el conductor del bus

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justinboote666
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el conductor del bus

Mensaje por justinboote666 » Mar May 17, 2016 10:46 am

EL CONDUCTOR DEL BUS


Mike abrió otra lata de cerveza y miró su reloj. El autobús de la noche llegaría en diez minutos, tiempo suficiente para terminarla y tenía guardado otra en su mochila. Diez horas de servir sin parar a turistas inquietas sus brebajes extrañas y comidas raras de los que nunca había oído, y que prefería que quedara así tomaron su peaje. Los niveles de estrés era record y Mike descubrió pronto que la mejor cura era cerveza. Y mucha de ella.
El conductor del bus siguió a la velocidad de la luz, su cara roja y a punto de estallar. Malditos niños, pensó, no respetan nada. ¿Para que están las malditos señales si les importa un bledo? Ahora voy a llegar al menos tres minutos tarde a la estación. ¡Malditos niños les tendrían que enseñar algunos modales! ¡NUNCA llego tarde, NUNCA y todo por culpa de algún capullo bebiendo cerveza en mi bus! El próximo…Un bocino fuerte rompió repentinamente los pensamientos del conductor. Había pasado inadvertidamente por un semáforo en rojo casi chocando con un coche. Respuesta; mostrar dedo al autor del ruido. No había tiempo para discutir y bajo ningún concepto los tres minutos de retraso se podían convertirse en cinco o más. Sus principios se resolverían en una cosa; la puntualidad. No había nada tan egoísta o zafio como llegar tarde. Fue la causa de todo, y para el conductor, los jóvenes eran los principales culpables.
El conductor aceleró, maldiciendo cada vez que tenía que parar para dejar subir o bajar otro pasajero. Las venas en su frente y cuello palpitaban como un corazón cuando el pasajero en cuestión era mayor o llevaba muletas. Eran los peores, tardando el doble en subir o bajar. ¿Por qué no cojan un maldito taxi?, pensó a menudo. Su sueldo no dependía de la cantidad de pasajeros que subieran, por lo que su primer y único preocupación era la de llegar a tiempo a la estación. En 20 años nunca había fallado y nada ni nadie iban a hacerle fallar ahora. Sobre todo algún capullo bebiendo cerveza en su autobús.
Mike respiró un soplo de alivio cuando vio el autobús a la esquina. Estaba cansado, hambriento y podía oír su cama llamándole desde el mas allá. El lanzó la lata al recipiente al lado de la parada del autobús y sostuvo un brazo hacia fuera. Joder, ese hombre tiene prisa, pensó cuando paró con los ruedas chirriando. Cinco segundos más y el autobús se habría pasado de la parada. Mike no era reacio a exceso de velocidad, de hecho lo prefería. De esta manera llegaría a casa antes, que, teniendo en cuenta que casi siempre tuvo que mantenerse en pie durante los 25 minutos que duraba el trayecto, era un gran alivio.
--Hola, gracias—dijo mientras picaba el billete. El conductor no respondió, ni siquiera le miró, pero Mike notó que su cara era de color rojo y estaba sudando como si tuviera que pedalear en vez de conducir. Joder, este hombre parece que está a punto de sufrir un ataque de corazón. Espero que me deje bajar primero. Mike miraba a la largo del pasillo sabiendo ya que le sería inútil encontrar un asiento libre y tuvo que resignarse a una posición de pie por detrás del conductor. Era estrecho pero al menos de esta forma evitaría a los borrachos, locos y cualquier posible solicitante de conversación. Después de diez horas en el trabajo obligado a hablar con clientes inquisitivos y chafarderos y tener que fingir ser amable y agradable, lo último que necesitaba era mantener conversación aquí también.
Con su position finalmente asegurada y ningún signo de cualquier intruso potencial en su espacio, Mike decidió que era seguro abrir la lata de cerveza que estratégicamente había guardado para el viaje, pero en el momento de sacarlo, de repente estaba echado de un lado. El autobús había girado en el momento crucial por una esquina a toda velocidad y, vio Mike, pasando por otro semáforo en rojo. Desde su position no podía ver el cuerpo del conductor, pero sí que podía ver su rostro en el retrovisor. Al Mike le pareció un especie de conductor demoniaco; su cara era rojo brillante, sudaba profusamente y sus ojos eran como platos, apenas parpadeando y en ningún momento desviando del camino delante. Si no fuera por el sudor, diría que era una especie de robot diabólico.
En ese momento, Mike empezó a sentir un poco incómodo. Acababan de pasar por otro semáforo en rojo y el conductor pareció no haberse dado cuenta. Creo que debería beber esta cerveza ya, a este ritmo podría ser la última. Con ese pensamiento en la cabeza, sacó la lata e intentó como siempre abrirla sin que diera cuenta el conductor. Sabía que estaba prohibido beber cerveza, pero todo el mundo lo hizo y nadie había quejado nunca, pero sintió que era mejor está seguro y no lamentarlo luego. Lo último que necesitaba era ser lanzado del bus y tener que esperar 20 minutos para otro, así que esperaba una distracción adecuada; el bus parando para dejar subir alguien y se lo abrió.
