Promesa ante el árbol del amor

Publicá aquí tus cuentos cortos de terror, suspenso, amor, ciencia ficción, realismo mágico... Los mejores serán elegidos para entrar en la sección de Literatura

Moderador: alegsa

Responder
Avatar de Usuario
El Brujo de Letziaga
Super colaborador
Super colaborador
Mensajes: 2270
Registrado: Mar Sep 29, 2009 9:01 pm

Promesa ante el árbol del amor

Mensaje por El Brujo de Letziaga » Mar Ene 05, 2016 5:31 pm

Era yo muy niño todavía cuando mi padre al cual le gustaba mucho contarme relatos, me explicó mientras le observaba como tantas otras veces con ojos fascinados, que el abuelo tenía por costumbre el 24 de junio de cada año coincidente con el comienzo del solsticio de verano, ascender a la cumbre para él sagrada del monte que sobresalía por su altitud sobre todas las demás cimas que circundaban mi pueblo. Mi padre nunca supo el motivo exacto de por qué el abuelo consideraba que ese monte tenía un rictus subliminal y sagrado.

Este día tan especial era el día más largo del año, el día de San Juan, y mi abuelo creía que la Naturaleza y sus deidades celebraban una fiesta para dar las gracias por las cosechas y pedir por la fertilidad de la tierra, así como por la fecundidad de los hombres. Era además una fecha donde se comenzaba el almacenaje de alimentos para poder pasar el otoño y el invierno.

Tras escuchar el relato a mi padre, yo, con esa inocencia de niño pequeño le dije a modo de premonición que, cuando tenga la edad suficiente haría lo mismo que el abuelo y que todos los 24 de junio de cada año ascendería a ese monte que para el abuelo era sagrado como una forma de homenajeárle y de recordarle.

Así fue, a la temprana edad de 14 años cogí una mochila donde introduje un mendrugo de pan, un embutido, una navaja que mi abuelo en su día me regaló y que yo guardaba como un tesoro divino y me acerqué hasta el pie de la enorme montaña, dispuesto con muchos ánimos para iniciar mi primera aventura personal.

La montaña era una mole inmensa con muchos árboles que llegaban justo hasta el mismo casco de la cumbre. Y así comencé la dura y difícil ascensión por un camino pedregoso, zigzagueante entre curvas que recorrían incansables formaciones boscosas de robles y hayas, atravesando túneles vegetales, ya que en muchos tramos del camino las ramas de los árboles se extendían por encima del mismo dando lugar a un extraordinario vergel de ramificaciones y hojas que impedían ver la luz del cielo.

Era toda la subida hacia la cima de una belleza inenarrable, y empecé a notar que mi corazón palpitaba con celeridad debido a que la pendiente por la que caminaba no era como se dice vulgarmente "cosa chupada". Los olores y la belleza del enclave compensaban mi esfuerzo, la verdad que era imposible que me quedará impasible ante el regalo que resultaba para la vista el entorno en el que me hallaba.

Al cabo de un buen rato, más o menos cuando llevaba recorridos ya tres cuartas partes del trayecto hacia el alto, divisé un manantial donde manaba agua abundante. Me acerqué al paso que mi cansado organismo me lo permitía, y una vez allí tras beber un buen trago de agua fresca, pude comprobar que el sitio tenía un aura especial, misterioso y enigmático, notaba sensaciones extrañas, trascendentales que me invadían la mente.

El enclave disponía de una mesa y un banco de madera que circundaba toda la extensión de la misma, así como de un asador con leña seca tapada dentro de un boquete en la roca contigua al manantial; pero mis ojos de niño curioso se dirigieron sorprendidos hacia un árbol imperial, enorme, que reinaba con exuberancia sobre todos los demás que hasta ese momento habían sido compañeros de viaje en mi dificultosa ascensión. !Qué árbol tan colosal! exclamé con gran admiración. No había visto nunca nada parecido, quedé perplejo, obnubilado ante tanta grandiosidad y majestuosidad de masa arbórea.

Decidí entonces hacer un pequeño fuego e introduje un palo de madera atravesando un embutido (chorizo casero) que llevaba en la mochila y lo puse cerca del fuego para que se fuera asando. Una vez en su punto lo preparé en bocadillo y me senté sobre la mesa de madera allí ubicada colocando los pies encima del banco mientras degustaba el excelente manjar que me sabia a gloria celestial, y acompañado con un vaso metálico lleno de agua mineral que disponían los montañeros en la fuente, me quedé admirando el hermoso árbol que ante mis ojos se elevaba magnánimo hacia su gran cielo libre, y el cual desprendía una sensación de energía espiritual que elevó en gran medida mi estado de ánimo, logrando así que yo contactára con el poder de la naturaleza y escuchara a los pájaros que revoloteaban entre el follaje su alegre concierto. El inmenso árbol exhibía además un tronco de gran circunferencia y sus robustas ramas y ramajes con sus hojas daban al lugar una sombra que se agradecía sobremanera.

