocina. Un chirriante frenazo en la calle o el melodioso canto de algún pajarillo rezagado que todavía no había vuelto a su nido hacían que su pulso comenzase a acelerarse estrepitosamente dentro de su pecho, notándolo incluso en su garganta. El sudor de sus manos y el tic nervioso de su pierna derecha eran imparables.
Y entonces, alguien golpeó un par de veces la puerta de entrada. Dorian dio un bote en su asiento y se levantó para abrirla. Le extrañaba que Amber hubiese llegado tan rápido, pero si tenía algo importante que decirle seguramente habría corrido bastante. Amber ya había llegado, todo estaba bien.
Pero no fue a la muchacha a quien se encontró cuando abrió la puerta, sino a un chico alto, esbelto, de tez pálida, ojos de hielo y pelo negro como la noche, al igual que su vestimenta.
Dorian dio un grito al verle. Era el mismo chico herido de la noche del sábado. Intentó cerrar la puerta rápidamente, pero el muchacho interpuso su oscuro botín entre la puerta y el umbral y forcejeó unos segundos con Dorian para poder entrar. Era más fuerte y algo mayor que Dorian, por lo que no le costó mucho conseguirlo. Cerró la puerta a su espalda y observó el miedo reflejado en el rostro de Dorian.

- Siento irrumpir de este modo. –comenzó. –No pretendo hacerte ningún daño, créeme.

Dorian seguía sin habla, mirándole fijamente casi sin pestañear. Entonces recordó la profunda y grave herida del costado del muchacho y en un impulso dirigió la vista hacia esa zona. No había nada. La camiseta negra semiajustada que llevaba el chico no presentaba ningún signo de sangre ni ningún bulto que desvelase algún tipo de vendaje. Él tampoco parecía reflejar dolor.

- Os dije que me curaría. –respondió éste como si hubiese adivinado los pensamientos de Dorian.
- ¿Qué quieres? –preguntó Dorian intentando no tartamudear.
- Mi chaqueta. Y de paso, comprobar que estáis bien. No me gustaría que por mi culpa terminaseis perjudicados.

Dorian se acercó al sofá y le entregó la prenda al chico.

- Ya puedes irte. –dijo con precaución, sin acercarse demasiado a él.
- ¿Dónde está Amber? –preguntó el chico cogiendo la chaqueta.

A Dorian le extrañó que preguntase por su amiga, y sobre todo que recordase su nombre.

- ¿Y a ti qué te importa? –respondió a la defensiva.
- ¿Está bien? Sólo dime si está bien. –le exigió el chico.
- Sí, está bien. Ambos estamos bien. Y veo que tú también. Así que es mejor que te marches.

Y entonces el timbre sonó de repente.

- Amber. –se le escapó a Dorian mirando hacia la puerta.

Dorian se dirigió rápidamente a ésta y la abrió unos centímetros.

- ¿Dorian? –preguntó la chica cuando lo vio por la rendija. –Abre, rápido. Y te digo lo que he pensado.
- ¿Qué has pensado? –preguntó el chico sin hacerle caso.
- Pero ábrame la puerta. ¡Va! –exigió Amber impaciente.
- Es que hay alguien… -susurró Dorian.
- ¿Qué alguien? ¿Estás con una chica? ¡Pero si te he dicho que venía!
- ¡No! No es una chica… Es…
- Hola, Amber. –se oyó desde dentro de la casa, pronunciado por una voz masculina realmente melodiosa y seductora.
- ¿Quién hay ahí? –preguntó la chica empujando la puerta por la curiosidad.
- Amber, vete a casa… -sugirió Dorian, pero no pudo impedir que la chica pasase.

Amber, no pudiendo ser detenida por el instinto protector de su amigo, entró a la casa y encontró al atractivo chico sentado en una de las sillas de la cocina, picoteando tranquilamente los ganchitos de queso que Dorian había preparado con anterioridad. Amber, boquiabierta, se acercó poco a poco, olvidando a Dorian a su espalda.

- ¿Cómo estás? –preguntó ella quedándose de pie en frente de él.
- Muy bien, gracias. –respondió el chico, y luego rio para sí mismo como si acabase de acordase de algún chiste personal.
- Íbamos a buscarte para devolverte tu chaqueta. –dijo la chica.
- Ah, ¿sí? –preguntó Dorian detrás de ella.
- Sí, era justo lo que había pensado decirte. –respondió la chica.
- Tranquila, ya tengo mi chaqueta. Gracias por guardarla. Y también por atenderme la otra noche. –dijo. –A los dos. –miró a Dorian.
- Era lo mínimo que podíamos hacer. Por cierto, ¿cómo curaste esa herida? Era enorme. –respondió Amber.
- Tengo… contactos. –respondió el chico levantándose bruscamente de su asiento. –Y ahora tengo que irme. Ni siquiera debería haber venido, pero necesitaba mi chaqueta. –adelantó unos pasos.
- ¡Espera! –Amber le cortó el paso posando las manos en el pecho del chico.

Dorian adelantó unos pasos y empujó al muchacho.

- ¡No la toques! –exclamó.
- ¡Dorian! Tranquilo, ¿vale? Le he tocado yo. –medió Amber entre los dos. -¿Cómo te llamas?
- ¿Para qué quieres saberlo, Amber? ¡¿Qué más da?! –exclamó Dorian.
- Gabriel. –respondió él.
- Gabriel… -repitió Amber perdiéndose en los grandes y azules ojos del muchacho.
- Bueno, pues un placer, Gabriel. Ahora vete. –interrumpió Dorian.
- Sí, eso haré. –Gabriel se dirigió a la puerta. –Cuídate, Amber. Por favor. –le dijo a la chica antes de irse. –Y tú también. –se dirigió ahora a Dorian, y luego salió de la casa con la chaqueta negra en sus manos.

Los dos chicos se quedaron parados en el recibidor. Dorian clavaba su mirada en Amber, y ésta miraba fijamente a la puerta.

- ¿Contenta? Ya tiene su chaqueta, su dichosa chaquetita negra de fantasma guaperas de turno. ¿Podemos volver ya a nuestra vida normal? –rompió Dorian el silencio.
- Es imposible que se haya recuperado tan rápidamente de una herida como la que tenía. –comentó Amber ignorando el comentario de su amigo.
- ¿Por qué? Quizá tenga familia que trabaje en la medicina. O puede que se haya metido un chute y se haya recuperado.
- No digas eso, no tiene pinta de yonky. ¿No has visto su aspecto? Lleva la ropa impecable. Y su cara es tan… perfecta.
- ¿Y su culo cómo es? –saltó Dorian molesto.

Amber le dirigió una mirada fulminante.

- Hablo en serio, Dorian. –dijo con rotundidad. –No es normal esa cicatrización.
- Tú no sabes si ha cicatrizado. Además, ¿qué más da? Querías saber si estaba vivo, ¿no? Pues ahí lo tienes, vivito y coleando. Olvídate ya de ese tío. No me da buena espina.
- No se llama tío, se llama Gabriel.

Dorian puso los ojos en blanco.

- Déjalo ya, Amber. Ya se ha ido. –le pidió al fin.
"Elemental, mi querido Watson"

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