Las tres Marías

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aperezy
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Las tres Marías

Mensaje por aperezy » Jue Mar 21, 2019 11:50 pm

El día en la vida de Manuel Oliveira transcurría como cualquier otro, bajo la rutina del oficio aprendido y de los quehaceres planificados.

Esa tarde, después de terminar de firmar varios cheques, conciliar las cuentas bancarias y archivar las órdenes de compras, Manuel se sentó en el sofá de su despacho. No podía ocultar más su melancolía. Revisaba su correo elec- trónico desde su teléfono móvil y se detuvo en uno con el siguiente mensaje inscrito en una fotografía: <<Manuel, estos son mis tres hermosos hijos, el milagro se hizo realidad … espero te encuentres bien>>.

La puerta se abrió y Manuel pegó un salto. Era Fátima su incondicional asistente.

- Disculpa Manuel, ¿interrumpo?, son las seis y estaba por marcharme

- No Fátima, adelante, estaba leyendo un mensaje privado que me pasaron – le contesta Manuel con un tono suave y angustioso.

- No quiero ser imprudente pero ya tienes tiempo en ese estado, todos los días la señora María me pregunta si algo te pasa– le dice Fátima.

Manuel era un hombre afable, simpático y muy dinámico; medía uno noventa de estatura y estaba acos- tumbrado a estar al mando de todas las situaciones de su vida. A pesar de ser un hombre predecible, tenía un temple y dominio absoluto de sus negocios y vida familiar, todos le adoraban. Estaba convencido que la disci- plina era clave para lograr resultados positivos, por ende, se ceñía a una rutina estricta. Su esposa María siempre decía que era un trabajador obsesivo, con un afán de cui- dar al mínimo cada detalle de los procesos de su fabrica. Siempre se levantaba a las cinco de la madrugada, colaba un café y se lo bebía de un sorbo. Inmediatamente pro- cedía a trotar suave por espacio de cuarenta minutos en su estera automática. A las seis tomaba un baño caliente, y a las seis y treinta lo esperaba María con un buen desayuno, tal y como fue entrenada por su tenaz madre española. Se sentaba siempre en la mesa de la cocina grande y él era el único que conversaba afanosamente, no le daba un espacio a María, en algunos momentos discutían por algún asunto y con una simple alzada de voz controlaba la situación; María no se trababa. Se despedía con un beso y un abrazo, nunca dejaba de manifestar su amor y rectitud.

Aparecía en su oficina a las siete en punto, siempre era el primero en llegar. Fátima tocaba a su puerta a las ocho de la mañana con otra taza de café y el periódico de la ciudad, que nunca leía. Luego sacudía el polvo de la colección de fotos familiares puestas en una mesa de roble pulido. Fátima era muy detallista, las ordenaba por fechas y antes de marcharse a su puesto de trabajo, enderezaba el título universitario de administrador, que su esposa le había colgado en la pared detrás de su escritorio. Todo lucía perfecto.

Manuel almorzaba en su oficina, Fátima le compraba la comida en el mismo lugar y con pocas variantes, la simplicidad era parte de esa rutina inquebrantable. Nun- ca se le veía caminar por el área de producción, ese traba- jo se lo dejaba a su primo Juan, él mas bien era un empe- dernido de las cuentas y del escritorio. A las once de la mañana y a las tres de la tarde, María lo llamaba. Eran unas conversaciones muy cortas, parecían no decirse nada, y la voz fuerte de Manuel dominaba la escena, una especie de costumbre barroca. A las seis de la tarde Fátima se marchaba, tocaba a su puerta y se despedida con la misma frase. Él se quedaba revisando papeles y otras co- sas hasta las diez de la noche. El bucle era iterativo, día tras día no había otra cosa que Manuel hiciese diferente.

Ese día Fátima se armó de valor y lo increpó por vez primera, se aventuró a conversar de una manera distinta, su voz sosegada y su congoja pedían a gritos, ¡auxilio!.

- Fátima estoy muy preocupado, ¿te puedo confesar algo? – le dice Manuel con la voz quebrada y prosigue, por favor te ruego que todo esto quede entre nosotros.

- Si Manuel no te preocupes, es extraño ya tenemos veinte años trabajando juntos y a pesar de la confianza, solo conversamos de temas de trabajo. A ver qué te sucede.

- Es relacionado con María, no mi María, otra María que conocí hace unos años atrás mientras realizábamos la negociación con el proveedor de harinas del sur, ¿recuerdas?.

- Si, claro – le contesta Fátima

- Esta María, es la hija del dueño de la fabrica de hari- nas. Era hermosa y comenzamos una relación en secreto hace ya casi diez años. Confieso que me enamoré perdidamente de ella. No la veo desde hace tres años aproximadamente- Fátima lo interrumpe y le dice:

- Manuel en qué momento pudiste mantener una relación extramatrimonial, te veo todos los días y prácticamente haces lo mismo.