El conductor siguió a su ritmo sin precedentes, lenta pero seguramente reduciendo su retraso de tres minutos que había adquirido de alguna manera. Vagamente había sido consciente de la luz roja, pero nada había estado viniendo, y, de todos modos, ¿que era una pequeña detalle como una luz roja en comparación con su verdadera problema? Pero años de experiencia le enseño determinadas signas a borde de su nave que bajo ningún circunstancia se podría permitir. Como el sonido de una lata siendo abierta por ejemplo. Y no cualquiera. Sus oídos finamente sintonizados podrían, al menos según él, diferenciar entre una lata de cola y una lata de cerveza. Tal vez era el sonido de la espuma, pero de cualquier manera la sabia cuando se lo escuchó. Como ahora.
El conductor miró su reloj. Había conseguido reducir el retraso a solo un minuto y había descubierto que a este ritmo, con ninguna interrupción prematura cumpliría una vez más con sus propios altos estándares, pero entonces, escuchó ese sonido.
El conductor volaba por otra luz roja y perdió otro cliente por completo esperando a la parada mientras contemplaba la situación. Su respiración se convirtió en pesada, tanto que casi estaba gruñendo y sus manos temblaban. Gotas de sudor gotearon sobre la rueda que la hacía resbaladizo al mismo tiempo, pero no se dio cuenta. Su enfoque se encontraba en el instigador del crimen.
--¡Tu. Ven aquí!—ordenó. Mike miró sorprendido y se acercó tímidamente al conductor.
--¿Quién diablos crees que eres?—espetó. --¿Cómo te atreves intentar romper mis reglas en mi bus capullo?—ladró, mirando a Mike con ojos que no hubieran avergonzado algún monstruo o demonio del inframundo.
--Er lo siento, es que ha sido un día largo y…—.
--¡Callate! Casi he conseguido reducir el tiempo de retraso y ahora tengo que tratar contigo, ignorante!—dijo.
--Vale, pero si podrías mirar por donde vas—contestó Mike, ahora sudando también y mirando nerviosamente a la carretera delante mientras pasaban otra luz roja.
--Cállate le ha dicho. ¿Es que no entiendes la importancia de la puntualidad? ¡NO pienso llegar tarde por culpa de algún capullo bebiendo cerveza en mi bus y ahora voy a tener que parar para echarte y perder más tiempo!—. Las manos del conductor empezaron a sacudir visiblemente, la vena de su frente palpitaba cada vez más y Mike estaba convencido de que estaba casi llorando. La adrenalina empezó a recorrer por su cuerpo; la ira y vergüenza de ser gritado y la idea de que podrían morir todos en cualquier momento. No quería bajar del bus antes de tiempo, pero teniendo en cuenta la situación, tampoco pareció mal idea.
--Vale, vale. Parad ahora si quieres. Bajaré ya—suplicó Mike. –Pero para tu información me gustaría que supieras que en este tiempo has pasado por al menos cinco semáforos en rojo, ¿o es que tus reglas así se lo permiten también?, porque cuando llegó a casa pienso poner una queja—dijo. Casi dijo capullo para terminar la amenaza pero la tensión repentina en el cuerpo del conductor y la manera en que le miró sugirió que no sería una idea sabio. ¡Joder. Parece que me va a pegar en cualquier momento! Había formado un nudo apretado en su estómago y decidió que realmente ya no quería más cerveza. Se aferró firmemente a la barra metálica al lado de la puerta y esperaba que parara el conductor, pero en vez de ello siguieron a toda velocidad.
--¡Ah sí! ¿Quieres bajar eh? Llorar y quejar un poco y arruinar mis posibilidades de acortar el retraso también. Sí, eso sí que sería divertido, ¿no crees? ¡Una verdadera pasada! Pues, ¿sabes qué capullo? Olvídalo. No pienso llegar tarde. ¡No, no y no!—.
Durante la discusión, el conductor apenas miraba la carretera, cosa que hizo más nervioso a Mike, pero de repente las cosas tomaron un giro aún más espantoso; el conductor comenzó a reír. Un agudo gañido empezó a salir de su boca; el aullido como eso de un hiena. ¡Dios mío, este hombre está loco! pensó.
--Por favor, páranse. Consiguieras que nos matemos—suplicó Mike. Miró alrededor del bus en búsqueda de ayuda, pero todos estaban adormilados o mirando sus móviles. Ahora en pánico, Mike empezó a tirar de la puerta en un intento desesperado de abrirla mientras el conductor siguió riendo y prácticamente berreando. Mike chilló y comenzó a patear a la puerta tratando de romper el vidrio y escapar sin darse cuenta de que a la velocidad a que iban, de haberlo logrado y saltar, se habría muerto igualmente.
--Ahora ya no paramos capullo—gritó el conductor, --nos vamos todo el camino. ¡Siguiente parada, última parada!—dijo.
En un último intento, Mike se lanzó al conductor, frenéticamente tratando de agarrar el asimiento de manejo con una mano y el botón de emergencia con la otra. El resultado era un grito furioso del conductor mientras intentaba alejarle y mantener el autobús en línea recta al mismo tiempo, pero el único que lograron juntos fue un griterío agudo entre ellos (como un coro del infierno según dijo un superviviente luego), y un repentino virar del bus. En vez de girar con la carretera, siguió recto. Sus gritos se convirtieron en uno solo de dolor cuando el autobús se voló sobre la acera y chocó violentamente contra el frontal de una tienda, enviándoles volando por el parabrisas y matándoles al instante. Sus cuerpos acabaron juntos en el suelo como dos amantes borrachos después de una noche de fiesta.
Irónicamente para ambos, aunque ahora nunca sabrían, es que el reloj del conductor estaba adelantado siete minutos, una broma que le habían hecho los compañeros antes, agobiados de su reiterada pesadez sobre la puntualidad.

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