CUENTO LOS TRES CAMINOS

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manuel ignacio cueva
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Registrado: Jue Abr 17, 2008 11:00 am

CUENTO LOS TRES CAMINOS

Mensaje por manuel ignacio cueva » Jue Abr 17, 2008 11:07 am

LOS TRES CAMINOS.

La vida de las tres amigas tenían tantas cosas en común, que podía sorprender a cualquiera.

En ese tranquilo pueblo del interior de la provincia, sus madres eran ya amigas desde hacia años antes de engendrarlas casi al mismo tiempo en aquel verano en la playa. Por eso no resultaba extraño que de niñas compartieran sus vacaciones, sus ropas, sus juguetes, sus estudios, sus juegos y sus sueños.

Eran casi un calco, como imágenes repetidas salidas de una revista de moda que sus madres solían comprar. Las tres se habían prometido algún día de grande viajar al mismo lugar y hacer realidad su fantasía, esas que a todas las niñas se les suelen ocurrir.

Pocas veces percibimos como los moldes limitan tan excesivamente a las personas y las cosas, evitando que tomen las formas caprichosas que su germen les hubiese permitido. Y en este caso, muchas cosas confluyeron para que las tres pareciesen tan hermanas.

Los años transcurrieron compartiendo risas, llantos y promesas por venir. Y tal vez, solo tal vez esas promesas fueron las que les dieron un perfume tan particular diferenciando sus días y los caminos por llegar a sus sueños.

Cristina se había casado con José, el hermano de Beatriz; y Beatriz se casó con José el primer novio de Ana, a quien no le molesto ello, por el contrario. Y Ana por su parte, para no ser diferente, se juntó con el primo de Cristina –obviamente tan José como los demás-. Y por supuesto se casaron el mismo mes del mismo año, en el mismo pueblo al cumplir los mismos veinticuatro años.

Las vida nos invita permanentemente a irnos a otra parte, a lugares impensados, diferentes, llenos de sorpresa, descubir otras viviencias, acceder a otras perspectivas, reconocer nuestras sombras reflejadas en los ojos, en los espejos, en la orilla del mar o en el ventanal de la cocina. Y la vida también las invito a Beatriz, Cristina y Ana.

Las tres tuvieron una hija, casi al mismo tiempo, casi con la misma certeza de amor, con la misma nostalgia de sus sueños, con la misma ilusión de permitirse ser libres.
Fue Beatriz quien le puso a su hija Cristina, y Ana a su hermosa bebé de pelo rubio muy rubio la llamó Beatriz, el mismo día en que nacía Ana la hija de Cristina.

Soñar es un largo camino que sólo se interrumpe cuando el temor de despertarnos nos detiene.

Las tres amigas habían disfrutado su juventud de igual modo y con los años pensaban que enamorarse era un fino licor solo reservado a los jóvenes, y que con los años descubrir nuevos lugares de felicidad solo se limitaba a viajar.

Ya cumplían los cincuenta cuando esa tarde de otoño se encontraron junto a tres cálidas tazas de té, mirando el mar desde el ventanal de la vieja casona, esa costumbre tan instalada en ellas, como hablar de sus hijas, de sus ñañas, de sus cansados matrimonios, y de lo que dejaron de hacer en tantos años. Charlas cotidianas que se prolongaban por teléfono en las noches frías esperando que sus Josés llegaran a cenar.

También coincidieron esa noche en los temas y las risas que se prologaron hasta tarde, y las tres se fueron a sus casas con el deseo de cumplir las promesas de niñas, la de viajar, de alejarse de sus monótonas horas y poder despertar deslumbradas.

Pero aunque el destino sea el mismo, no todos elegimos recorrer el mismo camino, algunos se niegan a arriesgar lo suficiente. Beatriz era una empedernida soñadora, entregada a las telenovelas de moda que la llevaban diariamente a puertos seguros de la mano de galanes con acento y se fue en su ilusión. Cristina era más inquieta y aventurera, y esa mañana las llamó para avisarles que se iba con José al norte a conocer nuevos lugares.

Fue Ana, hasta entonces la más reservada la que las sorprendió a todas, incluso a ella misma, cuando decidió el viaje más arriesgado y hermoso a su edad, había decidido enamorarse.

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