Porque hacen ruido los Cerros

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pablishus
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Porque hacen ruido los Cerros

Mensaje por pablishus » Sab Feb 04, 2017 5:59 pm

Crecí rodeado de cerros, es que vivíamos en esa parte de Lima que da al borde de un franja de los contrafuertes andinos, así se le llama a las extensiones de la cordillera de los andes, por eso estaban a la vista esos muros de piedra, altivos pero no impugnables como los nevados, ahí está el famoso Huascaran o el hermoso Alpamayo, en fin esas son montañas que están en la sierra y Lima es la costa, donde están nuestros cerros como el San Cristóbal con su famosa cruz y el mirador desde donde se puede ver una gran parte de la capital.
También hay otros cerros pero no tan famosos, como el cerro Camacho, el Pino, el Cerro Centinela en la Molina y muchos más cerros y cerritos, y esto no tendría nada de especial si no fuera por unos extraños ruidos que los limeños escuchamos de cuando en cuando, en especial muy temprano en la mañana o cuando ya nos íbamos a dormir venia ese ruidos ronco, profundo casi estruendoso pero sonando alejado, extraño muy extraño.
Nosotros somos tres hermanos, que teníamos nuestro grupo de amigos, con ellos crecimos y desde muy chicos la pasábamos con nuestra “mancha”, así se le dice al grupo de amigos íntimos en Lima, éramos una horda de chiquillos “mataperros”, bueno no era que nos dedicáramos a matar caninos, no, así le dicen a los muchachos juguetones y alegres, que hacíamos travesuras propias de los chicos aventureros y despreocupados, solo salir a corretear, montar bicicleta, jugar a las escondidas o patear la pelota en nuestra canchita de fulbito en el parque o también volar cometas allá subidos en los cerros circundantes, esos éramos nosotros en aquellos días felices.
Una de esas noches de verano, cuando estamos descansando después de corretear toda la tarde, uno de nosotros dice: -Escuchen, escuchen, ¿oyen ese ruido?- Y respondemos: ¿Que ruido? Y replica otra vez: -Ese ruido, ahí está, escuchen- Ahora si ponemos atención y es verdad ahí estaba ese ruido ronco, profundo y estruendoso, todos nos quedamos callados escuchando, hasta que uno de nosotros dice: -es un avión- , otro dice: -no es un camión- y yo digo: -no, es otra cosa, suena muy raro, ¿Qué será? Y pasó el ruido, volvimos al bullicio y a la payasada.
Los cerros son el lugar propicio para salir a volar cometas, en el mes de agosto se acostumbra en Lima a poner al viento las cometas, los niños adinerados las compraban ya hechas, bonitas de colores, de material plástico y hasta lees sonaban melodías, eran para los niños “pitucos” o ricos. Nosotros las construíamos de varas de sacuara un tipo de caña que crece al borde los lagos o acequias, salíamos en “mancha” a buscar sacuaras, era toda una aventura, regresábamos sucios y arañados, con los zapatos llenos de barro por haber estado sacando estas cañas al borde de la laguna de la Molina.
Usábamos el papel cometa o también conocido como papel crepé, pegábamos las hojas de papel con engrudo, un pegamento casero hecho de harina blanca con agua que se pone a hervir hasta que se forme una masa pegajosa, las hojas de papel cometa de colores las uníamos sobre las figuras formadas con nuestras sacuaras; los modelos más usados y populares eran el “barril” un octógono, el avión, la “pava” un rombo y otros formas que no podíamos ponerle nombre porque no se parecían a nada conocido, lo importante era que las hacíamos nosotros mismos y volarían muy alto, hasta las estrellas, bueno ese era mi anhelo.
Mis hermanos y yo hicimos un barril muy grande, casi de un metro y medio de diámetro, nos esmeramos mucho en hacerla, mi hermano mayor fue el de la idea, estábamos muy orgullosos cuando la terminamos, nunca antes nadie de la mancha había construido algo así, era inédita, fuera de serie para nuestros días infancia.
EL día de hacerla al viento había llegado, era sábado por la tarde y nos fuimos los tres a buscar un lugar alto en el cerro para ponerla a volar, estábamos emocionados y muy expectantes de saber hasta donde llegaría, muy alto decía yo, hasta mas allá de las nubes decía mi hermanito menor.
