Mar de luz

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David Gómez Salas
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Mar de luz

Mensaje por David Gómez Salas » Sab Jun 04, 2016 11:54 am

Mar de luz © David Gómez Salas
Soconusco Anthology
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Recuerdo que en una ocasión, estando en cuarto año de primaria en el Colegio Miguel Hidalgo de Tapachula Chiapas, fuimos a pasear a la costa de Puerto Madero todos los alumnos del salón. Al caminar por la playa encontramos un tronco de un enorme árbol que el mar había arrojado a la orilla y atracado en la arena. Era un tronco viejo negro que se notaba había viajado por el océano pacífico largo tiempo antes de llegar a ese sitio. El tronco principal apoyado con sus ramas sobre la arena, había quedado inclinado formando una especie de tobogán.
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De inmediato empezamos a jugar a subirnos por el tronco inclinado hasta alcanzar el punto más alto y arrojarnos sobre las olas. Subíamos rápido para tirarnos un clavado sobre la cresta de las olas más grandes y viajar sobre ellas hasta la orilla.
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Una vez tardé en subir la rampa del tobogán (el tronco) y la ola me sorprendió a medio ascenso, me derribó del árbol y me hizo girar muchas veces en el interior de la ola, de tal forma que perdí el sentido de la orientación; y en medio del agua y la espuma, no podía saber donde era arriba y donde era abajo. Finalmente llegué a la orilla y al caer sobre la arena, obviamente, se me aclaró donde era abajo y arriba.
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Seguimos jugando más tiempo y más tarde me quedé observando las olas, se formaban las crestas y se propagaban las ondas hasta llegar a la arena de la playa. Varías veces pensé que podría en estudiar la carrera de físico y así tener los conocimientos suficientes para saber como se formaban las olas, y la energía que contienen las olas de acuerdo a su tamaño. Estaba maravillado por la magnitud de la energía de las olas, había sentido la fuerza y energía de la ola que me había arrastrado.
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Pensaba en los millones de olas que se producen en las costas de México y que podrían ser utilizadas para generar energía eléctrica y quizás lograríamos ser un país iluminado por sus olas. Si un pequeño dínamo de bicicleta es capaz de hacer que un foco encienda, millones de enormes olas serán capaces de encender millones de lámparas, cavilaba. Podríamos iluminar las carreteras, las ciudades, los ranchos, aeropuertos, las rutas de ferrocarril, los puertos, etc.
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La energía eléctrica viajaría por una red de cables para distribuirla en toda la república. Instalaríamos millones de lámparas para irradiar la luz y propagarla por el aire como la propagaba el farol de la esquina junto a la casa. Quizás podríamos producir diferentes luces, unas más blancas y otras con bellos tonos azules para recordar que esa luz proviene del mar y además para darle a la noche un bello paisaje de colores.
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Al pensar en mi proyecto ficticio, me preocupaba en descubrir la forma de almacenar la luz que no se usaría de día, para poder usarla en la noche. En aquella época no existían pilas recargables y no reparaba en las baterías de los autos.
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Imaginaba que podría construir cuartos con múltiples cables eléctricos de entrada y salida que no hacían contacto entre ellos. La energía eléctrica arribaba al cuarto por un cable súper grueso del cual salían miles de cables de menor grosor que tenían la punta cortada sin cubierta plástica. Frente a estos miles de cables que descargaban la energía eléctrica al cuarto, había un sistema (similar al de entrada) para que saliera la energía eléctrica, eran otros miles de cables que tenían la punta cortada sin cubierta plástica que se conectaban a otro cable súper grueso por el que se recolectaba toda la energía eléctrica que salía del cuarto de luz.
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La luz que arribaba al cuarto descargaba a través de miles cables con la punta pelada y cuando el cuarto se iba llenando de energía eléctrica lograba hacer contacto con los miles de cables del sistema de salida. De esa manera la energía eléctrica podía estar varias horas dentro de ese cuarto.
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En la noche el cable principal que alimentaba el cuarto del almacén de luz, era conectado directamente al cable de salida (se puenteaba) y la luz fluía directamente hacia los sistemas de iluminación sin pasar por el cuarto de almacenamiento de luz. Tal como una vez lo vi una vez, en que el dueño de un taller puenteaba el medidor de luz; y otras veces vi como puenteaban los sitios en que iban los fusibles del Switch, conectando directamente la entrada y salida de Switch con un alambre delgado.
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Al no existir más entradas de energía eléctrica al cuarto de almacenamiento, la luz almacenada en el cuarto de luz, se iría fugando poco a poco por el sistema de salida. El funcionamiento del almacén de luz lo sentía obvio, con base en mi imaginación.
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De manera intuitiva imaginaba a la luz como un conjunto de micropartículas que fluían por los cables a velocidades increíblemente altas y que al salir radiantes por los focos viajaban por el aire a velocidades aún más altas.
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Escuchaba a algunos adultos platicar sobre la velocidad de la luz, cuando había relámpagos y truenos, durante las tormentas de Tapachula. Cuando caía un rayo, veíamos primero el relámpago y más tarde escuchábamos el trueno; era una demostración de que la luz viaja más rápido que el sonido. Para mí, el rayo representaba a la corriente eléctrica viajando por el aire rumbo a la tierra, en forma similar a como viajaba por los cables; y ver el rayo de lejos, representaba el viaje de la luz desde el sitio que cayó el rayo, hasta el sitio en que me encontraba y lo percibía con mis ojos.
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Años más tarde supe sobre la corriente eléctrica y los fotones, explicaciones más formales y científicas. Pero de niño, encontraba explicaciones con la ilusión de creer que podía entender lo que veía.
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Mi curiosidad enfrentaba un inmenso universo de dudas, que iría aclarando poco a poco con el estudio, conforme estuviera más en contacto con la ciencia, ese mar de luz. Por supuesto que el universo es infinitamente más grande que el mar, lo que uno aprende siempre será muy poco. Pero es lindo soñar y absorberse en las ideas, jugar con la imaginación.

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