Él le replica:

- Cada vez que te marchabas a las seis, ella me visitaba aquí en la fábrica. Era una relación de seis a diez.

- ¿Juan lo sabe? - pregunta Fátima

- Claro, él siempre ha estado ahí, es mi salvoconducto. Yo controlaba toda la situación pero todo cambió cuando se empeñó en tener un hijo conmigo. Mi loco amor me impulsaba a tenerlo aunque no quería meterme en líos, además que ya tres eran suficientes.

Fátima se sorprende y exclama:

- ¡Manuel no entiendo, tu tienes dos hijos, no tres!

- Fátima, cuando mi hija Consuelito nació, yo tuve una relación con mi anterior asistente de ahí nació Concepción, las dos tienen la misma edad.

Fátima pega un salto, se para de su asiento y suelta un grito:

- MARÍA...

- Si Fátima con María, mi primera asistente, luego que nació Concepción tuve que buscar a un reemplazo y ya ves fuiste tú. Ella siempre me dijo que se cuidaba y que nunca olvidaba tomarse sus pastillas anticonceptivas, sin embargo, me comentaba su amor por los niños. Un día entró en mi oficina y me dio la noticia, yo le grité y ella con una disposición envidiable me dijo de manera di- recta que no me demandaría ni un centavo, ni tampoco iba a interferir en mi matrimonio. Se marchó, y yo con mi bondad he sido muy consecuente con los pagos de manutención de Concepción, también la visito con regularidad. María, mi esposa, se hace la tonta, ella sabe muy bien a quien va dirigido el cheque que emito todos los meses a nombre de “Creaciones María”. Consuelo y Ca- mila no saben que tienen una media hermana, no tengo el valor para hacerles esto, soy un cobarde para estas cosas.

- Manuel disculpa mi cara de asombro, ya tengo veinte años a tu lado y no tenía la menor idea de estas cosas- comenta Fátima con un tono algo prejuicioso.

- Fátima, yo soy un buen hombre, créeme, reconozco mis debilidades y errores. María quería tener unos hijos-, en ese momento Fátima lo interrumpe y le pregunta ya en tono gruñón.

- ¿Cuál María Manuel?

- María mi amante de hace diez años, no mi antigua asistente.

- Ah, estoy algo enredada, a ver cuéntame– suspira Fátima

- Ella quería un hijo conmigo sin compromiso alguno y al igual que mi asistente no quería afectar a mi matrimonio. Tenía problemas para concebir y me convenció de intentar la inseminación in vitro. Yo la amaba y accedí sin reparo. Fueron varios intentos fallidos, su vientre era muy débil y hasta tuvo una perdida. No se por qué acepté todo aquello. Al no poder quedar embarazada acordamos que lo mejor era separarnos por el bien de ambos, sufrí mucho.

Manuel se para y comienza a caminar de un lado a otro, no paraba de hablar y seguía contando más detalles de sus amantes. En ese instante Juan entra a la oficina, se percata que Manuel le ha contado todo a Fátima, saluda y prosigue con su revisión diaria.

- Fátima, no se que voy hacer, estoy muy angustiado- comenta Manuel y rompe en llanto. Fátima era muy eficaz con lo relacionado al trabajo pero no sabia que hacer en esta situación, todo le había sorprendido.

- María no se merece esto, ella siempre ha sido la esposa perfecta, impecable con sus hijos, su familia, vecinos; y yo el que siempre he manejado todo, el que se la sabe todas. Fátima, esas mujeres me han jodido infantilmente.

Fátima se le acerca y lo abraza, él no dice nada. Ella se queda inerte y procura calmarlo a la vez que extiende su mano y toma, a su espalda, el celular que había dejado sobre el respaldo del sofá. Ella toca el botón de encendido y aparece una foto de unos trillizos, varones, de aproximadamente tres años de edad, con tres bragas azules, en tres columpios y con un aire lusitano innegable. Ella apaga el móvil, se aparta lentamente, toma su cartera y camina aceleradamente al pequeño baño de la oficina. Al cerrar la puerta explota en un llanto silencioso. Se mira en el espejo y comienza a ver los recuerdos en su maquillaje corrido. Las lagrimas dibujaban su indeleble lealtad al hombre que día a día le otorgaba las ganas de vivir. Baja cabeza y saca de su monedero una foto de Manuel curtida por los años, la rompe en pedazos y la tira por el inodoro murmurando frases impropias. Baja la tapa, se sienta y suelta entre sollozos: <<¿por qué no me llamo María? >>.

Antes de salir se lava bien su cara, acicala su impecable presencia, toma una toalla de papel y se la entrega a Manuel. El llanto de él comienza a disminuir a la vez que se seca las lagrimas, voltea y le estaca una mirada cándida, esperando que ella le diera la formula mágica de cómo calmar su angustia. Ella se coloca sus gafas y le dice:

- Manuel ya son las siete y treinta de la noche, ya es hora de marcharme.

apy/APY

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