Ya sabidos en el cerro recibimos instrucciones de mi hermano mayor de cómo debíamos mi hermanito y yo de agarrar este inmenso fuselaje de cañas y papel, con una cola hecha de harapos que formaba una multicolor cuerda que guiaría a nuestro armatoste volador. –Ahora levántenla, arriba, no la suelten hasta yo que les diga- decía mi hermano mayor mientras se alejaba con el carrete de pabilo en su mano para luego tirar con fuerza y empezar a correr y así se eleve nuestro gigante cometa, arriba, arriba hasta las estrellas gritaba mi hermanito.
Y se elevo nuestra cometa y muy alto, muy lejos iba subiendo, el viento encima de los cerros es muy fuerte y jalaba tanto que mi hermano mayor casi se corta con la fricción del pabilo que iba soltando hasta que llego al final del carrete y se quedo agarrándolo, estaba tan alta la cometa que ahora se la veía pequeña, solo se podía ver por su larga cola que bamboleaba al vaivén del recio viento, -Me jala, me jala duro- decía mi hermano mayor, y yo temiendo se pierda nuestro barril volador le decía –bájala, bájala- El trato de bajarla pero era tanta la fuerza del viento que se rompió el pabilo y nuestra amada cometa se fue alejando rápidamente entre los cerros y nosotros corrimos tras de ella, temíamos perderla sin posibilidad de recuperarla.
Corrimos y corrimos por los cerros, nos adentramos mas allá de donde nunca habíamos caminado con nuestra mancha, lo máximo que habíamos ido era hasta la laguna de la Molina por caña de sacuaras, pero en nuestra desesperación por recuperarla nos adentramos por en medio de los cerros, esos cerros ruidosos, rugientes con sonidos roncos y estruendosos.
Ya cansados de correr, solo caminábamos percatándonos que estábamos muy lejos, dentro de las murallas de los cerros, piedras y arena, rocas y pedruscos estaban por todas partes y el viento, que ahí si se escucha su ulular, ese sonido ronco y seco, estruendoso que les digo. Ese era pues el ruido y yo estaba dentro del mismo ruido, los vientos que se juntan y se entrelazan unos con otros dentro de esa olla formada por los cerros que circundan, crean ese sonido del viento.
Ya está resuelto, le dije a mi hermano, -es el viento, el viento produce ese ruido que escuchamos de cuando en cuando- Si pues es el viento, afirmaba mi hermano mayor, cuando mi hermanito grita de alegría: -ahí esta nuestra cometa- Saltamos de alegría y corrimos hacia ella, nos saltaba el corazón de alegría, estaba intacta, bueno con un par de hoyos en sus lados pero ahí estaba firme, que alegría sentíamos.
La encontramos en la entrada de una cueva, nunca nos imaginamos que hallaríamos una cueva en esos cerros, nadie nos lo había comentado. Pero la cueva se mostraba lúgubre y oscura, solitaria parecía que nadie la había explorado y ese fue el primer pensamiento cuando la vimos mis hermanos y yo, -¿Entramos? me dijo mi hermano mayor- y mi hermanito dijo: -no, mejor no, me da miedo, ya vámonos- Pero mi hermano mayor insistió, -vamos, a ver que hay-.
Y si pues, nos metimos a este agujero en la roca, no habíamos comenzado a entrar cuando se escucha ese ruido ronco, seco y estruendoso que sale de la cueva pero con una intensidad que sentíamos que se nos helaba la sangre; -no es el viento, no es el viento, es lo que vive en la cueva lo que produce el ruido- grite y salimos corriendo todos juntos con mis dos hermanos, que tomando nuestra cometa hemos partido como si nos estuviera persiguiendo Satanás y todas sus huestes, fue tal nuestra carrera que los tres habríamos podido ganar una carrera de velocidad sin duda alguna.
Ya en casa, acurrucados en nuestras camas, le pregunto a mi hermano mayor, ¿quién o qué será lo que hay dentro de esa cueva?, ¿Y si regresamos mañana?- Si claro-, me dijo él, -mañana regresamos-, bueno hasta el día de hoy estoy esperando a que regresemos a esa cueva en el cerro de la cometa.
Pablo Villanes
Woodbridge, VA
Enero 27 de 2016

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