Sospecha

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DanielZambranoLetras
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Sospecha

Mensaje por DanielZambranoLetras » Dom May 28, 2017 1:37 am

Sospecha

<<¡Ya es tarde!>>, intuye Eduardo sin necesitar de algún reloj para formular el cálculo. Sale de su casa con presteza y se dirige caminando hacia la avenida, que para su fortuna se encuentra a unos pocos metros de ahí. Hoy no es un día rutinario para él; su coche llevaba semanas dándole quejas de algún dolor, a lo cual Eduardo reaccionaba con furia mas no con diligencia. Eso hasta la mañana presente, cuando la máquina se negó a encender de una buena vez, entorpeciendo el arribo de su dueño a la universidad donde imparte clases. <<¡No debí aceptar esas horas los sábados!, ¡me costarán el bono de puntualidad!>>.

Mientras relatamos estos pormenores Eduardo ya se ha adelantado, y lo encontramos sobre la desolada avenida. En cuestión de segundos vislumbra la solución a sus problemas: un taxi se asoma a la distancia y emite un par de pitidos corroborando su disponibilidad. Eduardo responde con una seña y el vehículo aminora su marcha, hasta que se detiene justo en frente de él. Ingresa en seguida, intercambia con el chofer un saludo de protocolo, y después:
—A la universidad, por favor… Sí, ésa misma.
“7:36”, lee Eduardo en la pantalla de la radio situada en el tablero, lo que le concede un gran alivio; primero, porque todavía es viable que llegue puntual a su trabajo, y después, porque el aparato sólo está cumpliendo función de reloj, y no emite música ni sonido alguno.

Ya van diez minutos de recorrido y los hombres no han proferido más palabras. A Eduardo le resulta un tanto extraño, ya que la prudencia en el lenguaje no suele ser una virtud de los taxistas. <<Me agrada este señor>>. Habían estado circulando con total fluidez, hasta que se detienen en el primer cruce que les marca el alto. Sin el ruido del vehículo cortando el aire, sin música de fondo, sin ninguna clase de conversación… el silencio se vuelve más pesado, alcanzando un punto verdaderamente incómodo, y Eduardo intenta sobrellevarlo mirando a su alrededor, buscando en qué entretenerse. Es ahí cuando descubre con asombro, no algo, sino más bien nada: no encuentra el rosario obligado que todo taxista cuelga en su espejo retrovisor; no lucen en el tablero los perritos de juguete que menean la cabeza debido a la inercia del auto, que son tan estimados por los conductores; no hay calcomanías de equipos de fútbol, ni playeras de los mismos vistiendo los asientos… El auto está cochambroso, sí, pero elegantemente vacío. <<¡Me agrada este señor!>>.

Y de la nada, en un tono quejumbroso, el taxista habla por fin:
—No me ha estado yendo bien… no tengo dinero.
Estas pocas líneas bastan para turbar a Eduardo, y su exploración anterior cesa violentamente. <<¿Qué quiso decir con eso?>>. No responde al inesperado comentario, y se esfuerza por ocultar la angustia que éste le provoca. Y luego:
—Recién comienzo el día… no traigo dinero —añade misteriosamente el hombre.
<<¡Diablos!... ¡Sí, eso debe ser!, ¡este imbécil me quiere asaltar! Ahora entiendo por qué el taxi luce tan extraño; es sólo una fachada. ¿Qué piensa hacer? ¿Tendrá una pistola o un cuchillo?...>>. Preocupado, comienza a indagar las alternativas que tiene frente a la amenaza: si deberá usar sus puños por primera vez en su vida; si se verá forzado a saltar del vehículo en pleno movimiento, o si cooperará con el agresor, entregándole su cartera. Esta última opción es quizá la más peligrosa para Eduardo, porque sólo carga con él unos cuantos billetes de poco valor y cupones de descuento para comidas, lo que despertaría la furia de cualquier asaltante que lo elija como blanco.

Nota cómo el hombre comienza a mirarlo de reojo. Su nerviosismo se dispara, y no se atreve a corresponder aquellos vistazos; en su lugar, mantiene la mirada al frente, y su cuerpo revela una postura tan enhiesta que cualquiera juzgaría antinatural. En esto, el hombre anuncia, ahora con más ímpetu:
—¡Chin!, ¡no traigo dinero!
El pensativo Eduardo no piensa más debido al miedo, y ordena casi por instinto:
—¡Déjeme en la esquina!
Pero su mandato es ignorado, el auto sigue su marcha dejando atrás el punto referido. Eduardo entra en estado de pánico, y poco antes de que se ensucie a sí mismo y al asiento sobre el que descansa, el taxista le confiesa:
—¡No, señor!, ¡discúlpeme!... ¡Es que pensé que me quería asaltar!

Se hizo presente un silencio aún más solemne que los anteriores. Eduardo está atónito, se esfuerza por articular respuesta, y al fin dice:
—Está bien… sigamos.
El taxista, a modo de excusa por su anterior comportamiento, deja escapar un par de breves quejas acerca de la creciente inseguridad de la ciudad, y de cómo ello afecta su oficio. Después, cada uno de los hombres retoma su naturaleza reservada. Cuando Eduardo logra al fin procesar la inesperada situación, decide que lo más inteligente es adoptar una actitud de hombre salvaje, peligroso, que nunca antes ha tenido la necesidad ni el lujo de imitar. <<¡Así es, más te vale tener miedo!... ¡Jaja!, ¡cómo me gustaría revelarle a este hombre lo que pasaba por mi cabeza!, seguro nos reiríamos el resto del camino. Pero no… no es prudente, quién sabe qué más podría pasar. Además me gusta esto, me siento tan… poderoso>>.

Y así, enmudecidos, los dos hombres prosiguen su trayecto desconfiando el uno del otro y pensando en quién sabe qué más necedades. Poco después, Eduardo advierte a la distancia el edificio de la universidad. Al verse ya en su territorio, el brío que sintió antes lo abandona, transformándose en el mismo ser endeble que siempre ha sido. “8:02” se lee en la pantalla de la radio. <<¡A la mierda el bono!, ¡lo único que quiero es bajarme de aquí!>>. Finalmente arriban a las puertas del campus. Paga al taxista con dos de sus contados billetes, e indica al hombre que conserve el cambio, todo con tal de finalizar el asunto lo antes posible. <<Es que ya voy tarde>>. Se apea del coche e intercambia con el chofer un adiós de protocolo.


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Gracias por leer.

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