También observé detalladamente como el tronco del árbol tenía grabados multitud de corazones con sus respectivas flechas que los atravesaban y con los nombres de los que allí, sobre ese árbol, se prometieron y juraron amor eterno sellando sus promesas en la corteza del mismo. Mi sorpresa fue morrocotuda cuando vislumbré en la parte superior del tronco un hermoso corazón con dos nombres grabados que se correspondían con los apelativos de mis abuelos.

Me quedé pensativo y meditabundo a mi corta edad haciendo una reflexión al respecto y me prometí a mí mismo y al árbol que tenía enfrente que, cuando tenga novia yo también grabaría sobre la corteza del tronco un corazón con el nombre mío y de la chica que quisiera compartir conmigo mis días en esta vida terrenal, del mismo modo que lo hizo mi abuelo ya fallecido.

Esa promesa mía ante el árbol, los corazones grabados con el nombre de mis abuelos, los demás corazones registrados en la corteza, además de toda su majestuosidad y belleza hicieron que yo le apodára como el Árbol Sagrado del Amor. Incluso juré ante él que nunca faltaré a la cita, y que todos los 24 de junio de cada año allí me presentaré y estaré cumpliendo mi promesa, al igual que lo hizo mi abuelo durante toda su vida.

Estuve tanto tiempo absorto contemplándole ensimismado, escuchando el trino de los pájaros que hacían del árbol su nido, que se me hizo muy tarde, por lo que decidí realizar el descenso sin haber llegado a la cima, bajé raudo y contento por la alegría de los descubrimientos realizados y deseando contárselo a mis padres. Mi aita al conocer lo que yo le narraba, se quedó pensativo y empezó a intuir y comprender las razones de por qué el abuelo todos los años visitaba esa cima; yo, había encontrado la clave y la llave del secreto tan bien guardado por mi abuelo.

En los años siguientes fui cumpliendo mi promesa y seguí visitando el árbol del amor todos los solsticios de verano, y allí me quedaba horas y horas, largo rato aturdido y pasmado ante tanta fortaleza arbórea, tras prepararme previamente el bocadillo de rigor, asado en un fuego que preparaba en el merendero. Como aún no tenía novia, no podía grabar un corazón, y le decía al árbol que lo sentía, que disculpara, pero que no encontraba a la mujer de mis sueños, mi princesa azul encantada.

El caso es que con veinte años ya cumplidos llegó de nuevo otro 24 de junio, y volví a visitar el árbol del amor, muy apesadumbrado por estar un año más sin novia, y por tanto otro año que no grabaría un corazón en la corteza con la misma navaja que mi abuelo me regaló. Realicé las mismas actividades, la verdad es que todos los años hacía lo mismo, pero este año ocurrió algo extraordinario, de repente oí un ruido minúsculo como de una rama rota por una pisada producida detrás mío que me despertó del aturdimiento que tenía en la contemplación del árbol y volviendo mi cabeza hacia atrás pude ver una chica de pelo rubio, con ojos azules color de mar, unos pómulos que le sobresalían, unos labios rojos grandes y carnosos y un exuberante cuerpo de mujer; tendría mi edad aproximadamente. La invité a compartir amablemente el bocadillo que yo degustaba y lo aceptó con una bella sonrisa de complicidad, no hablaba, solamente asentía con la cabeza a los comentarios que la dispensaba amigablemente por mi parte; pero si me contestó verbalmente cuando la pregunté su nombre, Elisabet, me dijo que se llamaba. Estuvimos allí un rato largo, la enseñé los corazones grabados en la corteza, el corazón grabado de mis abuelos, la hice ver la inmensidad del árbol, el bello entorno que nos rodeaba, el aura de misterio que envolvía el lugar etc... hasta que nos despedimos, ya que yo empecé el descenso y ella dijo que se quedaba allí, quise entenderla que esperando a otra persona.

Fueron pasando los días y no conseguía quitar de mi cabeza a la joven rubia, era una dulce obsesión y así, se iban sucediendo las fechas y las horas con su imagen en la mente e incluso en ocasiones hasta el sueño perdía. Ese año subí muchas veces a visitar el árbol del amor pensando y deseando que a lo mejor me encontraba de nuevo con Elisabet, pero esta vez no la dejaría marchar sin quedar mas días para conocernos mejor. No hubo suerte, fui tantas veces al hermoso lugar de nuestro encuentro, tantas veces en el mismo año, pero ella nunca estaba, y mi obsesión por ella aumentaba al ser imposible de nuevo verla, necesitaba volver a reunirme, hablar, reírnos, compartir...

Por fin llegó de nuevo el 24 de junio y ese día me levanté con una corazonada, pensé que si yo le había producido a Elisabet el año anterior algún tipo de sentimiento especial de atracción como el que ella produjo en mí, seguramente que iría a la cita no acordada, pero si presentida telepáticamente.

Realicé la ruta y llegué de nuevo otro año más hasta el lugar donde se ubicaba el árbol del amor, allí no había nadie y me quedé nuevamente compungido y triste, y cuando fui a por mí mochila para marchar del bello enclave, al levantar la cabeza apareció ella, esplendorosa, sonriente, con su belleza innata y esta vez si que me habló con un saludo. Hola ¿Qué tal? La contesté que muy bien, que le había echado mucho de menos, que pensaba en ella todos los días... y así empezamos a hablar largo tiempo. Quedé sorprendido cuando Ella me dijo que había sentido los mismos sentimientos que yo durante este año transcurrido sin vernos y allí mismo delante del árbol sagrado sellámos nuestro pacto de amor eterno, grabando un corazón justo debajo del grabado por mi abuelo en su día con el nombre de Elisabet y el mío y la fecha del mutuo encantamiento amoroso. Utilicé para sellar el corazón en el árbol del amor, la navaja que mi abuelo me regaló y que posiblemente él mismo la manipuló cuando grabó el corazón con el nombre suyo y el de mi abuela.

En el momento en que mi amor eterno le prometí a Elisabet, ocurrió algo sobrenatural, extraordinario, espectacular, ya que todos los pájaros y aves del bosque como atendiendo al unísono una llamada misteriosa de algún ente sobrenatural, se posaron sobre las ramas y el follaje del árbol sagrado acompañando al célebre acto con sus trinos, e incluso unas aves que llevaban rosas en sus picos las esparcieron a éstas suavemente por el verde musgo, las cuales recogí cuidadosamente e hice un ramo precioso que a Elisabet le regalé en señal de mi querencia. Incluso algunos animales terrestres del bosque como liebres, ciervos, y otros fueron testigos de tan sublime ceremonia con beso y abrazo incluido ante el árbol sagrado del amor.

Posteriormente todos los 24 de junio de cada año, como también lo hacía mi abuelo, acudía a visitar al Árbol omnipresente para cumplir la promesa que allí le realicé en su día cuando tenía 14 años de edad.

Este último año decidí invitar a mi hijo ya mozo para que me acompañase, sin explicarle el verdadero motivo de mi requirimiento para ascender conmigo. Mi hijo muy contento aceptó la proposición que le efectué, ya que sabía que me hacía mucha ilusión y conocía que todos los 24 de junio iba yo a ese lugar al igual que mi abuelo lo hacía antiguamente. Una vez llegados al mágico enclave montañoso, junto al árbol conoció de primera mano el motivo y la razón del secreto de mi abuelo y mío, quedando alegremente sorprendido y maravillado del relato que le hice, así como del lugar y su entorno maravilloso, del manantial y sobretodo del árbol del amor y su belleza majestuosa que a modo de rey del bosque regia sobre todo ser viviente a su alrededor y donde anidában y trinában los pájaros que felices vivían en el lugar. Tras dejar que la sorpresa inicial de mi hijo se iría apagando y tras comer el bocadillo de chorizo casero que tan cuidadosamente asamos, le dije a mi hijo que el día que Dios decida que abandone este mundo, me incinéren y mis cenizas sean esparcidas alrededor del tronco del árbol sagrado del amor. Así lo haré aita, no te preocupes, me respondió.

A continuación iniciamos el descenso de la montaña para regresar a casa y durante el camino mi hijo se dirigió a mí contándome que:
¿Sabes aita? Le he prometido al árbol sagrado del amor que el año próximo te acompañaré, iré contigo, y además le he dicho que no dejaré ningún 24 de junio de visitarle. ¿Tú crees aita que yo algún día también dibujaré un corazón en el árbol del amor? ¿Encontraré un amor eterno aita? ¿Sellaré un pacto con alguna chica junto al árbol? Yo no le respondí a ninguna de sus preguntas, le contesté con una sonrisa mirándole a los ojos, y mi hijo me respondió devolviéndome otra sonrisa de complicidad...porque sabía que el árbol sagrado del amor dispondría.


Posdata: Aita llamamos los vascos a nuestro padre.

Avatar de Usuario
El Brujo de Letziaga
Super colaborador
Super colaborador
Mensajes: 2270
Registrado: Mar Sep 29, 2009 9:01 pm

Re: Promesa ante el árbol del amor

Mensaje por El Brujo de Letziaga » Sab Ene 09, 2016 4:56 am

Este relato tiene una mitad de verdad y otra de imaginación y añadiré que se me ocurrió en una mis habituales ascensiones de alta montaña, la fuente o manantial existe, asi como el árbol tan expectacular, también los corazones grabados y en ese recoveco de esa montaña de mi comarca que no diré su nombre, suelo comerme el bocadillo de chorizo asado y me siento en la mesa y con los pies en el banco, es una manía mía jejé.

La verdad es que suelo pasar buenos ratos en ese sitio en silencio y soledad disfrutando del entorno, una maravilla excelsa de la naturaleza y arriba en la cima las vistas son de lo más expectaculares de mi mundo conocido. Podría seguir contando y hablando de mis momentos de suma felicidad, la montaña me libera el alma y me hace estar muy cerca de Dios y en esos momentos hablo con ÉL y rezo. Dios, Naturaleza, montaña y Yo, bufff. Lo máximo.

No sigo contando porque el momento me resulta inenarrable.

Saludos!

Responder

¿Quién está conectado?

Usuarios navegando por este Foro: No hay usuarios registrados visitando el Foro y 5 invitados